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[OTL] Rido's Corner [Akano 19 & Pirate Tales 21]

Foro donde los usuarios pueden demostrar su destreza artística dando a conocer sus fanfics, fanart, poesia, historietas...

[OTL] Rido's Corner [Akano 19 & Pirate Tales 21]

Notapor rido el Sab Ago 23, 2008 10:16 pm

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Bienvenidos a mi pequeña galería, rincón literario. Aquí, poco a poco, iré exponiendo todos mis trabajos literarios, desde mi fic más largo, Memorias, hasta todos y cada uno de los pequeños one shots que he ido realizando a lo largo del tiempo y que espero seguir realizando. En este primer post encontrarás el índice de todos los relatos. En cada título encontarás el enlace al post del foro en el que ha sido publicado el relato/capítulo (si es que ha sido) junto a los enlaces al mismo trabajo en deviantArt y en Fanfiction.net, para aquellos que prefieran tenerlos allí.

Eres bienvenido a comentar todos los trabajos que se listan a continuación, siempre que respetes las normas del foro. Acepto cualquier clase de crítica (incluso te animo a ello), siempre que lo hagas con afán constructivo. Créeme: nadie más que yo quiere encontrarle errores para poder corregirlos.

Y por favor, nadie te obliga a postear aquí, así que... No hagas Spam.

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Lo último de...

Akano

Capítulo 19: Falsas cicatrices y heridas abiertas (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

Pirate Tales: Partes de Trabajo

Parte de Trabajo 21: Piratas Crown (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

One-Shots

Fuego sobre Roma (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

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Historia del último día es lo que podría llamarse mi gran bestia negra en esto de la escritura. Es el proyecto eternamente inacabado. Aún así, no me olvido de Marco Gasso, ese extraño personajillo que tantos cambios ha dado, y sus aventuras entre el suspense y lo sobrenatural.

Antes de dejaros con los capítulos os dejo de regalo lo que fue el embrión del proyecto: El nacimiento de Gasso, su historia y ese tipo de cosas:

Versión Original: "Tras el Ángel Caido. Historia del Último Día"

Prólogo: Una llamada sospechosa (Mirror en DA)
Capítulo 1: Primeros Movimientos (Mirror en DA)
Capítulo 2: Frente a las puertas (Mirror en DA)
Capítulo 3: Kidnapped (Mirror en DA)

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(Folder en DA)

Recuerdos de una vida pasada es la precuela de mi gran proyecto "Memorias", que expongo más adelante. Cuenta las peripecias de Akano Rido en la Academia. ¿Cuál es la relación con el otro fic? Lo adivinarás al avanzar en ambas.

Prólogo (Mirror en DA)
Capítulo 1: Ingreso (Mirror en DA)
Capítulo 2: Nuevos Compañeros (Mirror en DA)
Capítulo 3: Homo Canis (Mirror en DA)
Capítulo 4: Breakin' Ice Wall (Mirror en DA)
Capítulo 5: Akano's Sword (Mirror en DA)
Capítulo 6: Una Lección de Historia (Mirror en DA)
Capítulo 7: El Cuarto (Mirror en DA)
Capítulo 8: Última Página (Mirror en DA)

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(Folder en DA)

Memorias constituye mi gran proyecto hasta ahora. Junto con "Recuerdos" (justo encima) y su continuación, "Akano", pretende relatar la vida de mi shinigami en un universo bastante desarrollado en el que se entrelazan las historias de otros shinigamis como Db, Nalya... ¿Más nombres? Es mejor que los vayas descubriendo por ti mismo.

Capítulo 1: Hacia la Academia (Mirror en DA)
Capítulo 2: Cambio de Rumbo (Mirror en DA)
Capítulo 3: Noche estrellada en el Bosque (Mirror en DA)
Capítulo 4: Llegada (Mirror en DA)
Capítulo 5: Demonios I (The Tomb) (Mirror en DA)
Capítulo 6: Demonios II (Sleeping Dragon) (Mirror en DA)
Capítulo 7: Demonios III (Mazes and Monks) (Mirror en DA)
Capítulo 8: Demonios IV (Dragon) (Mirror en DA)
Capítulo 9: Demonios V (Home Sweet Home) (Mirror en DA)
Capítulo 10: Spirits are always with me (Mirror en DA)
Capítulo 11: Sin descanso (Mirror en DA)
Capítulo 12: Despertar (Mirror en DA)
Capítulo 13: Memories from the past I (Death) (Mirror en DA)
Capítulo 14: Memories from the past II (Tryin' to explain) (Mirror en DA)
Capítulo 15: Memories from the past III (Secret) (Mirror en DA)
Capítulo 16: Memories from the past IV (Truth) (Mirror en DA)
Capítulo 17: Promesa Cumplida (Mirror en DA)
Capítulo 18: Tanzanian Rampage I (First News) (Mirror en DA)
Capítulo 19: Tanzanian Rampage II (Midnight Massacre) (Mirror en DA)
Capítulo 20: Tanzanian Rampage III (Back Home) (Mirror en DA)
Capítulo 21: Acoso y Derribo (Mirror en DA)
Capítulo 22: Balmung I (Akano's Sword) (Mirror en DA)
Capítulo 23: Balmung II (Monk's Domains) (Mirror en DA)
Capítulo 24: Balmung III (Captain) (Mirror en DA)
Capítulo 25: Balmung IV (Traitor) (Mirror en DA)
Capítulo 26: Balmung V (Sympathy for the vengeance) (Mirror en DA)
Capítulo 27: Balmung VI (Pass through him) (Mirror en DA)
Capítulo 28: Balmung VII (Balmung) (Mirror en DA)
Capítulo 29: Ashartîm (Mirror en DA)
Capítulo 30: 2 Re 22 (Mirror en DA)
Capítulo 31: Family Matters I (Revelations) (Mirror en DA)
Capítulo 32: Family Matters II (Fire) (Mirror en DA)
Capítulo 33: Family Matters III (Warrior's Eyes) (Mirror en DA)
Capítulo 34: Family Matters IV (Nadie) (Mirror en DA)
Capítulo 35: Family Matters V (Past Wounds) (Mirror en DA)
Capítulo 36: Family Matters VI (Return of the legend) (Mirror en DA)
Capítulo 37: Family Matters VII (Prison) (Mirror en DA)
Capítulo 38: Family Matters VIII (Truth Hunting) (Mirror en DA)
Capítulo 39: Family Matters IX (Kaiser) (Mirror en DA)
Capítulo 40: Family Matters X (Judgement) (Mirror en DA)
Capítulo 41: Family Matters XI (On my way home) (Mirror en DA)
Capítulo 42: Family Matters XII (Forgotten Souls) (Mirror en DA)
Capítulo 43: Family Matters XIII (Final) (Mirror en DA)
Capítulo 44: Akano I (Ritual) (Mirror en DA)
Capítulo 45: Akano II (Renaissance) (Mirror en DA)
Capítulo 46: Desengaño (Mirror en DA)
Capítulo 47: Primeros pasos hacia una nueva vida (Mirror en DA)
Capítulo 48: Confesión (Mirror en DA)
Capítulo 49: Family Matters Revisited (Mirror en DA)
Capítulo 50: Yonas (Mirror en DA)
Capítulo 51: Una de espías I (Territorio Lobo) (Mirror en DA)
Capítulo 52: Una de espías II (Banisher) (Mirror en DA)
Capítulo 53: Una de espías III (Misión Fallida) (Mirror en DA)
Capítulo 54: Big Bang (Mirror en DA)
Capítulo 55: Commotion (Mirror en DA)
Capítulo 56: Lc 2,52 (Mirror en DA)
Capítulo 57: Good Bye (Mirror en DA)
Capítulo 58: Después del Adiós... (Mirror en DA)
Capítulo 59: Lobo herido (Mirror en DA)
Capítulo 60: Ari (Mirror en DA)
Capítulo 61: Momento Esperado, Momento Temido (Mirror en DA)
Capítulo 62: Tambores de Guerra (Mirror en DA)
Capítulo 63: Natural Born Enemies (Mirror en DA)
Capítulo 64: Lamerse las heridas (Mirror en DA)
Capítulo 65: See you Soon (Mirror en DA) (Final)
Epílogo: Sorpresa después de la tormenta (Mirror en DA)

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La continuación de Memorias y Recuerdos de una vida pasada, Akano, reanuda, seis años después, la narración de la vida de Akano Rido, en una nueva etapa que seguirá narrando las peripecias de mi shinigami y en la que seguirán apareciendo más y más personajes, viejos o novedosos.

Capítulo 00.1: A legend is born (Mirror en DA)
Capítulo 00.2: Good ole' times (Mirror en DA)
Capítulo 00.3: D Day (Mirror en DA)
Capítulo 00.4: Hueco Mundo (Mirror en DA)
Capítulo 00.5: Nubes negras en día soleado (Mirror en DA)
Capítulo 00.6: Generation Next (Mirror en DA)
Capítulo 00.7: The Falling I (Comienzo del fin) (Mirror en DA)
Capítulo 00.8: The Falling II (Soukyoku) (Mirror en DA)
Capítulo 00.9: The Falling III (Suspicious Minds) (Mirror en DA)
Capítulo 00.10: The Falling IV (Rex Verminorum) (Mirror en DA)
Capítulo 00.11: The Falling V (The Long and Winding Road) (Mirror en DA)

Capítulo 1: Preludio (Mirror en DA)
Capítulo 2: Eternal Flame I (El comienzo de un largo viaje) (Mirror en DA)
Capítulo 3: Eternal Flame II (Mama's boy) (Mirror en DA)
Capítulo 4: Eternal Flame III (Heritage) (Mirror en DA)
Capítulo 5: Eternal Flame IV (Legend) (Mirror en DA)
Capítulo 6: Eternal Flame V (Wolves) (Mirror en DA)
Capítulo 7: Eternal Flame VI (Welcome to the jungle) (Mirror en DA)
Capítulo 8: Eternal Flame VII (Home, sweet home?) (Mirror en DA)
Capítulo 9: Eternal Flame VIII (New kid in town) (Mirror en DA)
Capítulo 10: Eternal Flame IX (Åska) (Mirror en DA)
Capítulo 11: Eternal Flame X (Buen Viaje) (Mirror en DA)
Capítulo 12: Eternal Flame XI (Game Over. Mala suerte) (Mirror en DA)
Capítulo 13: Eternal Flame XII (Is this the end, my only friend? (Mirror en DA)
Capítulo 14: This is the dawning of a new era (Mirror en DA)
Capítulo 15: Reencuentro (Mirror en DA)
Capítulo 16: Conversaciones pendientes (Mirror en DA)
Capítulo 17: Marcando el territorio (Mirror en DA)
Capítulo18: Nuevas pistas (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)
Capítulo 19: Falsas cicatrices y heridas abiertas (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

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(Folder en DA)

Las Crónicas de Rido no es más que la recopilación de los absurdos Omakes que poco a poco fui publicando para acompañar a "Memorias". Pretenden dar una visión bastante cómica de la vida en la División... Pero no tratéis de buscarle mucho sentido ::@004::

Omake 01: El Cumpleaños de la Capitana (Mirror en DA)
Omake 02: Tocándole los Cuernos a Nalya (Mirror en DA)
Omake 03: Desayuno ¿con Diamantes? (Mirror en DA)
Omake 04: Panda World (Mirror en DA)
Omake 05: Diálogo de Besugos (Mirror en DA)
Omake 06: Interés Científico (Mirror en DA)
Omake 07: El Cumpleaños de la Capitana v2.0 (Mirror en DA)

Imagen CANCELADO

¿Dónde acaba la ficción? ¿Y si nuestras peores pesadillas se hicieran realidad? Algo extraño ha pasado en el mundo real. Algo que ha transtornado todo lo que conocemos y que ha convertido nuestro futuro en un verdadero infierno. ¿Quieres descubrir qué?

Prólogo
Capítulo 1: Cuando el cielo se abrió

Imagen (Folder en DA)

Su nombre lo dice todo, Experimentos con Palabras, coger el lápiz y dejar que surjan, una tras otra, las letras.

Experimento 01: Vacío (Mirror en DA)
Experimento 02: Garabato (Mirror en DA)
Experimento 3: Interrogatorio (Mirror en DA)

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¿Os habéis preguntado cómo sería un Blog llevado por el gran Urahara Kisuke? Para muestra, un botón.

Creo que es aquí donde debería decir hola
Segunda entrada... Original, ¿eh?
Un día duro
¡Cambios!
Novedades
Día... ¿complicado?
De compras
A day in the pool
Publicidad agresiva
Ururu sale a jugar
Gorrones y fantasmas
Merchandising y foto familiar
Rojo
Fin del verano

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(Folder en DA)

Rido (sep, para qué negarlo, soy así de original con los nombres) es un carpintero (o, mejor dicho, aprendiz de carpintero, aunque realmente ya no tenga por qué llevar ese título) de barcos en una isla muy poco conocida dentro del Grand Line.

Parte de Trabajo 01: La Joya de la Corona (Mirror en FF.net)[/i] (Mirror en DA)
Parte de Trabajo 02: Bettum el de las manos hábiles (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)
Parte de Trabajo 03: El Zafiro de las Olas (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)
Parte de Trabajo 04: En busca de aclaraciones (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)
Parte de Trabajo 05: La Marina (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)
Parte de Trabajo 06: The house is on fire (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)
Parte de Trabajo 07: Berserker (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)
Parte de Trabajo 08: Nakamas (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)
Parte de Trabajo 09: So we sailed up to the sun (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)
Parte de Trabajo 10: Chaos Lady (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)
Parte de Trabajo 11: In the Navy (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)
Parte de Trabajo 12: Rey del Mar (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)
Parte de Trabajo 13: Hurgando en el pasado (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)
Parte de Trabajo 14: Hilmar (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)
Parte de Trabajo 15: Damnes (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)
Parte de Trabajo 16: Como está escrito en el libro (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)
Parte de Trabajo 17: Cambio de Rumbo (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)
Parte de Trabajo 18: Leyendas (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)
Parte de Trabajo 19: Der Schiffszimmermann (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)
Parte de Trabajo 20: Emancipación (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)
Parte de Trabajo 21: Piratas Crown (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

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(Folder en DA)

Crónica de la Última Batalla (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

Este relato está ambientado en el mundo del MUD Phantasien II, justo al final de su segunda época. El mundo ha entrado en guerra contra algo que ni siquiera puede identificar. En este ambiente situamos este relato, en el que un clérigo narra la última batalla por la salvación de todo lo que conocen. Es lo primero que intenté hacer parecido a un escrito y en él ya aparece un tal "Rido", mi personaje en el MUD. Espero que os guste.

In the beginning it was a shop (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

La primera vez que intenté escribir un fic que usara de los personajes originales de la serie salió esto. Como protagonista principal, el adorablemente polémico Urahara Kisuke. Lo presenté para un concurso, el primero en el que participé. Quedé último, pero el esfuerzo, a mi juicio, mereció la pena.

Levántate y sal de tu tierra (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

El segundo, para la reedición del concurso anterior, salió como ganador. Este refleja un estadio más avanzado de la historia. Sigo usando básicamente el mismo leitmotiv para la construcción del relato, pero es menos amargo y sí más "comercial", vistoso...

Hombres de Oro (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

Comenzando ya a meter personajes totalmente originales, primero empezamos por uno que por ahora, al menos, no ha aparecido en lo que sería el gran fic de Bleach que llevo escrito. Se trata de Hikari Hoshitaro y de un relato corto experimental en el que aplicamos un poco de política platónica al Seireitei o, más concretamente, a la Cámara de los 46, el órgano legislativo-judicial.

El Gran Reto (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

Este es de esos relatos que de Bleach sólo tiene el escenario. Realmente lo ambienté en dicho mundo por comodidad. Mi única intención era simplemente un relato de humor bastante absurdo. Este fue el resultado.

Para ellos dos (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

Un encuentro esperado y ansiado que tiene como escenario los andenes de una estación de autobuses.

Palabras para Julia (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

"Carta de suicidio" inspirada en el precioso poema homónimo de J.A. Goytisolo.

Demon Inside (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

Rido es un maestro de la Academia de Shinigamis y ex-Oficial de la Novena División del Gotei 13. Entre sus alumnos se encuentra Kara, una de las primeras almas que él enterró y que dejó una huella especial en su vida. Kara, criada desde entonces en los distritos más bajos y peligrosos del Rukongai, ha visto nacer en su interior algo que no entiende... Por el relato también aparece Kyo, hijo adoptivo de Rido... y alguien que dará que hablar en el futuro.

In Eremos (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

Fic presentado al Concurso de Septiembre de la Fan Fic Factory, bajo el tema "Los ermitaños". Utilizando el estilo de San Agustín en las Confesiones hice un revoltijo entre la vida de San Ignacio de Loyola y San Carlos de Foucauld y creé un ficticio ermitaño cuya decisión de abandonarlo todo retraté en las pocas páginas que ocupa el trabajo ^^

In the name of the Father (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

Versión libre de la historia de uno de los secundarios de la gran película In the name of the father.

Crónicas extrañas (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

Una visión un tanto confusa y surrealista de una partida de rol...

Noche de Luna (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

Fic para el concurso de la FFF bajo el lema Vampiros/Hombres Lobo. Un vampiro renegado y... bueno la historia de siempre

Un hogar bajo las estrellas (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

Creado para el concurso de la FFF con el tema "Algo inalcanzable", este fic está basado en la trilogía del elfo oscuro, de Bob Salvatore.

Guardián (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

El relato de la Caída de Luzbel/Satán desde el punto de vista del Arcángel Miguel. Traté de darle un toque bastante de la literatura apocalíptica judía, por eso quizás me quedó demasiado recargado. Espero que os guste

Esa chica tan cara (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

El One Shot para el concurso inédito de Julio, un song fic basado en una canción de Platero y Tú. Quería haberlo trabajado más, pero las ganas se riñeron con la inspiración.

44 segundos (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

One Shot que preparé para un concurso en el otro foro que se canceló por falta de participación (otro más -.- pa que veáis que no somos los únicos xD). El tema era Ciencia Ficción... y me tuve que resistir a no meter naves espaciales ni leches...

Carta al Destino (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

Fic ganador del Concurso de Agosto 2008 de la FFF bajo el lema de "Redencion". Un antiguo soldado se arrepiente de sus crímenes y promete cambiar de vida... o algo así.

Hechicero nivel 94 (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

Esto es algo así como un relato que pretende ser humorístico pero que en realidad es bastante absurdo. Sin más explicaciones. Lo escribí para un concurso con un tema tan concreto como "Internet". Sí, esto fue lo único que se me ocurrió.

Amor al arte (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

Un pequeño tributo a Dexter Morgan, una de las mejores series que hoy en día se pueden ver en la pequeña pantalla

Chibistoria de amor (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

Regalo para Kara (2008). Un poco cursi pero... ¿qué más da?

It's not Lupus (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

Fic ganador del concurso de Octubre de 2008 (Médicos). Se trata de una sátira acerca de las relaciones médico-paciente, el quedar bien, la influencia de la televisión...

Fuego sobre Roma (Mirror en FF.net) (Mirror en DA)

Relato que presenté al último (esperemos que último sólo por ahora) concurso de fics de Pirateking cuyo tema era "Una de Romanos". Pues bien, una muy típica de romanos: cristianos perseguidos y Nerón jugando a incendiar Roma.
Última edición por rido el Vie Nov 06, 2009 11:01 pm, editado 14 veces en total
¿Todavía no lo sabes? El verde está de moda || 7NA
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One Shots variados

Notapor rido el Jue Dic 25, 2008 11:42 pm

Vuelvo a la carga para actualizar la galería que tanto éxito ha tenido con más One Shots, relatos cortos, historias sueltas o como queráis llamarlas. Espero que no moleste que vayan en dos posts. Son todas las que tenía que no tienen que ver con Bleach. Otro día, las otras.

Crónica de la última batalla

Spoiler: Ver
Algo asombroso ocurrió en aquel lugar que hoy llaman Campos de la Concordia. Allí, por primera vez en la historia de Phanterra, todos los phantasios se unieron para derrotar al Enemigo a cualquier precio, aunque éste fuese su propia vida. En la Última Batalla muchos grandes personajes perecieron, muchos alcanzaron la fama y todos comenzaron una nueva vida. En la batalla combatieron inmortales, reyes, avatares y simples súbditos, todos iguales, sin distinción de rango.

En medio del campo de batalla un semielfo vestido con unos misteriosos ropajes invocaba al Gran Dragón mientras decapitaba a todo cuanto enemigo se le acercase. A su lado, un hombre luchaba con toda su rabia junto a Piros, el semielfo anterior. Ambos trataban de proteger a un pequeño pixie llamado Rido y un mago élfico llamado Beldar mientras ambos trataban de curar el cuerpo moribundo de Raiden, un pequeño ladrón.

– ¡Creo que ya no podemos hacer nada más! – dijo Rido.

– Tienes razón, lo que debe hacer ahora es reposar – contestó Beldar – ¡Piros, voy a llevarme a tu hermano a un lugar seguro! No desesperéis. No os abandonaré.

Dicho esto, el pixie pronunció palabras arcanas y tanto él como el cuerpo inconsciente del semielfo desaparecieron. Piros, Beldar y Egroj (que así se llamaba el humano) combatían solos sin Raiden y sin Rido, el más experto del grupo. Los dos guerreros hacían rodar cabezas mientras el mago invocaba todos los conjuros q conocía.

Los ojos de Piros se llenaron de dolor y de rabia mientras avanzaban, pues entre los cuerpos sin vida que cubrían el suelo descubrió el de Trajana, una joven y bellísima elfa con la que mantenía una amistad muy especial antes de su evidente muerte.

De pronto, una enorme bandada de dragones capitaneada por los generales de Wyern se abalanzó sobre los ejércitos de Tase, vomitando ácido y fuego. Este repentino ataque sorprendió a los enemigos de phanterra, que se replegaron considerablemente. Tras el ataque, el resto de phantasios cargó contra ellos. Así, el Ejercito Unificado de Phantasien logró diezmar al ejercito enemigo. Beldar giró sobre sí mismo y lo vio, Greorn, un gran compañero suyo había caído tras un flechazo que le atravesó la nuca.

La tierra tembló y el aire se tornó caliente. Una gran sombra oscureció el cielo y atemorizó a todos. La gran sombra se desplazaba rápidamente por el cielo y Piros se dio cuenta de lo que era. Sus súplicas habían surtido efecto: el Gran Dragón se aproximaba, amenazante al campo de batalla. Los soldados de uno y otro bando huyeron rápidamente. Piros y Beldar se refugiaron en un bosque cercano mientras la bestia se abalanzaba sobre el invasor. Allí, abandonados a su suerte, fueron vencidos por el cansancio y ambos cayeron en un profundo sueño. Al despertarse se encontraron en una cabaña y vieron la sonriente cara de Rido:

– ¡ Menos mal! Lleváis dos días enteros durmiendo. – dijo sonriente.

– ¿Tanto? – dijo Beldar extrañado.

– ¿Dónde estamos? –preguntó Piros – En el Bosque de Greenwood, en la casa donde me crié. – aclaró Rido – Fue el primer lugar en que pensé...

Trataron de incorporarse pero su cuerpo se quejaba. Aún no habían recuperado las fuerzas y las heridas no se habían curado totalmente, así que desistieron en su intento.

– No soy Etto... No os puedo curar completamente pero si puedo calmar vuestro dolor.

– Gracias, amigo... ¿Dónde está mi hermano?– inquirió Piros. – ¿Cómo hemos llegado aquí? ¿Qué ha pasado?

– Tranquilo, por ahora preocúpate solo por descansar. Intenta dormir un poco más. Os despertaré para cenar y allí os pondré al día.

Así hicieron y, al cabo de unas horas despertaron de nuevo, pero esta vez no era la cara de Rido la que tenían enfrente sino la del joven Raiden.

–¡Los dioses son generosos! – dijo Piros incorporándose y abrazando a su hermano.

– Venga, vamos a cenar – dijo el raterillo.

Abandonaron la improvisada enfermería y llegaron a una pequeña sala en la que ardía una hoguera. Allí Rido había dispuesto una mesa y unas cuantas sillas. Sobre la hoguera se asaba un jabalí y de una habitación cercana salía un agradable olor a setas. Rido entró en la sala con las setas y sacó el jabalí del fuego, colocándola sobre la bandeja.

–Esto ya está...¿Qué hacéis de pié? ¡Sentaos a mi mesa! Os pondré al día. –Dijo Rido.

Se sentaron y mientras cenaban Rido comenzó a relatarse lo sucedido:

– Cuando desaparecí, me teletransporté a Diablo, hablé con Peppin y uno de sus hijos accedió a acompañarme. Desde allí partí a mi antigua casa. Afortunadamente, tu hermano pesa mucho menos que tú, Piros, y no tuve problemas para cargarlo yo solo. Eso sí, Raiden debe tener un sueño muy inquieto, porque no paraba de manosearme y de llamarme bella dama.

Todos rieron a carcajadas, tras el guiño de Rido.

– Tras dejarlo aquí volví al campo de batalla pero la situación era muy diferente a la que había dejado. ¡Casi me estampo contra el Gran Dragón! ¡Menos mal que lo pillé de espaldas y no me vio! Me escurrí entre sus patas y conseguí escapar. Mientras me dirigía a un bosque cercano encontré el cuerpo de Egroj pero seguía vivo así que curé sus heridas más superficiales y lo puse en un lugar seguro. Muy cerca de allí encontré los cuerpos sin vida de Greorn y Trajana. Los bendije, los enterré como a héroes y ofrecí su sacrificio a los dioses para que los ayudaran en la otra vida. El caso es que en ese momento ocurrió algo muy extraño que aún ahora al recordarlo siento como mi carne se despega de mi cuerpo. Mientras los enterraba, un ruido hizo que me girase sobre mí mismo y me dispusiese a lanzar algún hechizo. Sin embargo, allí no había nada ni nadie aún cuando puse en práctica todos los hechizos de detección que conozco, así que recogí a Egroj y fui en vuestra búsqueda. Os sentí y rápidamente me dirigí hacia el bosque donde estabais roncando como osos asmáticos, no sé cómo no os encontraron, os debieron confundir con el Gran Dragón... – tanto Piros como Rido eran aficionados a este tipo de frases estúpidas. – Es más, de tu boca, Piros, salía tal cantidad de baba que podrías haber acabado con la sequía de Almería. ¡Alabados sean los dioses! Menos mal que os encontré rápido porque se aproximaba una horda enemiga. Os traje a los tres aquí sin pasar por Diablo y os dejé aquí durmiendo mientras yo recuperaba mana.

Al día siguiente fui a reunirme con los otros dragones en el Valhalla. Nuestro gran Rey Sayonara nos dijo que, si bien no habíamos acabado con todos ellos, los hombres de Tase no nos atacarían de nuevo en mucho tiempo pues el Gran Dragón había aniquilado a casi la totalidad de aquel ejército, aunque Tase, como dios que es, seguía vivo.

– Los Cuatro Reinos han quedado casi totalmente destruidos – continuó. – Algunos resurgirán de sus cenizas y otros nuevos serán fundados. Ahora la principal misión para nosotros es entrenar muy duro y luchar por que todo vuelva a la normalidad. Todos tendremos que abandonar muchos lujos de los que gozamos y entregarnos totalmente a la causa. Las cosas cambiarán demasiado y seguro que para peor en muchos casos. No les quiero engañar señores, la mayoria de los aquí presentes no sobrevivirá a esta guerra, y no todos los que sobrevivan lo harán con el alma serena, muchas almas serán torturados por el mal y sus portadores se adherirán al grueso del enemigo en espera de poder luchar al servicio de Tase en edades futuras. Asumámoslo. Aún superando esta guerra no todos acabaremos siendo compañeros.

Sayonara hizo un breve silencio que se reflejó en su rostro, perfilado por la edad, a modo de duda. Fue la primera vez que Rido obsevaba aquello en su rey y vió en él que no tenia palabras para animar a su reino como era costumbre en él.

Finalmente levantó irguió la cabeza, se alzó y pronunció estas palabras que el pequeño pixie recordaría toda su existencia como ideal de vida, como si las hubiera pronunciado él mismo:

– Caballeros, de nuestros actos dependerán muchas cosas durante este nefasto periodo, debemos hacer un último esfuerzo para que no sólo nosotros sino todos los Phantasios podamos ver un nuevo amanecer y una nueva era en la que podamos vivir sin estas odiseas de dolor y sufrimiento que oprimen a nuestro pueblo. ¡Ánimo, que el Gran Dragón nos proteja!­– concluyó solemnemente.


Para ellos dos

Spoiler: Ver
No sabía si había hecho bien. Quizás hubiera sido mejor haberle dejado llegar a él antes, pero nunca le había gustado viajar durante el día. Se pasaba más calor y el viaje se hacía más largo. De noche, no. Había dormido todo el viaje y ya se había instalado en el hotel antes de descansar unas pocas horas.

– A la Estación de Autobuses, por favor – le dijo al taxista.

Por el camino iba observando los edificios, las calles, la gente… Nada era parecido a su ciudad, a su entorno. Pero, ¡qué narices!, si había que aventurarse era mejor hacerlo allí, donde nadie la conociera, fuera de las miradas indiscretas de los vecinos, de las lenguas largas de las señoras del barrio.

– Mira, es la hija de Martínez – le susurraría una a otra.

– ¿Quién es ese que la acompaña?

– Nunca lo había visto por aquí. Seguro que es uno de esos…

– ¿Uno de esos qué?

– Ya sabes, mujer – contestaría. – De esos…


No, realmente era mejor así. Era mejor que aquello se mantuviera en el anonimato. Al menos por ahora, mientras sólo era un loco salto al vacío en el que se arriesgaba todo. Por eso habían elegido una zona neutral, donde se ponía en juego sólo lo necesario, donde si algo salía mal todo quedaría borrado al volver a casa.

Aunque también… ¿Qué pasaría si algo salía mal? Se quedaría sola en una ciudad desconocida y… No, nada saldría mal. No tenía por qué hacerlo y como no iba a salir nada mal no debía pensar en ello. Sacudió la cabeza para hacer que se esfumaran aquellos negros augurios y siguió observando el paisaje urbano de aquella gran ciudad.

Cuando llegó a los andenes de estación, el ambiente asfixiante de los tubos de escape de las distintas máquinas le hizo sentir por un momento como si se ahogase en un aire ardiente y contaminado. El calor asfixiante no ayudaba a sentirse mejor así que se vio obligada a detenerse para tratar de recuperar un momento el aliento y abanicarse con la pequeña revista que portaba en sus manos.

El bus que le había traído tenía que haber llegado ya, pero ¿cuál era? Durante un momento, se arrepintió de no haber comprobado la dársena en la que se suponía que debía estacionarse el autocar en lugar de tener que recorrerlas todas una tras una entre aquella avasalladora marea de gente que iba y venía.

¿Qué hacía toda esa gente allí? Seguramente, muchos regresaban a casa después de sus vacaciones, otros saldrían a disfrutar de esos merecidos días de descanso. Para algunos sólo sería un lugar de paso, para otros, su destino definitivo. Pensando en todo eso, comenzó a abstraerse de todo lo que pasaba a su alrededor.

¿Habría allí alguno más como ella? La verdad es que su caso era un tanto… “especial”. Aunque en estos tiempos era cada vez más extraña, pasar unos días con un completo desconocido, en una ciudad completamente desconocida seguía produciendo esa sensación totalmente abrumadora de desconcierto, temor, vergüenza… y una extraña excitación ante lo que le podría esperar.

Había hablado con él miles de veces, ¿cómo sería verlo en persona? No quería pensar en que la visita sería decepcionante, pero no podía sacarse aquel pequeño miedo de la cabeza.

Entre tanto, iba escabulléndose entre montones de maletas y personas que se apiñaba a la puerta del autobús que debía llevarle a su destino y otras que se esforzaban en recoger sus equipajes de las barrigas de los vehículos. Aquello era una gran estación a pleno funcionamiento: un completo caos.

Parejas que se reencontraban, que se separaban, familias enteras, amigos… Los grupos de gente que poblaban la estación eran de lo más variopinto. Pero no todo eran escenas agradables de ver. No todo el mundo era feliz y eso pudo comprobarlo cuando su tránsito a través de las dársenas se vio interrumpido por una acalorada discusión.

– ¡Le estoy diciendo que esta maleta es mía! – le gritaba un hombre a otro.

– ¡Es mía! – replicaba el otro. – ¿No lo ve?

– ¡Es mía! – tiraba de los bultos el primero.

– ¡Por favor! ¿Quieren parar?

Como pudo, esquivó aquella trifulca y siguió su camino por aquella interminable estación. ¿Se habría pasado ya de la dársena de destino? No, no podía ser. Había estado fijándose detenidamente en todo lo que le rodeaba buscando aquella cara que apenas había visto en un par de fotografías pero que tanto había soñado con contemplar sin la mediación de ninguna pantalla, especialmente en las últimas semanas. De todas formas… con la cantidad de gente que había allí no era descabellado que algo se le hubiera pasado por algo.

– Mierda – musitó cansada al llegar al fin de la dársena.

La verdad es que no haberlo encontrado la había puesto nerviosa. No le hacía mucha gracia el hecho de tener que volver a atravesar otra vez todo el camino sola entre tanta y tanta gente como se había acumulado en los últimos minutos. Estaba perdida en la hora punta de una estación en la que no dejaba de desembarcar una multitud de viajeros.

– ¿Mierda? – le sorprendió un susurro a su espalda. – ¿Te parece esa una forma educada de saludar a un amigo?

Ella se dio la vuelta para descubrir su rostro. Había calculado muchas cosas en aquellos últimos días, pero nada era parecido a lo que sintió en aquel momento. Tantos meses de espera, tantas ilusiones creadas… todo se desvanecía ahora que había llegado aquel instante tan esperado.

¿Cómo podría describirlo? ¿Alegría? ¿Desconcierto? ¿Alivio? ¿Sorpresa? No, no era eso… Era todo eso junto y más. Difícilmente podría explicarse aquella nube caótica de emociones que le asaltaban. Aquel día, aquella hora había llegado. Al fin podía verle cara a cara.

– Ho… Hola – saludó ella tímidamente.

Su corazón funcionaba a toda máquina. Todo se desvanecía a su alrededor. Entre aquella masa de personas, como en ebullición, el tiempo se detuvo para contemplar aquel encuentro.

– No muerdo, ¿sabes?

– Y… Ya.

Él dejó sus maletas en el suelo y la acogió en un firme y cálido abrazo. Él también había esperado mucho poder hacer aquello. Incontables horas al teléfono, muchas más comunicándose a través de internet… Sí, aquel encuentro no era algo soñado sólo por ella, también por él, que había contado los minutos, los días… hasta poder

– ¿Mejor ahora?

– S… Sí.

– Me alegro – le sonrió. – He esperado tanto este momento…

– Y yo…

Hablar con él, cruzar aquellas primeras palabras y ver que nada malo había pasado la tranquilizó. Ya no le parecía un salto al vacío, ya no le parecía una estupidez. Estaba segura de haber acertado, de haber tomado la decisión correcta. Estaba totalmente convencida de que aquel fin de semana sería algo que siempre recordaría como uno de los mejores momentos de su vida.

– ¿Está muy lejos el hotel?

– A unos diez minutos en taxi.

– Perfecto – resopló el con una gran mueca de satisfacción en su rostro. – Necesito darme una ducha. ¿Vamos?

– Vamos – respondió. – ¿Te ayudo a llevar algo?

En respuesta, el la cogió del hombro y ambos se dirigieron a la salida. Su fin de semana, su momento, estaba a punto de comenzar.


Palabras para Julia

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Querida Julia, mi ángel, mi luz, mi vida:

Nunca creí que llegaría a escribir algo como esto… Bueno, quizás mienta. Reconozco que siempre lo vi como esa puerta al final de la sala, cerrada, con un gran cartel de prohibido de esos que provocan en el que los leen todo lo contrario a lo que quieren conseguir; como una de esas posibilidades remotas que, de repente, cobran un gran atractivo y parecen la solución a todos los problemas, lo que uno debe hacer. Y, cuando eso ocurre, sabes, sin ningún género de duda, que es eso lo que está destinado a ocurrir. Eso y no otra cosa.

Es el momento de decir adiós, Julia. Es el momento de partir de una vez sin mirar atrás, sin preguntarse por el porqué de todo esto, sin ninguna esperanza, sin ningún remordimiento, sin ningún temor, con la seguridad de que es la única forma de dejar de destruir todo aquello por lo que todos habéis luchado.

Creo que se supone que ahora es donde debería comenzar a contar todo lo que me ha traído hasta aquí, reconocer mis errores y acusarme despiadadamente de… de todo lo que ha ido mal en mi vida y en la de los que me rodeáis… pero no tengo fuerzas. No me atrevo, no quiero enfrentarme más al dolor. ¡No quiero!

Sólo hay una cosa que quiera hacer en este momento de la triste despedida. Sólo querría verte una vez más. Sólo quiero abrazarte y contarte al oído tantas cosas… Pero tú no lo entenderías. No puedo seguir fingiendo más. No puedo seguir luchando. Por eso, ahora, sólo déjame que recuerde para ti sólo los buenos momentos, las palabras, aunque vacías, con las que quise alentarte a vivir esta vida como una bendición, pues lo es, aunque mi ejemplo no lo sea.

Recuerda siempre aquello que, un día, escribí para ti. Recuerda todas aquellas cosas que me atreví a decirte aún sabiendo que yo nunca fui capaz de cumplirlas y no seas como yo. No seas como yo, no. Que el infame legado que te dejo, la recopilación de todos mis errores, no sea para ti una cruz insoportable y demasiado pesada que cargar si no una sucia imagen de todo lo que nunca debes hacer.

Recuerda siempre esto: Hay muchas cosas de las que me arrepiento. De hecho, no hay nada de lo que esté orgulloso. Nada excepto tú, querida mía. Nada excepto tú. Tú eres la luz de mis tinieblas más oscuras. Eres la fuerza que me ha empujado a seguir tantas y tantas veces, la esperanza en el día aciago, la sonrisa en el dolor… mi todo.

Todos los días me levanto, condenado a seguir viviendo en un mundo que hace tiempo que dejó de ser mi hogar, y lo único que me hace tratar de intentarlo una vez más es esa ingenua sonrisa de niña, esa mirada limpia que tienes y en la que uno se puede perder en la inmensidad de un mar de sueños que por un momento se hacen reales.

Pero aún así, aún a pesar de los pesares, es el momento de irse, de dejarlo todo y marchar sin equipaje hacia la última parada del tren de mi destino. Sin equipaje porque no necesito nada más conmigo que el recuerdo de tu tierna risa, nada más que esta última mirada furtiva mientras escribo estas líneas.

La vida es bella, te dije una vez. Te dije que a pesar de todo, aún a pesar de mí, de todo el sufrimiento que te he causado, encontrarías alguien con quien compartirla. Alguien para reír con él, para llorar con él, para soñar con él. Encontrarás amigos, encontrarás a mor. Tendrás alguien que te sepa enseñar a ser feliz, a sonreír en los momentos tristes, a seguir adelante sin mirar atrás cuando te sientas acorralada, cuando te sientas perdida y sola, cuando desees no haber nacido.

Y sobre todo, sobre todo, no hagas como tu viejo padre y no te rindas. No te niegues a aceptar la mano de los que están a tu lado, a los que hacen el camino junto a ti. Por que no vas sola por el sendero de la vida y siempre hay alguien dispuesto a ser tu apoyo, tu cirineo, una persona que te ayude a levantarte cuando decidas que no puedes más y que el final de tu camino ha llegado.

Por eso siempre acuérdate, Julia, de lo que un día yo escribí pensando en ti. En ti, Julia. Porque lo escribí pensando en ti, igual que ahora pienso mientras escribo esta carta, esta despedida, este adiós.

Si hiciera caso a las historias, a lo que dice la gente que, de algún modo, se ha acercado a la puerta pero no ha terminado de cruzarla… Si hiciera caso a todo eso… supongo que cuando todo comience o, casi mejor dicho, cuando todo acabe, veré como pasan una a una, como en una mala película de serie B, todas las escenas de esta cadena de despropósitos que ha sido mi vida.

No quiero verlo. No sé si podré soportar ver de nuevo tantos y tantos errores. Pero sé que al final, sólo me queda un alivio. Sé que al final de esa película no aparecerá un fatídico “Continuará”. No, sé que al final de ese horrendo filme aparecerá bien grande la palabra “Fin”.

Llegó el momento de decir adiós. Algún día tendría que terminar de escribir estas líneas. Sólo prométeme una cosa. Sólo prométeme que no vas a llorar, porque no lo merezco. No me he ganado el derecho a que derrames por mí tus preciosas lágrimas. Por eso, Julia, no llores como yo lo estoy haciendo ahora.

Es el momento de emprender la última etapa de este camino. Buen viaje en el tuyo.


In Eremos

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Disculpadme, oh mi Buen Señor, si me atrevo a contaros la historia de este vuestro humilde servidor. Es la mía una historia de errores y soledades, de ansias de gloria y de búsqueda de un camino, el mío propio, que no era otro que el vuestro, que la ruta que vos marcasteis para mí hace ya tantos años, cuando aún era únicamente un incorpóreo proyecto en vuestra mente.

Disculpadme, insisto, si os confieso a vos, quien todo lo sabéis, lo que atormentó durante tantos años el interior de mi alma, pues mi vida no ha sido más que el transitar de un pobre siervo por sendas que no le correspondían hasta que al fin os encontré, y las maravillas de las gracias que vos mismo me concedisteis.

Treinta largos inviernos, fríos y oscuros, me separaban del vientre de mi madre cuando comprendí que había estado vagando en el más profundo de los desatinos desde la más tierna infancia. Dejadme contaros, pues, el relato de la vida de este pobre vagabundo que no puede más que humillarse ante vuestra majestad y grandeza.

Majestad y grandeza eran, por cierto, cualidades que muchos me atribuían en este mundo plagado de miseria e injusticias, de falsedades y mentiras, dominado por los engañosos destellos de la hipocresía y el poder de aquellos que realmente no lo poseen.

Yo era un hijo de la guerra, el hijo de un gran noble, destinado a ser un miembro notable de la corte de un rey terreno, temporal. Era un privilegiado a los ojos de todos los que me rodeaban, un gran capitán, un gran heredero, pero un pobre desgraciado a los vuestros, mi Señor, que son los únicos que ven lo profundo del hombre.

Fuego.

Sangre.

Dolor.

Lágrimas.

Vencedor en las batallas, afortunado en los amores…

Ése era mi mundo. Allí es a donde yo pertenecía.

Hasta que al final caí herido; herido por la espada, y herido también por un fuego abrasador que me consumía por dentro y que me hizo saber que todo aquello que había creído el mayor de los privilegios y los bienes no era nada comparado con lo que vos, quien todo lo dispone, teníais preparado para mí.

Fue aquella revelación la que puso en marcha la rueda que comenzó a girar inexorablemente hasta traerme hasta aquí, hasta este lugar de encuentro privilegiado con vos, mi Señor. Fue entonces cuando descubrí que de verdad quería dejar de luchar por un señor terreno, cuyos beneficios siempre serían temporales, y optar por seguiros a vos, que todo lo da al que se entrega totalmente.

Mis heridas se sanaron y pronto tuve que reunirme con los míos. Sin embargo, ya desde entonces supe que algo había cambiado en mí. Aquel fuego que habíais encendido seguía ardiendo con fuerza dentro de mí y reclamaba ser apagado con vuestra agua, el agua viva.

Nada de lo que había conocido hasta entonces me satisfacía ya y en todo encontraba disgusto. Los pasatiempos en los que antes me solazaba no eran para mí ya más que horrendas banalidades que destruían poco a poco las almas de los hombres que se entregaban cargados de la mancha del pecado que les corroía.

Los halagos y las alabanzas de los hombres del siglo, algo en lo que siempre antes me había recreado desde la más tierna infancia, pues siempre me habían enseñado que la gloria terrenal era tan admirable y tan deseable como la Gloria de vuestro Reino, se convirtieron en agudas y afiladas flechas que atravesaban poco a poco mi alma

Pronto comprendí que para alcanzar la meta de vuestro completo servicio, la única que podría darme la felicidad, debía abandonar y rechazar todo lo que conocía hasta entonces. Porque es imposible serviros a vos viviendo en el mundo y siendo del mundo y fue ello lo que me impulsó a lanzarme sin dudas hacia este desierto, vacío del mundo pero lleno de vos, que se ha convertido en mi última morada y en el que pronto os entregaré mi alma.

Y así fue como abandoné a los hijos de este mundo, rechacé todo aquello en lo que había consistido anteriormente mi vida y partí en busca de parajes más fértiles en esta santa tierra donde vos habitasteis. Y creo, Señor, que puedo cometer la osadía de afirmar haberlos encontrado aquí donde nuestro mundo parece apagarse y permite abrir la puerta hacia vuestro Reino, donde vosotros mismo fuisteis probado y os resististeis a las engañosas promesas del Tentador, por donde vuestro pueblo penetró en la tierra que mana leche y miel después de expiar todas sus infidelidades vagando por el desierto.

Ahora que la hora se acerca, ahora que sé que pronto podré dormirme en vuestros brazos, quiero, Señor, agradeceros haberme concedido la gran gracia de descubrir lo que vos habíais pedido de mí, de conocer el camino que me habíais preparado ya desde el vientre de mi madre.

Quiero daros las gracias, mi Señor, porque yo no era más que un mísero pecador, el peor de los hombres, y aún así, en mi inmundicia, quisisteis fijaros en mí y llevarme de la mano hasta vos. Por eso, desde este páramo rocoso donde vos también pasasteis cuarenta días y cuarenta noches, quiero agradeceros todos vuestros beneficios y, por encima de todos ellos, por haberme concedido tan magna gracia como es vuestro perdón y vuestro amor.

Y esta es, oh mi Buen Señor, mi historia. Perdonadme, una vez más, la osadía de pretender contárosla a vos que todo lo veis y todo lo sabéis pero tengo quizás la vana esperanza de que algún hombre, en su viajar, pueda encontrar esta mi confesión y servirse de ella para acercarse más a vos y a su salvación. Nada sería más del agrado de este vuestro siervo que espera que le llaméis por fin a vuestro banquete eterno.


In the name of the father

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Los rayos de sol que entraban por el ventanuco se reflejaban en las gotas de sudor que le resbalaban por los brazos mientras terminaba de realizar su tanda habitual de ejercicios matutinos, fiel a aquella rutina que le ayudaba a crearse una serie de seguridades y convicciones aún cuando había sido despojado de todo cuanto alguna vez había tenido.

Mientras tanto, la radio hacía sonar la rota voz de Lynnot desgranando poco a poco las notas de una vieja canción popular que le traía los recuerdos de una infancia y una adolescencia ya remota pasada en su vieja y querida Irlanda. ¿Hacía cuánto tiempo que había dejado de verla?

Cuando la proyección de los rayos de sol que pasaban a través de su ventana, su particular y rudimentario reloj, alcanzó el marco de la puerta, Paul dio por terminada como cada mañana su sesión de gimnasia y, secándose con la pequeña toalla que tenía a su disposición, se acercó hasta el ventanuco enrejado de su celda para contemplar el verde paisaje de la campiña inglesa, que se extendía más allá de la fría alambrada, más allá de los despiadados guardias que las custodiaban y más allá de los otros reclusos, los ingleses, que lo despreciaban como un paria.

Aquellos verdes prados, en los que aún comenzaban a brotar las flores, eran para él sinónimo de libertad, como todo lo que había más allá del perímetro de la prisión; y sobre ellos, el cielo azul e inmenso, moteado por alguna que otra blanca y radiante nube, suave y esponjosa como algodón, que tomaba la forma de animales, personas, cosas…

Aquella inmensidad celeste le sirvió como vehículo privilegiado para, al menos con la imaginación, podre visitar, una vez más, su amada isla. Llevado por su fantasía volvió a corretear y jugar en los patios de su infancia, en Belfast, paseó de nuevo por el Dublín de Beckett y Joyce y vio romper las olas una vez más frente a los muelles de Cork mientras en el ambiente flotaba el olor a whisky y a cerveza conjurado por la música que procedía del aparato de radio.

Aquel ejercicio fantástico, que practicaba cada vez con más frecuencia, era lo único que le permitía escapar de aquel aislamiento en parte voluntario en parte no y olvidarse de la penosa situación en la que pasaba su vida por algo que no había cometido. No, no podía negar que, durante su estancia en Londres, había coqueteado con las ideas que impulsaban la guerra que devastaba su amada tierra, que había soñado, y seguía haciéndolo, con una independencia total para toda Irlanda, con una isla libre del yugo de la Gran Bretaña, pero ya cuando había explotado aquella bomba en el Guilford Pub había manifestado su repulsa por todo aquello.

Aún así, había sido capturado, como si fuera un zorro de aquellos que gustan de cazar los grandes nobles de Inglaterra, por un detective presionado por sus superiores y una oficina ávida de ganar prestigio rápidamente.

¿Creía en la República de Irlanda? ¿En la independencia para el Norte? Claro que sí. Eso era algo que había aprendido y proclamado desde pequeñito en Belfast. ¿Era eso pecado? ¿Delito? Al parecer, aún a pesar de la libertad de credo y de pensamiento, sí lo era. Al menos aquello había decidido un juez injusto, presionado por los lobbies británicos que consideraban a aquellos melenudos escoria católica irlandesa, un peligro para la sociedad, terroristas por nacimiento.

Todavía entonces, cuando ya había pasado más de una década tras aquellos barrotes, cuando ya había dicho adiós a una juventud ignorada y olvidada, seguía sobresaltándosele el corazón cuando en las noches de insomnio o en sus peores pesadillas volvía a recordar las acusaciones que había proclamado a gritos el fiscal, los testimonios falaces de los detectives y, sobre todo, la sentencia del juez. “Por la crueldad de sus crímenes, la mayor de entre todos sus compañeros”, había dicho, “queda condenado a cadena perpetua sin posibilidad de salir en libertad.” Con esas palabras se le había caído el mundo encima.

Lo que vino después era ya historia. Daba igual que todos ellos fueran inocentes y daba igual que se pudiera demostrar su no culpabilidad de forma fehaciente. Daba igual que hubieran apresado poco después a los verdaderos artífices del atentado. Poco importaba. Tanto él como los muchos irlandeses presentes en el juicio salieron de la sala, bien hacia la prisión, bien hacia una libertad un tanto denostada con aquella sentencia, con la misma sensación: habían sido condenados por ser irlandeses. Ni más ni menos.

Como no podía ser de otra forma, aquella injusticia colaboró a que muchos se radicalizaran y a que, con ello, el conflicto se agravase. Por lo poco que había oído, incluso su gran amigo Gerry, condenado con él aunque encarcelado a bastantes millas de su penal, había caído en las macabras redes de la violencia que tanto habían detestado antes de entrar en la cárcel.

¿Cómo podían sostenerse aquellas posiciones? ¿Acaso los violentos no veían que las armas no eran el camino? Sí, parecía que los medios diplomáticos eran inútiles, o, casi sería mejor expresarlo así, demasiado lentos de acuerdo a las pretensiones de los independentistas; pero aún a pesar de su escasa formación Paul había entendido con el paso de los años que aquel sueño de libertad, autodeterminación, independencia por el que luchaban no era para su generación si no para las siguientes.

El viaje por su imaginación y su memoria desembocó de nuevo en aquella celda, no muy cómoda pero, al menos, mejor que aquella en la que había pasado sus primeros años en la cárcel. Su longevidad como presidiario y la mejoría del trato con los ingleses le había hecho gozar de algún privilegio en la prisión como una celda más amplia y salir del aislamiento que había sido impuesto como parte de la condena, pero aquello sólo atenuaba su situación sin remediarla del todo.

Con paso lento y distraído, movido por los sentimientos que acababa de evocar, se dirigió al pequeño escritorio y de allí sacó un sobre ajado por el paso del tiempo que contenía fotos en blanco y negro y en sepia de todo su pasado: allí estaban sus padres, Gerry, Annie, Paddy, el señor Conlon, las calles de Belfast, de Londres… Toda su vida se hallaba contenida en aquellas fotografías y aquel era su único vínculo con el pasado, ahora que las visitas habían pasado a ser cada vez más esporádicas.

Sólo de vez en cuando, un nuevo recluso recién llegado a la prisión o algún abogado que pasaba para comentar con él la enésima apelación a su condena le traían noticias de lo que pasaba fuera. Por ellos, sabía que el viejo Giuseppe Conlon había tratado por todos los medios de que la causa saliera adelante hasta que la muerte lo había llevado consigo después de una larga y angustiosa agonía que, por lo menos, había hecho que Gerry, su hijo y el íntimo amigo de Paul, abandonase las esferas más radicales y violentas del IRA en las que estaba envuelto, aún dentro de la cárcel y tomara su testigo.

Por ellos sabía también de la puesta en libertad de muchos de sus compañeros y vecinos que, con él, habían sido condenados a pasar al menos un lustro en prisión, a perder parte de sus vidas y quedar marcados para siempre como terroristas sanguinarios indignos de cualquier misericordia.

Conocía también la evolución del proceso que había derivado en una guerra encubierta entre el IRA e Inglaterra y los tímidos procesos de paz de corte principalmente electoralista que nunca o casi nunca terminaban de concretarse en medidas reales y efectivas.

Pero todas aquellas noticias se quedaban en eso, en noticias. Simples y llanas referencias a una realidad que para él se quedaba en la propia imaginación, sin oportunidad de entenderla en profundidad por no alcanzar a vivirla y experimentarla en su propia carne. Para él “realidad” era algo que no existía más allá de la alambrada.

Sin embargo, aquella mañana, en una de esas visitas, todo cambió. Mientras aún miraba las fotos embobado, recordando su pasado y reflexionando sobre lo ocurrido, alguien le llamó al otro lado de la puerta. Contestó según el protocolo mientras volvía a guardar los retratos en el sobre, que dejaría encima de la mesa y el guardia abrió el pequeño ventanuco en la puerta de acero para comprobar que todo estaba en orden. Una vez cumplido el ritual habitual, el portón se abrió para dejar paso al que, suponía, sería su abogado, solo que esta vez se trataba de una mujer, algo novedoso para él.

Habían aparecido pruebas que demostraban toda la manipulación durante el juicio que les había enviado a Gerry, Annie, Paddy y él a la cárcel hasta el fin de sus días. Si todo iba bien y la corrupción y la discriminación no se volvían a interponer en su camino pronto podrían respirar de nuevo el aire de su Irlanda natal.

En su interior, Paul se sobresaltó. En quince años de cautiverio, aquella había sido la mejor noticia que había recibido. Por fin podría volver a sentirse libre, volver a vivir la verdadera realidad, a la que pertenecían las verdes campiñas, el cielo azul por el que volaba imaginariamente todos los días, al que pertenecían Belfast, Cork, Dublín…

Con el corazón palpitando hasta salírsele del pecho, se despidió de la abogada, que al parecer trabajaba codo a codo con Gerry, hasta el día del juicio a excepción de que hubiera alguna novedad importante, en cuyo caso el encuentro se adelantaría.

Pero la ilusión se desvaneció poco tiempo después de que la puerta volviera a cerrarse dejándole de nuevo solo en la celda. Había pasado quince años entre rejas, un tercio de su vida en prisión. Había sido marcado para siempre, aunque la sentencia lo absolviera, como aquel que fue encarcelado por terrorista…

¿Conseguiría recuperar su vida? ¿Conseguiría construir una como si aquello no hubiera pasado? No. Era imposible. Él era Paul Hill, un hombre que había pasado quince años en prisión por un delito brutal que no había cometido y eso no podía borrarlo ninguna absolución tardía, sobre todo para el viejo Giusseppe o los que ya habían cumplido sus penas.

Aquel hombre que había construido toda su vida entre rejas debía abandonarlas al fin y aprender de nuevo a vivir en las calles de una Irlanda que distaba mucho de aquella con la que soñaba despierto. Aquellas pequeñas seguridades que habían ido adquiriendo a base de esfuerzo comenzaban a desmoronarse. ¿Sería capaz de hacerlo?

Lo intentaría. Aunque muriese en el camino.


Crónicas Extrañas

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La luz aún no alcanzaba a iluminar los bosques que circundaban el Mar de la Luna cuando el pequeño Gineth, un piesligeros, ladronzuelo de profesión, procedente de Lurien, escuchó un misterioso ruido.

Maldiciendo los caprichos del dios que había decidido enviarle un sobresalto tal ya finalizando su turno de guardia, se levantó reticente y temeroso para observar qué estaba pasando. Su cautela se debía, primordialmente, a la experiencia, ya que conocía muy bien que aquella mano divina era propensa a convocar animales y monstruos de toda clase que les molestaran a horas intempestivas. Bajo su mirada, ni siquiera en una posada de las más lujosas estaban completamente a salvo.

Como decía, que pierdo el hilo del discurso, Gineth se levantó y se encaminó en la dirección en la que había escuchado el sonido. Pronto, como aparecidos de la nada, un pequeño grupo de orcos, unos cuatro, le rodeó.

– ¡No podíamos alojarnos en Zhentia! – bramó mirando hacia alguien imaginario situado a su izquierda. – ¡Tenía que estar cerrada justo hoy que pasábamos!

– No protestes y actúa – suspiró una voz procedente de ninguna parte.

– ¡¿Ke zer heza bos?! – gruñó uno de los orcos en un rudimentario común.

Pasaron unos minutos hasta que decidió que huir no era una opción y que tenía que enfrentarse a los orcos. Pero mejor lo hacía a solas, así tenía más oportunidades de cumplir el objetivo que se había marcado al enfundarse nuevamente sus vestiduras: subir de nivel antes de regresar a casa.

Tardó aún más en decidirse qué hacer. No quería meter la pata como aquella vez que había regalado sus pertenencias a un forajido sin darse cuenta o cuando había cargado contra un enorme oso

– ¡Gineth, despierta! – tronó otra vez la voz. – ¡Llevas cinco minutos en la inopia!

– ¡Zer la bos de loz diozez!

– Vaya mierda de idioma le has puesto a los bichos estos – comentó un pequeño ilusionista gnómico que parecía que pasara por allí.

Pero casi no le dio tiempo a concluir su frase, una espada bastarda había rebanado la cabeza de uno de los orcos sin miramientos. Al otro extremo del arma, sujetando con desdén su empuñadura, un bárbaro vestido con poco más que un taparrabos, miraba aburrido al cadáver mientras en la otra mano sujetaba el gofre que había embadurnado de chocolate el perímetro de su boca.

– Mira que eres lento – le dijo. – Me ha dado tiempo a ir a la de los gofres y volver.

– ¡Aparta eso, Ogr! – protestó el gnomo. – ¿No ves que gotea?

Mienrtas tanto, Gineth lloriqueaba agachado en cuclillas por no poder disfrutar de una subida de nivel tan ansiada. Aquello le impidió observar la curiosa escena en la cual un pequeñísimo gnomo (pequeño incluso para los de su raza) era capaz de propinar una sonora colleja al enorme semiorco.

– ¡Mierda, Zoltar, que me vas a tirar todo! – protestó el bárbaro.

– ¿Estamos a lo que estamos? – intervino nuevamente la voz celeste.

La respuesta inmediata fue una bola de fuego que impactó de lleno en uno de los orcos, provocándole graves heridas pero sin llegar a matarle definitivamente… algo que se “arregló” cuando Ogr, a grito de “¡Golpe de gracia!” puso fin a su vida de una certera estocada.

– Perdón, había ido al baño – se disculpó el hechicero.

– Pues ya iba siendo hora de que volvieses, mamón.

– Allá va mi subida de nivel – seguía lloriqueando el pícaro.

– No te quejes… – suspiró exasperada la voz que procedía de ninguna parte.

– No me quejo sólo…

– ¡Actúa! – le gritaron todos, incluidos los orcos, que parecían ya cansados de su pereza.

– Está bien… – musitó Gineth antes de, con una pirueta, situarse detrás de un orco, dispuesto a acuchillarle.

Pero casi nada más estabilizarse, una flecha pasó rozando su oreja, aunque sin llegar a producirle ningún rasguño, o quizás era el virote de una ballesta… El caso es que al final no le había pasado nada, aunque había perdido su oportunidad de asestarle un golpe casi definitivo al orco.

– ¡¿Quién?!

– Esto… – se rascaba la cabeza Adrien, un bardo de su misma raza.

– ¡Me cago en tus muertos!

Iba a contestarle el otro mediano cuando un grito de Ogr, el bárbaro, hizo que se llevaran las manos a los oídos. Sus ojos, inyectados en sangre, contrastaban con las graciosas motas de chocolate líquido que rodeaban su boca y salpicaban la pelusa que hacía las veces de barba.

La espada bastarda del semiorco se bamboleó de nuevo y por su camino se llevó las cabezas de los dos orcos restantes entre chorretones y chorretones de sangre… o al menos eso decía un misterioso narrador que se ocultaba en algún sitio cuya razón no llegaba a alcanzar.

– ¡Joder! – se quejó Adrien. – ¡Eres un bestia!

– ¡Ten más cuidado!

– A la próxima os dais más prisa – les increpó.

– Venga, chicos, calma… – sonó de nuevo el hombre invisible.

– ¡Poyas! – seguía quejándose Gineth. – ¡Me ha hecho 4 puntos de daño! ¡Mi compañero!

– Puto semiorco…

– ¡Oye! – se defendió el aludido.

– Venga ya está… – insistía la voz.

– Chicos – anunció Zoltar, llamando a todos a la calma. – Yo piro que tengo entrenamiento de basket. ¿Nos vemos mañana?

– Creo que mañana voy a pasar… – resopló Gineth. – Sólo tengo una práctica y paso de hacerla. Ya la hago en casa.

– Haces bien – apuntó el gnomo. – En fin, eso…

– Espera, ya pillo el bus contigo – se ofreció el ladronzuelo piesligeros.

Juntos, se separaron del grupo y atravesaron una pequeña barrera de árboles. Al otro lado, el bullicio de una cafetería inundaba sus oídos mientras pagaban las consumiciones que debían. Casi una hora después, Gineth, en su casa, había encendido la televisión y planeaba qué hacer aquella noche.


Noche de Luna

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El humo del cigarrillo trepaba inquieto por el aire mientras Casey, un joven de unos veintitantos, de melena tupida y barba cuidada, enfundado en un peculiar traje de cuero, observaba la luna. La oronda figura de la luna llena nunca había supuesto un buen presagio para él y para los de su clase.

El esplendor de la luna era el símbolo de una lucha irracional, encarnizada y eterna que se venía repitiendo desde los orígenes del universo y que no acabaría hasta el final de los días. Y siempre lejos de los ojos de los simples mortales: demasiado estúpidos para entenderlo, demasiado frágiles para soportarlo.

A su alrededor, los rascacielos, particulares árboles de aquella jungla urbana, más parecida a una cárcel que a un verdadero hogar, apenas le dejaban verla. Pero sabía que estaba ahí y que depositaba sobre toda la creación su mirada soberbia, prepotente, amenazante en forma de luz plateada.

Comprendía a los hombres que se sentían fascinados por el lucero. Estéticamente, una noche de luna, escoltada por las siempre fieles estrellas, era un espectáculo digno de ver. Pero no comprendían lo que significaba.

La luna era el faro de las despiadadas criaturas de la noche, entre las que se contaban, muy a su pesar, los hermanos de Casey: los vampiros, engendros de la naturaleza cuya moralidad estaba lejos de poderse considerar como tal. Despiadados asesinos, mezquinos megalómanos… todo tenía cabida entre aquellos demonios. Absolutamente todo.

Sentado, casi en posición fetal, con las rodillas recogidas sobre su pecho, observó cómo la lluvia caía sobre la calle mientas él permanecía a cubierto, en la seguridad de aquel apartamento. Siempre le había gustado aquella sensación. Escuchar el suave repiquetear de las gotas sobre el cristal le daba paz. Y precisamente era eso lo que necesitaba en ese instante.

Paz. Tranquilidad. Calma. Así se distraería de lo que estaba a punto de suceder. Lo sentía. Podía olerlo y, realmente, le extrañaba que hubiera tardado tanto. Un vampiro solitario, renegado, era una presa más que fácil para aquellos monstruos desalmados cuyo apetito de destrucción rivalizaba sin duda con el de los Señores de la Noche.

Un gruñido, muy leve, pero incapaz de escapar al finísimo oído de Casey, lo previno. Se había acabado aquel momento de paz. Inmediatamente se puso en pie y empuño sus armas: dos semiautomáticas con munición hecha de plata. Con un movimiento imperceptible les quitó el seguro, se sacó el cigarrillo de la boca y lo apagó contra el suelo de la sala.

Había una cosa que tenía clara esa noche: aquella era una batalla suicida. Pero daba igual cuantos fueran los rivales. Si había de morir, estaba convencido de que se llevaría por delante a todas las bestias que sus fuerzas le permitieran. Aquello era lo que se había jurado a sí mismo cuando había abandonado, años atrás, la disciplina de su clan.

Desde entonces, había tenido que huir. Primero, de su familia; luego, de sus enemigos naturales; y, finalmente, de sí mismo, de la bestia salvaje de la que siempre había huido y en la que el puro instinto de supervivencia y la soledad le habían convertido.
Pero desde hacía varios meses que había decidido plantarle cara a su destino. Se había levantado y había decidido nunca más huir. Sabía que si no hacía algo aquello nunca acabaría, aunque era consciente de que la lucha tampoco pondría fin a su sufrimiento. Pero si podía hacer algo para aliviar el de los demás, estaba dispuesto a ir hasta el fin del mundo. Tenía un objetivo. Y eso era mejor que huir.

Devolvió por un instante las armas a sus fundas para echarse a su espalda, las correas que sostenían sus dos espadas, sus dos más fieles compañeras, dispuestas ya para el combate. Se arrepintió de no haber hecho aquello antes, pero no había tiempo para lamentaciones.

Estiró su cuello, primero hacia la izquierda y luego hacia la derecha, dando pequeños saltitos, como suelen hacer los boxeadores. No sabía por qué, pero aquello lo relajaba cuando estaba a punto de entrar en combate. Luego, con premura aunque sin hacer ningún movimiento brusco, llevó sus manos a las cartucheras y empuñó de nuevo sus semiautomáticas.

Los atacantes debían saber, de alguna forma, que los estaba esperando o que no podían superar el fino oído de un guerrero entrenado como Casey y habían dejado todo sigilo para otro momento. Se había asegurado de que la habitación sólo tuviera una entrada, aparte de la ventana, y sabía que no entrarían desde la calle.

Con un estallido, la puerta se hizo mil pedazos ante el impacto de una de las sucias garras de los agresores y, aún a pesar del polvillo, el joven fue capaz de distinguir dos de las monstruosas figuras de sus agresores.

Caminaban erguidos, como hombres, pero iban prácticamente desnudos, protegidos del frío nocturno por una tupida mata de pelo que cubría casi por entero sus cuerpos. El bipedismo y una mezquina racionalidad eran los únicos testigos de que parte de la naturaleza de aquellos monstruos de aspecto fiero y que parecían comportarse como perros rabiosos seguía siendo aún humana.

Inmediatamente, el vampiro disparó. Un tiro en la frente y otro en el corazón dieron buena cuenta del que se acercaba por su derecha, pero el otro dio un imponente salto y, aferrado a una lámpara del techo, se lanzó hacia él esquivando ágilmente las balas.

Con un enemigo tan próximo, Casey no podía usar con soltura sus pistolas así que las devolvió con un casi imperceptible movimiento a sus cartucheras, situadas en la parte posterior de su espalda, en el centro de la cruz impía que formaban su cinturón y su columna vertebral.

En el mismo movimiento, desenfundó sus espadas y las blandió contra el monstruo. A diferencia de muchos otros usuarios del mismo arte de la esgrima doble, el joven vampiro prefería llevar las espaldas a su espalda apuntando hacia el suelo. Aunque a veces resultaba más incómodo, le permitía acelerar el cambio de arma en momentos como aquel.

El lobo se abalanzó sobre él tratando de apresar su cuello entre sus garras cuando apenas habían salido las hojas de sus fundas. El muchacho se lanzó al suelo y rodó, pero una garra se intentó interponer en su camino. Fue lo suficientemente rápido como para esquivarla, invirtiendo la dirección de su giro, pero no consiguió evitar que le produjera una fuerte herida en su brazo derecho.

Se puso en pie y miró con descaro a la bestia. Una sonrisa entre mezquina e irónica se dibujó en sus labios al ver que otros dos más se habían unido a la cacería. Sería un buen ejercicio, pensó, tratando de no pensar en las muchas posibilidades que tendría de acabar aquel encuentro en su propia muerte.

No quiso esperar a que ellos atacaran primero. Le divertía llevar la iniciativa, aunque en su interior se decía que odiaba luchar. Con su brazo derecho lanzó una estocada baja, directa a la cintura del que le había atacado. Movido por su instinto aquel medio animal echó hacia atrás su cintura, inclinando ligeramente su torso hacia delante sin prever que esa era precisamente la intención del espadachín hasta que fue demasiado tarde.

El animal perdió un brazo cuando la espada que portaba Casey en su mano izquierda descendió sobre su hombro. Tuvo suerte, la intención del vampiro era otra, pero los reflejos animales le permitieron salvar la vida. Al menos de momento, pues la herida era importante y sangraba profusamente.

El olor y la visión de la sangre, el aullido estremecedor del licántropo herido, la sensación de la batalla y el peligro que corría su vida, el instinto de supervivencia, se aliaron para despertar a la bestia que dormía dentro del interior del joven. Su mirada se volvió fría como el hielo y la sonrisa que se dibujaba en su cara le daba un cariz siniestro a su expresión mientras las dos espadas danzaban en el aire recuperando una posición de guardia.

Sus dos compañeros no se pararon a esperar a que el segundo de los monstruos cayera derrotado y se abalanzaron sobre Casey por ambos flancos. Incapaz de detenerlos con las espadas, dio un poderoso salto y ambos lobos chocaron entre sí, confundiendo sus intenciones por un solo instante, el tiempo justo para que el vampiro aterrizara sobre la espalda de uno y, con un movimiento rápido, quebrara su robusto cuello.

Para asegurarse de que no volviera a darle problemas, le cortó la cabeza prolongando con la espada el movimiento que le había llevado al suelo. Ya sólo quedaba uno en plenas condiciones y el espadachín, que seguía aún en el pequeño resquicio de conciencia que le había dejado el cazador, así llamaba a la bestia que dormía en su interior, se dijo que tenía suerte.

Sin embargo, todo el que ha luchado ante los hombres lobo alguna vez sabe que no se puede subestimar su poder de curación. Entretenido como estaba en zafarse de la ofensiva conjunta de los otros dos monstruos, había descuidado la retaguardia, hecho que había aprovechado el ahora manco para agarrarle por el cuello.

Con su objetivo a su merced, el cuarto de los lobos se abalanzó sobre el pequeño y enclenque cuerpo del vampiro. Pero afortunadamente, el que le apresaba sólo tenía un brazo, aún a pesar de que su herida había cicatrizado, y la presa no era tan fuerte como hubiera preferido.

Hizo fuerza con sus dos pies en el suelo y dio un pequeño salto que le permitió patear el morro del que estaba cargando. En su movimiento de caída, se inclinó hacia delante y lanzó por encima de su cuerpo al que lo había apresado. Recogió las espadas del suelo, que se le habían caído durante la presa, y volvió a la carga.

Corrió hacia uno de los dos monstruos restantes y, a escasos centímetros de que sus espadas entraran en contacto con la piel peluda del licántropo, se zambulló, colándose por debajo de sus piernas y cortándole los tendones de la parte trasera de sus rodillas, obligándole a postrarse hacia él.

Incapacitado para andar, aquel no sería un problema en aquel momento, pero no podía dejar que se recuperara así que se puso en pie de inmediato y le cortó la cabeza. Ahora sí que sólo quedaba uno… y estaba manco.

Lentamente, con una mirada demoníaca y una sonrisa maquiavélica que dejaba ver sus hiperdesarrollados colmillos con total claridad, se acercó hacia el último de sus agresores. Las espadas iban bajas y echaba el pecho hacia delante, como un torero delante del toro, como queriendo provocar los instintos del animal, pero éste era consciente de su inferioridad.

Intentó huir hacia la puerta, pero Casey, con parsimonia, le cortó el paso. Entonces, el lobo dio un brusco cambio de dirección hacia la ventana, algo que el vampiro ya había previsto. Soltó su espada y empuñó de nuevo una de sus semiautomáticas. Le disparó a la nuca y a la espalda, en el lugar donde se encontraba el corazón.

Un aullido ahogado fue la única reacción de la bestia, que cayó con todo su peso sobre el suelo y, entre estertores que hubieran asustado a cualquiera de aquellos cobardes e ignorantes humanos, expulsó su último aliento. Todo había acabado, al menos por ahora.

Minutos después, pasado el peligro, el cazador regresó a su estado de letargo. Limpiando sus armas de la fétida sangre de los licántropos, mientras veía como sus heridas se curaban poco a poco, dispuestas a no permitir que muriera, Casey maldijo mil y una veces más la vida eterna y se preparó para sobrevivir hasta, al menos, la próxima luna llena.


Un hogar en las estrellas

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Blanca, brillante. El halo de luz que proyectaba la luna hacía que todo lo que la rodeaba resplandeciese bajo el influjo de aquellos rayos argénteos, como si hubieran sido bañados de plata por algún ángel, como si el mundo, la naturaleza se hubiera puesto de gala para la ocasión.

Viendo aquello, en una noche como aquella, una de esas frías noches de invierno en las que salir fuera del calor de una vivienda supone armarse de valor y pertrecharse para poder resistir las bajas temperaturas, casi no pudo evitar recordar todo lo que había quedado atrás, todo lo que había pasado en los últimos días, semanas, meses, años…

Como si en realidad estuviera persiguiendo un pedazo escurridizo de su memoria, su mirada persiguió las caprichosas volutas de humo que partían de las brasas, a punto de apagarse, del fuego que alumbraba y daba calor al campamento y trepaban en la oscuridad, iluminadas sólo por la luz de la luna y de las farolas. Y, mientras se ocupaba en seguir los caprichosos movimientos de la humareda y reavivar las llamas para evitar morir congelado antes de alcanzar su meta, su vista se elevó hasta el cielo, hasta las estrellas.

El firmamento nocturno se le antojó más misterioso que cualquiera de las otras noches que se había tumbado a contemplar el cielo. Por encima de los tejados de las casas, de los árboles, le pareció más inmenso, más sobrecogedor, más asombroso, más hermoso que nunca.

Y de entre todo aquel maravilloso espectáculo no fue la inmensa luna llena que iluminaba todo el cielo y bañaba con su luz las copas de los árboles al otro lado del pueblo. No. Fueron aquellos pequeños guiños plateados, minúsculos luceros, las estrellas.

Recordó la primera vez que las había visto. Ya entonces, a pesar de la situación, le habían cautivado. Aquellas pequeñas lucecitas blancas, titilantes, que parecían vigilar imperturbables la evolución de los pueblos de la superficie

Ya entonces había supuesto que las estrellas eran un continuo objeto de deseo para aquellos que las contemplaban y él mismo había experimentado alguna vez la necesidad de trepar a cogerlas.

Las estrellas…

Recordó con nostalgia aquellas palabras de Montolio en el huerto de Maldobar y supo, como entonces, que la frase del viejo vigilante estaba cargada de razón. No valía la pena sólo sobrevivir. “Es mejor,” decía el viejo y Drizzt se sonrió al acordarse del gracioso movimiento que el mostacho plateado de su mentor hacía cuando hablaba, “tratar de coger las estrellas que no hacerlo porque sabes que no puedes alcanzarlas. Al menos quien trepa disfrutará de una magnífica vista, y quizás incluso se haga con una manzana colgada de la rama en recompensa por sus esfuerzos.”

¿Cuánto tiempo había perdido escapando, huyendo de su destino? Recordó el tiempo que había pasado vagando por las profundidades de la Antípoda Oscura, o por las montañas de Maldobar, con la única compañía de Guenhwyvar, convencido de que la soledad era el destino que merecía alguien de su raza.

Quizás nostálgico, quizás como señal de agradecimiento, se llevó la mano al bolsillo y acarició la estatuilla de ónice como si estuviera acariciando la cabezota de su más vieja y leal amiga y se recostó sobre la gran raíz que le servía de asiento.

La luz de las estrellas, las palabras de Montolio, habían traído demasiados recuerdos a su mente. Indudablemente ya no era el mismo elfo oscuro que un día había decidido que su lugar estaba bajo la luz del sol y las estrellas, pero no pudo evitar mirar atrás y hacer balance.

Zak, Zaknafein Do’Urden, su padre, amigo y primer maestro, el hombre que le había enseñado a blandir las cimitarras, compañeras tan leales como Guenhwyvar, y su horrible muerte fueron lo primero que se le vino a la cabeza. Y aunque era un capítulo cerrado y superado, no pudo evitar estremecerse y sonreír al recordar su último encuentro.

Cómo hubiese disfrutado con él en la superficie, lejos de las mezquindades, la maldad, la traición, los engaños y la hipocresía que reinaban en su patria. Se los imaginaba combatiendo juntos, riendo juntos… y no pudo evitar un suspiro cargado de nostalgia y melancolía.

Otros muchos habían quedado atrás. Clak, Belwar, Montolio… pero también habían quedado atrás las mezquindades de su madre y sus hermanos, de la oscura Menzoberranzan y los instintos salvajes de aquel cazador sediento de sangre y de supervivencia que le habían dominado durante la década que había pasado a oscuras, vagando por los túneles, antes de recuperar la cordura en la ciudad de los svirfneblins junto a su querido y añorado capataz.

“¡Magga cammara, elfo oscuro!” hubiera exclamado el viejo capataz si contemplara aquella belleza. Estaba seguro de que Belwar, el que había sido su amigo y salvador nunca comprendería aquella sensación. Al fin y al cabo, él no necesitaba más que sus vetas, sus rocas para ser feliz. Nunca entendería lo que uno siente ante la inmensidad del firmamento abierto sobre su cabeza en una noche clara… Se volvería loco más allá de las rocas.

– Magga cammara – susurró entonces Drizzt, con una sonrisa, imitando la voz ronca de su amigo. – Por las piedras…

Definitivamente, borrar su pasado, sus errores, comenzar de nuevo, recuperar a los amigos que ya se habían marchado, las vidas inocentes que se habían perdido por su culpa, librar a la gente de los sufrimientos, no haber nacido como un elfo oscuro… era tan inalcanzable como la más cercana de aquellas estrellas… pero quizás al menos sus esfuerzos por restituir, por cambiar, por hacer comprender a la gente de la superficie que él no era como sus hermanos tendrían su fruto.

Consolado por aquella esperanza, reanudó el camino cuando se sintió más descansado. Delante de él se extendía la inmensa llanura del Valle del Viento Helado, las Diez ciudades. Los frailes le habían dicho que era el lugar de los renegados, el hogar de aquellos que no tenían uno. Sólo deseaba que aquello fuera verdad y que “hogar” no fuera allí también el nombre de otra estrella.
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Notapor rido el Jue Dic 25, 2008 11:48 pm

Guardián

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– ¡Mi Capitán!

El pequeño hombrecillo se le acercó a toda velocidad y comenzó a corretear nerviosamente a su alrededor. Él lo persiguió con la mirada mientras repetía una y otra vez su título. Parecía entusiasmado… o quizás lo que le llevaba a actuar de aquella manera era una cierta alarma. Lo cierto es que, a pesar del aislamiento en que se había sumido los últimos días, no se le había escapado el cierto revuelo que se había levantado en las horas inmediatamente anteriores a aquel momento.

Era tal la excitación del emisario, que él apenas pudo contar las veces que le rodeó antes de pararse e inclinarse sobre sus rodillas para recuperar el aliento. Luego levantó la cabeza y le miró con esa sonrisa infantil que caracterizaba a todos los de su clase.

– ¡Mi Capitán! ¡Mi Capitán! – repitió tan rápido que parecía una sola palabra.

– Calma, calma, Quenael – le sonrió su superior, tratando de reforzar aquella petición de tranquilidad con su expresión serena y relajada, aunque cierta inquietud se filtraba a través de su rostro. – ¿Qué es lo que ocurre?

– ¡Nuestro Señor…! – resopló el jovenzuelo, mientras seguía tratando de recuperarse de la carrera. – Nuestro Señor os llama a su presencia.

– ¿Nuestro Señor?

¡Le llamaba! ¡Qué maravilla tan extraordinaria! ¡La luz sobre toda Luz! ¡El bien sobre todo Bien! ¡El Nombre sobre todo nombre! ¡Le llamaba! ¡A él! ¡A él, que no era nadie! ¡Qué dicha tan grande! ¡Qué gozo!

Hasta entonces, sólo su hermano mayor, Luzbel, había gozado de tal privilegio. Una gracia que le había llevado a quedar impregnado de su Gloria y le había convertido en el más hermoso de entre sus iguales. Aquello le había llenado a él de envidia, y por eso se había aislado en los últimos días, con la intención de explorar su corazón y vencer aquel terrible sentimiento.

La urgencia y el nerviosismo se apoderaron de él mientras se dirigía al Salón del Trono. Allí se encontraban ya sus seis hermanos menores, todos igual de excitados que él por lo que estaba ocurriendo en aquel momento. ¡Iban a verlo! ¡Cara a cara! Sólo faltaba su hermano mayor, pero no tenía ninguna duda: Luzbel estaría también allí.

Cuando el Soberano de Todo apareció, apenas pudieron sostenerle la mirada los pocos segundos necesarios para comprender que todo lo que se pudiera decir de su magnífica Belleza sería injustamente insuficiente, pues todo era nada al lado de tal esplendor. Avergonzado por descubrir semejante hermosura, hincó la rodilla en la tierra y clavó su mirada en el suelo, apartándola de la Faz de su Señor.

– No temáis – dijo la Voz en aquel tono amable que le caracterizaba. – Levantaos, no temáis. No tengáis miedo de mirarme.

Sin saber qué hacer o qué decir, aún invadido del profundo temor que le producía enfrentarse de nuevo a aquella arrebatadora belleza, se levantó, obedeciendo aquel irresistible mandato. Sus hermanos hicieron lo mismo y ahora los siete contemplaban abrumados y extasiados el resplandor que emanaba el Rostro de su Rey.

Contemplar semejante belleza lo maravillaba, pero su mente pronto viajó hacia el terreno de las preocupaciones. Paseó la vista por la estancia buscando un signo que lo tranquilizara, pero su búsqueda no tuvo resultado. Su hermano mayor, a quien amaba aún más de lo que lo envidiaba, aún no había aparecido. ¿Le habría parecido algo? ¿Qué le había ocurrido a Luzbel para no estar aún allí, él, que siempre había sido el lugarteniente de su Majestad, su mano derecha?

– ¿Qué sucede, Miguel? – preguntó la Voz, adivinando su turbación. –¿Qué te inquieta?

Sabía que no haría falta responder a aquel interrogante. Él lo sabía todo, pero aún así le había preguntado. Quizás lo que buscaba era que él compartiera sus preocupaciones con sus hermanos, quienes ahora lo miraban consternados, como si no entendieran que podía haber privado a Miguel del goce de la presencia ante el Altísimo.

– ¿Qué... Qué le ha ocurrido a Luzbel? – preguntó vacilante, aunque a medida que hablaba iba cogiendo más confianza. – ¿Dónde está? ¿Por qué… por qué no ha llegado todavía?

– Luzbel no va a venir – confesó la Voz.

¡Algo inconcebible! Un velo de tristeza se había tendido sobre sus palabras. ¡Sus palabras! ¡Las de la Alegría sobre todas las alegrías! ¿Cómo era eso posible? ¿Qué le había sucedido a Luzbel, el primero y el más bello de entre todos los Príncipes, para que el mismísimo Señor en persona se hubiera entristecido tanto?

– Luzbel ha decidido seguir su propio camino – explicó. – Su soberbia y su sed de poder le ha cegado… se ha ido.

– ¡¿Qué?!

El grito de los siete hermanos, los Príncipes de entre los que eran llamados hijos de Dios, los Capitanes de todos los Coros, hizo que las paredes del gran Salón se estremecieran. Los pocos subordinados que aún permanecían en la sala se sobresaltaron, asustadísimos, y trataron de alcanzar a la carrera las puertas, pero el magnetismo de la Eterna Sonrisa les detuvo y contribuyó a calmarlos un poco.

– Ha decidido enfrentarse a mí – continuó, con aquel desconcertante tono melancólico aún presente en su voz. – No hay nada que me duela más…

– P… pe… pero… Pero, Padre…

– Tranquilo, Uriel – le detuvo. – Comprendo tu dolor y tu indignación pero…

– ¿Por qué no lo detuvisteis, entonces?

– ¿Detenerlo? – sonrió. – ¿Aún no me conoces, Rafael? Él es libre, igual que tú. Él decidió marcharse y yo no debo impedirlo…

– ¿Quién más se ha ido?

– Asmodeo, Astaroth, la Legión… – enumeró Él, sin demostrar demasiado interés en acusar a los disidentes. – Todos los que estaban con él.

– ¿Todos?

– Todos – confirmó.

La noticia cayó como un jarro de agua fría sobre todos los presentes. Entre los que habían seguido a Luzbel había varios de los más sobresalientes de sus subordinados. ¿Su admiración por el primero de los Príncipes les había cegado o es que entre sus motivos se escondían razones parecidas a las de su nuevo amo?

Pesaba especialmente sobre Miguel, a quien su mayoría en edad le concedería a partir de entonces la primacía entre sus hermanos, una responsabilidad que no sabía si estaba capacitado para aceptar en aquel momento en el que aún dudaba de sus propios sentimientos y en el que sus pensamientos acerca de la traición de su hermano mayor aún eran demasiado confusos. ¿Estaba realmente preparado para asumir lo que se esperaba de Él?

– Podéis marchar – anunció la Voz. – Anunciad a todo el mundo lo que ha ocurrido. Haced saber a todos vuestros hermanos menores que Luzbel…

– ¡No le llaméis así! – protestó Uriel, a quien parecían consumir el celo y la rabia. – ¡Ya no merece llevar vuestro Nombre! ¡Ni siquiera merece llevar el nombre que vos mismo le disteis!

– Uriel… ¿Quieres seguir su camino?

El Príncipe bajó la cabeza, avergonzado por el reproche de su Señor. Miguel comprendía sus sentimientos. ¿Cómo podía haber hecho aquello? Él tenía el mayor de los privilegios, veía al Señor cara a cara en todo instante. ¿Qué le habría hecho renunciar a todo eso? ¿Qué motivos lo habrían conducido a la locura?

– Llegará un momento en el que Luzbel y sus ejércitos se levanten contra nosotros – continuó la Voz. – ¿Cuándo? ¿Cómo? Eso sólo él lo sabe.

– ¿Vos no? – se extrañó Gabriel. – Vos lo sabéis todo…

– Sólo en su corazón está la respuesta a esas preguntas. A nosotros sólo nos compete el estar preparados – respondió. – Ahora, marchad y anunciad a todos lo que os he contado.

Todos sus hermanos comenzaron la lastimera procesión hasta la puerta en un clima de profunda tristeza. Miguel se quedó parado, sin terminar de creerse todo aquello y tratando de asumir lo que estaba ocurriendo con su mundo. ¿Qué les esperaba a él, a todos ellos, a partir de entonces? Era una situación absolutamente nueva e inesperada para todos, incluso para su Padre.

– Miguel – le llamó su Señor.

Él se dio la vuelta y volvió a contemplar cara a cara la gloria y la radiante belleza del Ser. Aunque creía haberse acostumbrado ligeramente a ella en el tiempo que llevaba en su presencia, se sorprendió de que cada vez le parecía mayor y más luminosa. Era imposible acostumbrarse a ella y nuevamente apartó la mirada inconscientemente.

– Toma

De la nada, una espada imponente, con una hoja como de fuego apareció en la diestra del Príncipe. En la cruz de la empuñadura había siete joyas, las más bellas que pudieran imaginarse, engarzadas sobre el oro del que estaba hecho el puño, produciendo una imagen más que maravillosa. Sobre su pecho, una coraza de brillante oro blanco, resplandeciente como la aurora, y en su izquierda un escudo del mismo material. Miguel contempló extasiado todo aquello. ¿Qué ocurría?

– Mi Señor… Es… esto… ¡¿para mí?!

– Sí, Miguel, para ti – asintió. – Tú serás desde hoy hasta el fin de los tiempos mi Paladín, el Príncipe entre los Príncipes. Todas las huestes, todos los coros, tronos, dominaciones, principados, potestades… todo estará bajo tus órdenes. Incluso tus propios hermanos, Miguel.

– No soy digno, mi Señor – contrapuso él.

– Lo que yo he considerado digno, no lo hagas tú indigno –sonrió el Rostro. – Tienes la gracia para cumplir lo que te ordeno, porque yo te la he dado incluso antes de crearte. Tú serás el Príncipe de los Ángeles, el primero de los Arcángeles… Tú, Miguel. Tú vencerás el poder del Dragón y tu gloria se cantará por generaciones.

– ¿Y con vos, mi Señor? – preguntó el recién investido paladín. – Todo eso no importa si…

– Yo te amo, Miguel – respondió. – Te amo como amo a todos tus hermanos, como a todas mis criaturas. Por eso he querido concederte esta gracia, igual que otras serán concedidas a tus otros hermanos. ¿Qué dices, Miguel? ¿Serás mi Paladín?

–Siempre me someto a vuestra voluntad, Majestad…

– Entonces, Miguel… mírame.

El Soberano se había puesto en pie, radiante en toda su gloria. Su Presencia parecía rodeada como de un velo de nubes, pero Miguel fue capaz de vislumbrar a través de la neblina la grandeza de su Señor. Inmediatamente, cayó de nuevo de rodillas, abrumado por lo que veía, y, de forma extática y casi inconsciente, prorrumpió en un himno de alabanza:

Reina el Señor, vestido de majestad,
el Señor, vestido y ceñido de poder,
y así el orbe está seguro, no vacila.
Tu trono está firme desde antaño,
desde la eternidad existes Tú.

Levantan los ríos, Señor,
levantan los ríos su voz,
los ríos levantan su bramido;
más que el ruido de las aguas caudalosas,
más imponente que las olas del mar,
es imponente el señor en las alturas.

Son firmes del todo tus dictámenes,
la santidad es el ornato de tu casa,
oh Señor, por días sin término.

¡Gloria a Ti, mi Señor!
¿Quién como Tú?
¡Gloria a Ti!


Esa chica tan cara

Spoiler: Ver
Es una chica cara,
la tengo que conquistar,
su corazón de madera
se lo voy a robar.

Siempre me mira atenta
detrás de aquel cristal.
Esas caderas divinas
las tengo que abrazar.

Es mi vida,
es mi sangre,
es mi perdición,
es un vicio
que huele a rock´n roll.



La primera vez que te vi supe que nuestro destino era estar juntos, que estaba llamado a acariciarte, a abrazarte, a escucharte… que serías mi compañera de por vida, hasta el fin de los tiempos. Tú y yo, inseparables por toda la eternidad, destinados a escribir páginas y páginas de la historia.

Tú me miraste. Sí, a través de aquel cristal, aunque había muchas más como tú. Y yo me fijé en ti. Fue un flechazo instantáneo. Cupido unió nuestros caminos de una vez para siempre y enseguida supe que tú eras para mí y yo sería para ti.

Pero, lo sé, yo era un inútil y tú eras demasiado buena para mí. Conseguirte sería una de esas hazañas que parecen imposibles de conquistar. Iba a ser algo realmente difícil. ¿Sentirías tú lo mismo que yo sentía? Las dudas me asaltaban, y aún así… Aún así estaba completamente seguro.

Por eso día tras día iba hasta allí, al mismo sitio, siempre a la misma hora. Y allí estabas tú, siempre en el mismo sitio, sonriente, resplandeciente, destacando por encima de todas tus compañeras. Sí, podría ser que otras fueran mejores que tú, pero tú eras especial. Te habías convertido en mi sueño.

Aún no eras mía, y en cualquier momento podrías encontrar otro galán, otras manos que te acariciaran antes de que yo pudiera hacerlo. Cada vez que alguien se te acercaba notaba ese extraño nudo en el estómago que no podía soportar.

Pero no podía desilusionarme. No podía dejar escapar el sueño. Tú serías mía, estaba convencido. Y juntos podríamos llevar nuestras vidas a una nueva dimensión. Estaba total y absolutamente seguro de que tú y yo seríamos capaces de cumplir todos nuestros sueños…

A veces me imagino
que la puedo acariciar
sentada en mis rodillas
escuchándola.

Siempre me mira atenta,
detrás de aquel cristal.
Esas caderas divinas
las tengo que abrazar.

Es mi vida,
es mi sangre.
es mi perdición,
es un vicio
que huele a rock´n roll.


Y al fin… ¡Al fin! ¡Al fin todo sucedió! Al fin junté el valor. Al fin me hice merecedor de acercarme a ti, sin miedos, sin dudas… Había trabajado muchísimo hasta entonces y al fin lo había conseguido. Y te miré una vez más, sin ningún cristal que mediara entre los dos. Y tú me miraste. Y yo te sonreí. Y tú me sonreíste. Y juntos nos dimos la mano, sellando aquel pacto por la eternidad. Y juntos comenzamos a caminar por aquel camino que nos había sido preparado.

Todavía hoy me estremezco pensando en aquella primera vez… En serio, no te miento. Lo juro… Cuando recuerdo la primera vez que tú te sentaste sobre mis rodillas y comenzaste a cantar… Todavía hoy noto algún que otro escalofrío y se me ponen los pelos de punta. Maravilloso, orgásmico… No sabría cómo describirlo... Genial.

Tú voz era como la de un ángel, tu tacto el más suave que algún día pudiera haber sentido… Estaba en el cielo escuchándote, acariciándote… Era la gloria encarnada, hecha realidad. Como si el tiempo se hubiera detenido para los dos…

¿Cuánto tiempo ha pasado ya? ¿Años? No… Décadas… y fíjate. Aún hoy seguimos juntos como entonces. Es una lástima que hoy se acabe nuestro viaje, ¿verdad? Lo hemos pasado bien. Pero sí… esta es la última parada. No creo que aguante mucho más. Pero tengo un consuelo. No he sido como otros, que han ido de una en otra y en otra… como abejas picando de flor en flor. No. Siempre hemos sido tú y yo, yo y tú. Uno al lado de otro, inseparables, como si fuéramos uno solo.

Y ahora que la meta está cerca, ahora que me veo condenado al silencio, sólo quiero pedirte un último favor. Siéntate de nuevo aquí, sobre mis piernas, en mi regazo, como un niño en brazos de su padre y cantemos juntos una vez más. Lo necesito. Necesito escuchar de nuevo tu voz antes de sumirme en la más profunda oscuridad. Necesito acariciarte, abrazarte, oírte, sentirte, cuidarte…

Necesito que lo hagamos una vez más. Así que…

¿Cantamos juntos?

Una vez más… hasta que salga el sol. Como en los viejos tiempos, como aquella primera vez. Te dejo escoger… aunque bien sé cuál será la respuesta. Porque tú eres mi alma y yo la tuya. Porque ya sólo me siento vivo cuando mis dedos artríticos, cansados, secos, viejos revolotean sobre tus cuerdas.

Tú y yo… hasta la eternidad.

Te lo suplico una vez más, ¿cantamos juntos?

No te preocupes por el tiempo que pase, yo me encargaré de apagar las luces. Este será nuestro último Rock and Roll.

Es mi vida,
es mi sangre.
es mi perdición,
es un vicio
que huele a rock´n roll.


44 Segundos

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Una luz roja y el sonido de una molesta alarma indicaron a Mercury que su experimento había vuelto a fallar. Sin pensarlo, encendió otro cigarrillo, dio un par de caladas aceleradamente y lo apagó en un cenicero que rebosaba colillas, mientras por lo bajo maldecía su suerte. Era el décimo que desperdiciaba de aquella forma en las últimas tres horas.

– Idéntico resultado al de las últimas tres semanas… – resopló, pulsando el botón rojo de su grabadora. – La muj… el sujeto de pruebas falleció durante la cuarta fase del procedimiento. Me pregunto si…

A sus espaldas sonó el característico sonido de las puertas deslizantes al abrirse. Se guardó sus dudas y se dio la vuelta para descubrir que la persona que acababa de entrar en la sala era su Director, Moses Pluto.

– ¿Mismo resultado, Profesor Mercury?

– Idéntico.

Pluto se acercó y tomó entre sus manos el dispositivo de informes más próximo. Repasó rápidamente los datos, con sus ojos fijos en las distintas ventanas que mostraban los resultados. Se movía rápidamente entre unas y otras, como si ninguna de ellas realmente le importara. Sin embargo, el profesor era consciente de que su superior era capaz de procesar los datos a una velocidad asombrosa gracias al pequeño implante que él mismo había hecho instalar en su cerebro.

– ¿Qué significa esto? – dijo, deteniéndose en una de las distintas pantallas.

– ¿Me permite?

Mercury tomó el aparato en sus manos y se acercó a la consola principal, volviendo a conectar el visor al puerto donde antes había estado enchufado. Inmediatamente, los datos en los que se había detenido el Director Pluto aparecieron en la pantalla grande. En todas las entradas se repetía una misma cifra.

– Esto – señaló.

– Eso se refiere al tiempo de duración de la cuarta fase – explicó.

– ¿Es un tiempo standard?

– No debería – murmuró.

Como siempre, el jefe acababa de dar con la clave, como si viera a través de cada dato y de cada pequeño instante del proceso experimental y conociera todo aún antes de realmente conocerlo.

– Espero que encuentre una explicación – dijo Pluto, girándose hacia la salida. – Este experimento tiene prioridad...

El Director caminaba con las manos en la espalda, lentamente, y con la cabeza gacha. Era su gesto habitual. Siempre perdido en sus pensamientos, siempre repasando mentalmente todo lo que la corporación se traía entre manos. Mercury lo siguió con la mirada y toda la tensión desembocó en un profundo suspiro que se confundió con el sonido de la puerta al cerrarse.

– 44 putos segundos… – musitó, antes de recuperar la normalidad.

Con cierta parsimonia se puso el traje estéril y pasó a la cámara de presurización antes de entrar al recinto de las pruebas. Por enésima vez en los últimos meses tenía que entrar allí a limpiar los residuos del último experimento. Era cruel, frívolo y macabro… pero tratarlos así era la única manera de mantener su cordura.

No podía dejar de pensar en qué estaba fallando mientras caminaba por la gran Avenida de la Concordia de vuelta a casa. En aquel maremágnum de gente completamente anónima que marchaba con prisa por la calle camino de su casa o a su trabajo, o quizás a tomar algo y distraerse de la vida mundana con sus parejas o amigos, Mercury se sentía cómodo. Nadie sabía qué hacía realmente. Nadie podía juzgarle.

Miró a través de uno de los grandes paneles que separaban la avenida del cruel mundo exterior. Más allá de aquella pantalla de energía, el aire era irrespirable para cualquier hombre, por eso debían vestir aquellas incómodas y estúpidas máscaras cada vez que abandonaban las zonas protegidas.

– Los humanos somos una especie débil…

Aquella conclusión no era la primera vez que le venía a la cabeza al contemplar aquella situación de desamparo que ellos mismos habían provocado. Sabía que muchas especies ya habían evolucionado para acostumbrarse a la libertad, aunque apenas llegaban noticias más que por medios secundarios y poco accesibles que reflejaban el pensamiento de científicos e investigadores enfrentados o considerados locos extravagantes por los representantes de la ciencia oficial. La misma a la que, sin mucho entusiasmo, él servía.

– ¡Hola! – saludó mecánicamente al abrir la puerta del apartamento.

La voz de Nina correspondiendo al saludo sacó al profesor de sus pensamientos. Como siempre, su mujer le había estado esperando aun a pesar de lo avanzado de la hora. Ella tampoco sabía nada de qué investigación estaba trayéndose entre manos su marido. Era altísimo secreto, incluso dentro de la Compañía, pero mejor así. Si no soportaría que gente anónima y completamente desconocida le juzgase, mucho menos lo haría si fuera su mujer la jueza.

– ¿Qué tal te ha ido hoy? – le preguntó al encontrarla en el salón.

Nina era profesora de Zoología en la Universidad Capital, la más importante del país y una de las más prestigiosas de todo el mundo, pero también era uno de esos científicos desplazados de los círculos más prestigiosos. Vivía con la seguridad de que nadie podría quitarle nunca su trabajo, ganado con mucho esfuerzo, y se apoyaba precisamente en ese hecho para desafiar a un sistema que ella creía injusto y tremendamente equivocado.

– Bueno… bien, como siempre – contestó. – ¿Sabías? Andy Van Hondëm me ha llamado esta tarde desde… algún sitio en África, no sé bien. Han descubierto una nueva raza félida que ha desarrollado…

Alex Mercury decidió que era mejor aislarse de aquel nuevo descubrimiento. No es que no le interesara. Es que le hacía sentir culpable, inferior, débil… Y ya había tenido demasiadas emociones fuertes aquel día. Cada noche, cuando llegaba a casa, sólo quería desconectar y soñar con despertarse de aquella especie de pesadilla. Por eso, cuando su mujer comenzaba a relatar los descubrimientos de sus colegas, prefería desconectar, para evitar sentir tanta presión encima de sus hombros.

Por la mañana, como todos los días, buscaría las anotaciones que sus viejos amigos de universidad les mandaban a él y a su mujer para mantenerlos al tanto de los descubrimientos que hacían en remotos lugares que antes solían ser verdes selvas o extensas sabanas. Las iría revisando en el metro de camino a la Compañía por si había algo que pudiera ayudarle a su investigación. Pero nunca parecía que hubiera nada. Al final, siempre terminaba maldiciendo el día en que se había especializado en Zoología Antropológica.

44 segundos. Aquella cifra volvió de nuevo a su mente. ¿Qué cojones ocurría? Parecía que había un tope insalvable delante de él. ¿Por qué nadie superaba aquella barrera? Una vez alcanzada la cuarta fase, había tardado pocos días en optimizar el proceso hasta evitar muertes casi instantáneas. Pero desde entonces… Día tras día, esperaba que el próximo sujeto alcanzara, aunque sólo fuera eso, los 45 segundos.

– ¿Y tú qué tal? – le devolvió la pregunta su mujer.

– ¿Yo?

– ¿Sigues estancado?

– Sí… Y lo peor de todo consigo entender por qué…

– Podría ayudarte – se ofreció ella.

– Pluto no lo permitiría – meneó con la cabeza. – Ya sabes… Cuestiones del alto secreto…

Aquella era la excusa perfecta para ocultarle a Nina la horrible y vergonzosa verdad. Cada vez notaba cómo se odiaba un poco más y poco o ningún consuelo le producía ya el hecho de que sus sujetos experimentales fueran condenados a muerte. “Muertos en vida”, como solía llamarles alguno de sus compañeros, o no, eran seres humanos como ellos.

– Maldito secretismo… – protestó, aunque ella sabía que inútilmente, su mujer mientras se levantaba y le daba un beso en la mejilla. – Me voy a la cama…

– Voy ahora…

Alex Mercury se acercó al mueble bar y cogió un vaso bajo. Echó un par de hielos y comenzó a servir un poco de whisky sobre ellos. Tomando el vaso entre sus manos, observó el líquido dorado y lo bebió de un trago. Luego se sirvió otra vez y se acercó a la ventana.

Las luces de la ciudad se refractaban en la densa capa de gases que inundaban la atmósfera. A estas horas era aún más visible aún su condena. Pero acabar con ella era el único consuelo que le quedaba. Si algún día conseguía superar aquellos cuarenta y cuatro malditos segundos, entonces… Entonces aún quedaba ese rescoldo de esperanza en poder volver a ser libres.

Pero todas las noches eran iguales y la mañana siguiente daría al traste con las esperanzas del último vaso de whisky a medianoche. Mañana todo se repetiría para lo mismo ocurrir pasado. Y al otro y al otro…

Quizás era el alcohol, porque, a pesar de lo negro del panorama que se le planteaba, todos los días, a medianoche, volvía a ver, mientras observaba la ciudad sumergida bajo la nube tóxica, a los hombres corriendo al aire libre, con el rostro descubierto y con una sonrisa en los labios. Conseguía ver que aquellos cuarenta y cuatro segundos habían quedado reducidos a la nada… Que su experimento había tenido éxito y ahora los hombres podrían volver a respirar en el exterior.


Carta al Destino

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Querido destino:

Puede parecer extraño, incluso de locos, que yo te esté escribiendo a ti, un ente abstracto en el que no creo, pero creo que eres tú el perfecto destinatario de mis palabras, palabras que nunca creí que llegaría a pronunciar pero que ahora me veo escribiendo como si fuera lo más normal del mundo. De todas formas, permíteme que esta sea una carta abierta, así, por lo menos, me parece que cobra un poco más de racionalidad.

Disculpadme si no me presento, pero soy un hombre de esos cuyo nombre pertenece al más alto de los secretos. ¿Por qué? Sería muy duro y muy largo de contar, una de esas historias para no dormir que parecen dignas de un thriller de acción y terror. Pero, como siempre, la ficción no le alcanza a la altura del betún a la realidad.

Es una historia que sucedió hace mucho tiempo, cuando quizás no fueseis ni siquiera un proyecto en las mentes de unos adolescentes… si es que vuestros padres llegaban a tal edad. Sin embargo, para mí, ha ocurrido ayer. Puede que sea porque el tiempo suele correr más rápido a mi edad, puede que sea porque realmente el tiempo se ha detenido desde entonces.

Sucedió muy lejos de aquí, al otro lado del mundo donde la jungla domina el paisaje y los hombres hablan idiomas demasiado distintos al nuestro. Yo era joven y ambicioso, un soñador dispuesto a comerse el mundo a toda costa, a cualquier precio.

Verás… Eran años difíciles… Bueno, no tanto… Tú ya me entiendes. Eran los años de la revolución de los floripondios y todo eso… Ya sabes. Alcohol, maría, ácido… Era el pan nuestro de cada día y digamos… que yo me empaché de pan y traté de pasarme de listo. ¿El resultado? Éramos un país en guerra… ¿Qué mejor que enviar a un melenudo, un despojo social, a que se curtiera como un nuevo recluta de nuestro respetabilísimo ejército?

Así aterricé en la jungla convertido en una máquina de matar. Nos enviaron al norte a buscar y eliminar a un sanguinario batallón de “amarillos”. Se nos había dicho que nos enfrentaríamos a animales disfrazados de personas humildes, de campesinos, pero que detrás de su apariencia inofensiva se encontraban los despiadados asesinos que día a día mataban a nuestros compañeros. ¡Ingratos! ¡Íbamos a liberarlos de las manos opresoras del gran demonio rojo! ¿Así nos las pagaban?

Bajamos del helicóptero y… ahí empezó todo. ¿Cómo describir lo que allí pasó? Resultó que aquellos inocentes hombres de campo no eran otra cosa que campesinos inofensivos… La mayor parte de nosotros nos dimos cuenta demasiado tarde, al despertar rodeados de centenares de cadáveres después de una especie de éxtasis sanguinolento. Mujeres y niñas habían sido asesinadas después de ser violadas… y sabíamos que no habían sido los “amarillos”. Ellos también yacían muertos…

¿Buscar y eliminar un batallón enemigo? ¿Acabar con las tropas de Hanoi? Cuando volvimos a la realidad nos dimos cuenta de que aquello no se parecía nada a lo que se nos había ordenado pero… ya no había marcha atrás. Sólo nos tocaba aceptar las consecuencias de lo que habíamos hecho.

Obedecíamos órdenes. Era el lugar y el procedimiento indicado por los superiores… pero no quiero eludir mi responsabilidad. No recuerdo la cantidad de personas a las que asesiné. ¿Importa? Aunque sólo hubiera apretado el gatillo una vez y hubiera fallado el tiro… Estaba allí, inmerso en aquel brutal trance. Aunque sólo hubiera sido un observador, soy tan monstruo como el que eliminó a cincuenta hombres.

Desde entonces no puedo dormir. Las imágenes de aquellas familias amontonadas inánimes en el suelo me persigue con el sólo gesto de cerrar los ojos. No puedo vivir más con ello, pero es mi condena. Es mi condena por haberme convertido en un monstruo. Los hombres, ahora lo entiendo, no estamos hechos para la guerra, no estamos hechos para ser monstruos.

“Luchábamos por la libertad”. Eso nos decían. Pero ahora comprendo que lo único por lo que luchábamos era por nuestra hegemonía en una zona demasiado lejos de casa como para que nos debiera importar. “Altruismo”, lo llamaban. Yo lo llamo soberbia.

Sé que esta confesión es inútil. Que por más que lo intentase no podría dejar atrás lo sucedido. Demasiada gente a la que pedir perdón. Demasiadas heridas que curar. Pero hacía tiempo que quería vaciar mi conciencia. Expresar el dolor que llevo dentro desde aquel día. ¿Servirá de algo? No lo creo, aunque desearía que estas líneas… ayudaran a alguien a entender el dolor que corroe al hombre que se convierte en un demonio.

Yo ya tengo mi condena, y es tremendamente insuficiente. Mi pago debería ser todavía peor. Pero, querido destino, espero pacientemente que me proporciones mi segunda oportunidad para enmendar, si todavía es posible todo el mal que hice en una sola mañana, aunque todos los segundos de una vida no lleguen para redimir el mal cometido en uno sólo de los que transcurrieron aquel día.

Y si no llega antes de que me alcance el destino fatal, espero al menos que los eternos tormentos de mi alma en el infierno sirvan para expiar el dolor y la injusticia cometidos en aquel lugar con tan sólo uno de los que cayeron bajo nuestra borrachera de sangre y crueldad.

Parecen palabras duras. Lo son. Pero un monstruo como yo no merece la misericordia de ningún Dios… Aquel día nosotros decidimos que nosotros seríamos él y jugamos a decidir quién tenía derecho a vivir y quién no… Alguien así no merece ser tenido en cuenta por él… si es que existe.


Hechicero nivel 94

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– Oh… ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!

Un tío calvo, gordo, sudoroso, con una pelusilla de aspirante frustrado a barbudo, enfundado en una camiseta tan negra como el disfraz barato de Darth Vader que colgaba en un perchero cercano y que aparentaba bastante más edad de la que realmente tenía gritaba como un poseso con los ojos fijos en la pantalla de un ordenador amenazando con atravesarla de un momento otro.

– ¿Qué pasa?

– ¡Mi hechicero! – se quejó. – ¡Mi hechicero nivel 94! ¡Ha desaparecido!

– Y eso debería importarle al vecino del quinto porque…

– Porque… porque…

Podría darle mil motivos a su madre, pero ella nunca lo entendería. Tantas horas de trabajo invertidas. Tanto esmero eligiendo qué hacer y qué no hacer. Tanto cuidado en todos y cada uno de los detalles para crear al fin el personaje perfecto. ¡Creaba escuela! ¡Estaba destinado a ser un dios absoluto en el juego y ahora…! Ahora no era nadie.

– Como si nunca hubiera existido – tecleaba dos horas después.

Había escarbado en todos y cada unos de los rincones habidos y por haber del sistema. Había convencido a uno de los administradores, con quien había entablado una amistosa relación basada en unas cuantas líneas en la pantalla, para que le ayudara en la tarea de resucitar al gran Raistwelin III el Oscuro, el más experto usuario de la magia que había pisado alguna vez los paisajes de cualquier mundo imaginable. Pero no había tenido suerte y ahora sólo podía quejarse.

– Seguro que fue ese cabrón del Piros – conjeturó uno de los que se habían congregado en la misma ventana del sistema de mensajería.

– Perdón… ¿De qué hablamos?

– ¡Despierta Plat! – escribió otro, un tal Frudda, usando copiosamente los emoticonos. – ¡Que estás siempre en la berza!

– Resulta que al Raist le han borrado el personaje – se reía Annie, la única chica del grupo.

Una estridente línea en mayúsculas y en varios colores que trataba de representar una risa desatada se hizo presa entonces de la pantalla.

– Eh, tío, que no es ninguna coña – le increpó la chica. – ¿Y dices que fue Piros, TDN?

– Yo me la jugaría a que sí – sentenció el aludido. – Ese hijo de puta se la tiene jurada a Raist desde hace siglos…

– Piros es un puto quejica – apuntó un tal Chucky, que hasta entonces había permanecido en silencio. – El otro día le fuimos a hacer PK el Raist y yo para pasarnos un rato y el tío se agarró una patalera que te cagas…

– A todo esto… ¿Y Raist?

– Estaba aquí hace un segundo…

– Seguro que le está mandando un mail a Piros… – reía otro.

– ¡Raist! ¡Si estás ahí contesta!

– Joder, si no te gusta jugar no juegues – continuó el tal Chucky como si tal cosa. – O hazte una mariconada de no-PK pero no toques las pelotas, ¿no? Vamos, digo yo.

– Eh… que el Raist me acaba de mandar un SMS – anunció Annie. – Que su madre le está echando la bulla, que ya se conectará en cuanto pueda…

– Si es que puede – apostilló TDN.

– Joder… ya estamos…

Las líneas de texto seguían saltando en la pantalla sin ton ni son. Gustavo se imaginaba la situación que se estaba produciendo en su ordenador mientras daba gracias al cielo por haberse acordado de anular las notificaciones por sonido y guardaba el móvil a toda prisa, preparándose para la segunda ronda del chaparrón ahora que su madre volvía de la cocina con un vaso de agua en la mano.

– He criado a un vago – se lamentaba la señora. – Tú lo tratas de hacer lo mejor posible y nada… Pero no… ¡Esto no va a quedar así…! ¡Como que me llamo María Rosa de la Mata Fernández!

– Pero mamá…

– Ni pero mamá ni nada – le cortó. – ¿Cuándo tienes el primer examen? A ver…

– El.. el…

– ¡El lunes! ¡Y hoy es sábado! ¡¿Has tocado algún libro?!

– Yo… yo…

– Más te vale aprobar ese examen…. Si no… ¡te vas de casa!

– Sí, mamá…

– ¡Más te vale! – repitió. – Ahora, pasa a estudiar…

– Sí, mamá… – volvió a decir el joven. – Ya voy, mamá…

Cansinamente, se levantó y comenzó a andar hacia su habitación mientras, en su interior, comenzaba a maldecir todo lo que se le venía a la mente. Estudiar… ¿Pero cómo podría concentrarse para ponerse a chapar para la selectividad ahora cuando había perdido todo lo que tenía? Su madre no lo comprendía. Era imposible que lo entendiera.

– No vas a estudiar en la habitación, Gustavo – le advirtió su progenitora.

– Pero…

– Coge tus cosas y vete para el salón – ordenó. – Así te tendré cerca.

– Sí, mamá…

– Hijos… – bufó María Rosa, mientras veía cómo su niño le obedecía.

Cerró con llave la habitación de Gustavo y entró en el despacho de su marido para sentarse en el PC. Hacía bastante que había comenzado a navegar y a relacionarse con otras personas por internet para matar el mucho tiempo libre que tenía.

– ¡Mirad! – exclamó Frudda. – Piros se ha conectado. Alguien debería hablar con él.

– Iré yo… – se ofreció Annie.

– ¿Pero te llevas bien con él? – se sorprendió TDN.

– ¡Seguro que es un camionero que se llama Manolo! – se burlaba Plat.

– Lo he conseguido – se reía Piros en la otra ventana. – A ver si ahora estudia y se deja de perder el tiempo.

– Creo que esta vez te has pasado, María…

– Sí, pero si no me hace caso por las buenas, tendrá que hacerlo por las malas… – contestó. – Gracias por guardarme el secreto, Annie.

– Espero que tengas razón, María Rosa – comentó. – Espero que tengas razón…


Amor al arte

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Arte.

Si me preguntaran alguna vez a qué me dedico diría eso. Arte. A eso me dedico. No soy más que un artista… aunque no exactamente un creador, como suelen ser todos los de mi clase. Más bien… soy un… No sabría definirme. Pero tampoco es que me importe. Las definiciones no son más que métodos para encasillar a las personas.

Y no me apetece nada que me encasillen. Nadie lo querría, ¿verdad?

Y como todos los artistas no siempre soy muy bien comprendido. Hay una serie de personas que no están muy de acuerdo con mi forma de entender el arte pero… ¿qué sabrán ellos? Mi arte no está hecho para ser contemplado más que por ojos expertos, gente como yo, que sabemos lo que supone crear obras maestras como las mías.

Llevo mucho tiempo en esto y la experiencia me ha hecho perfeccionar mi técnica hasta límites que yo mismo no sospechaba en mis años mozos, cuando comenzaba en esto. De todas formas, como todos los artistas, de vez en cuando me permito ciertas licencias. Así, de paso, voy recuperando una frescura. No es por nada, pero hacer siempre lo mismo, de la misma forma, con el mismo procedimiento es un poco… aburrido.

Pero el camino que he elegido es también un camino duro y difícil de recorrer. Las personas que compartimos esta afición mía no es que seamos precisamente gente muy gregaria. No solemos hacer convenciones, “exposiciones conjuntas”. Somos solitarios, “gente rara”, incluso, encerrados en nuestra propia incomprensión, en nuestra individualidad. No tenemos al otro, al compañero…

Es una vida subterránea, escondida, solitaria, que no siempre tiene su recompensa. No seremos aclamados como los grandes adalides de la cultura por nuestros contemporáneos ni nuestras obras se colgarán en el Louvre, el Guggenheim o el MoMA. La gente no compraría nunca reproducciones de nuestras obras para adornar su salita de estar. Habría que decir que gracias a Dios… sería demasiado caótico si así fuera. Y si hay algo que me molesta… eso es el caos.

Pero bueno, no se crean que todo es así de gris y de ordinario. Puede que a nivel social, en la filosofía de la gente común no merezca la pena. La verdad es que no estamos en este “negocio” por el sueldo o por el reconocimiento social. No estoy aquí porque merezca la pena. La verdad es que habría otras muchas actividades más “gratificantes” a nivel humano que podríamos realizar…

Soy un artista… así que trabajo, nunca mejor dicho, por amor al arte. Pero como decía no es todo oscuro y desagradecido. Puede que a nivel humano no seamos unos héroes, que no recibamos nuestra recompensa pero… ¿y a nivel espiritual? La sensación de la caza, la adrenalina de la huida… No hay nada como eso. Saber que en cualquier momento pueden descubrirte. El morbo del anonimato… No hay nada que se le pueda comparar.

Otra forma de la que me gusta verme es como “ejecutor de la justicia divina”. Decirlo así parece presuntuoso… y quizás sí lo sea. Lo que es cierto es que hay que reconocer que muchas veces la justicia de los hombres no… satisface nuestras expectativas. Ahí es donde entro yo y trato de equilibrar la balanza. Es un concepto sencillo.


Creo que todavía no les he contado a qué me dedico. Me pregunto si alguno de ustedes lo habrá adivinado ya o si prefieren que siga dando pistas. Soy un cazador. No cazo ciervos, ni conejos, ni jabalíes, ni perdices ni otro animal que puedan imaginarse. No. Cazo personas o, más bien, seres humanos que han perdido el derecho a ser llamados así.

Sí. Comprendo que dicho así de sopetón puede sonar fuerte. Yo también lo pensaría si estuviera en su lugar… pero alguien tiene que hacerlo. Alguien tiene que sacar la basura y eso es a lo que yo me dedico. Luego hay otras cuestiones que… que ustedes no comprenderían así que les ahorraré el tiempo de leerlo y el espanto de conocerlo.

Muchos de ustedes se preguntarán por qué soy así. Muchas veces yo también me hago las mismas preguntas pero… ¿solucionaría algo si supieran la respuesta? No, ¿verdad? Pues ya está, dejemos el pasado donde tiene que estar y no removamos la mierda. A ustedes no les gustaría tampoco que lo hicieran con sus trapos sucios. ¿A que no?

No crean que a lo largo de mi vida profesional no me he planteado dejarlo o buscarme algo más “civilizado”. Bueno, lo cierto es que ya tengo un trabajo como todos los normales. Comprendan que ser un asesino en serie no paga las facturas. Pero eso es otro tema. Otro día, si quieren… quedamos y hablamos.

Y reconozco también que a veces me gustaría gritarlo. "¡Eh! ¡Soy yo! ¡Yo soy el que está limpiando sus calles!" Deberían estarme agradecidos... pero algo me dice que esa no sería la reacción mayoritaria, ni mucho menos. Así que sigo con mi careta puesta. Es mejor así.

Y así soy yo. Monstruo por dentro y encantador por fuera. Si me vieran por la calle (y seguro que muchos de ustedes me habrán visto), nunca descubrirían el horror que se oculta debajo de la máscara. Mejor así, se lo aseguro.

Si me preguntaran por mi motivación principal, volvería al principio de todo lo que les acabo de decir. El arte, el amor al arte… a mi arte.

Y ahora, si me disculpan, me traigo algo entre manos y apuesto a que no querrán estar presentes mientras trabajo. Pórtense bien, no querrán que nos volvamos a ver… No al menos en estas circunstancias, ¿verdad?


It's not Lupus

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– O… Oiga… Oiga, Doctor… – balbucea la señora, compungida y aliviada a la vez. – ¿Está seguro de que no lo es?

Joder, ¿es que no lo he dejado lo suficientemente claro? Putos frikis de la televisión. Sinceramente, habría que prohibirles a ciertas personas ver la caja tonta, que luego se creen que todo lo que pasa dentro de ella es de verdad. ¡No somos así! ¡Los médicos no somos así!

Salvamos vidas, las que podemos. Y punto. No follamos como descosidos a la mínima oportunidad que podemos y convertimos las salas privadas en picaderos. No. Eso lo harán los yankees pero al menos nosotros no. O por lo menos yo no tengo esa suerte.

Tampoco somos unos bordes descastados y megalómanos, salvo honrosas excepciones como un servidor. Solemos jugar según las reglas y, la verdad, tenemos una vida la mar de rutinaria, pese a lo que pueda parecer.

Que sí… Que ya… que ese es el tipo de cosas que no se deberían de decir así, en público pero… qué cojones, es la puta verdad ¿o no? Daré mala imagen, daré lo que sea. Pero la verdad siempre por delante, que si no vamos jodidos. Así va el país…

Pero lo peor de que ahora estén de moda las series de médicos no es eso. Para nada. Lo peor es que los muy idiotas creen que han visto tres capítulos de House y ya creen que saben medicina. No se paran a pensar que los casos que le pasan a él son de esos de uno en un millón y que nosotros, pobres médicos de la sanidad pública, ni cobramos tanto ni tenemos todos los recursos que utiliza el tío ese en un concurso.

¡Párese a pensar, señora! Si al menos su diagnóstico fuera acertado… una inyección y para casa. ¡Qué guay, ¿verdad?! Pero no, no es eso. Es mucho peor, así que no me mire con esa estúpida cara de alivio porque se va a cagar cuando escuche cual es el veredicto final.

– Sí, señora – contesto al fin. – Estoy seguro: no es Lupus. Debería dejar de ver la tele tanto – añado, después de un pequeño silencio. – Mete ideas raras en la cabeza.

Un consejo como ese nunca viene mal. Así por lo menos sonríe un poco mientras se prepara para escuchar el diagnóstico real de lo que quiera que ha puesto a su hijo en ese estado y así, de paso, libero yo un poco de tensión, que dar una noticia como esta nunca es agradable. Pero… es parte de la profesión. Definitivamente, debería haber una asignatura en la carrera que se llamara “Malas noticias” o “Hablar con la familia”, porque es un mal trago que te pasas. Pero bueno, torres más altas han caído. Vamos allá.

– Lo que tiene su hijo es leucemia – confieso al final.
¡Por Dios! ¡¿No sabe lo que es leucemia o qué?! ¡Esa no es la cara que se supone que debe tener, señora. ¡Por Dios! ¡Reaccione! ¡Su hijo tiene cáncer! “Ce, a con una rayita oblicua encima que se llama tilde y que indica que es la sílaba tónica, ene, ce, e, erre” ¡“Cáncer”! Repita conmigo… Cán… cer…

Coño, claro, no había pronunciado la palabra mágica que siempre se debe usar en estos casos… ¡Pero si está en todos los manuales! “Si el paciente tiene algún tipo de dolencia de carácter oncológico, indique claramente que se trata de un cáncer”. Por eso no ponía la cara de circunstancia pertinente. Faltaba el golpe de efecto… Ay, Javier, que te pierdes…

– Como sabrá… – comienzo, mientras revuelvo con unos papeles.
Me encanta esta forma de empezar a decir las cosas. Es decir, este tipo de gente cree que les estás echando un piropo cuando en realidad lo que estás haciendo es insultar directamente a su inteligencia y… si por casualidad te topas con alguien lo suficientemente inteligente, pues no estás diciendo nada malo, ¿verdad?

– Como sabrá – repito tras un suspiro mientras cojo una carpeta al azar del montón de “Carpetas aleatorias con muchos números para asustar a los pacientes” – la leucemia es un tipo de cáncer hematológico que…

Ahí, está. Esa es la cara que tenía que tener desde un primer momento, mujer, mucho más adecuada a las circunstancias. Si es que… a la gente de ahora hay que darle todo masticadito, como si fueran bebés. Pero bueno, parece que ha reaccionado, ahora toca el momento de tranquilizarla y así parecer el típico médico guaperas de culebrón televisivo que se… Por Dios, qué perniciosa es la tele. Hasta yo me estoy encajando dentro de esos putos estereotipos tan imaginativos.

– Tranquila mujer – sonrío. – La leucemia es grave, pero tiene tratamiento. Su chico es aún muy joven y existe un 60% de éxito…

Otra vez esa cara de alivio. Menos mal que no le he dicho un 80% ni nada por el estilo, a lo mejor le daba por bailar encima de la mesa o algo por el estilo… Y no, para nada está usted, querida señora, tan buena como para hacerlo. Ahórreselo por el bien de su dignidad y de mi vista, por favor. Bien, parece que no lo va a hacer. Menos mal.

– Lo primero que debemos hacer es una analítica de los tejidos de…
¡Mierda! ¿Cómo se me puede olvidar el nombre ahora? Vale, podría haber vuelto a decir “su hijo” pero ya estoy cansado de repetirlo y siempre queda bien y cercano mencionar el nombre del paciente cuando hablas con sus familiares. Es de médico guay y superenrrollado hace ese tipo de cosas. Y en el fondo te lo agradecen. Queda como si de verdad te interesaras por el pa…

¡Casi lo digo! ¡Casi! Pero no lo he llegado a decir. Me he librado por los pelos de decir un disparate mayúsculo. ¿O quizás era una verdad como un puño? Ah, eso no lo sabrán nunca… Digo… Esto… Lo que quiero decir es que sí, que nos interesamos mucho por los pacientes. Nos desesperamos por todos ellos. Eso… que… bueno que aquí está el nombre.

– Perdón – toso.

Fingir una carraspera, una buena forma de subsanar la situación, por otra parte. Si es que hoy en día, con tanto aire acondicionado es normal que haya tanta afección de garganta. Además, que no era mentira del todo, que la señora de la limpieza es un poco torpe y deja todo el polvo ahí, amenazando. Todo un festival para los ácaros, vamos.

– Como decía, lo primero que debemos hacer es una analítica completa de los tejidos de su hijo Kevin…

Kevin… No, si ya tenía usted cara de ponerle a su hijo un nombre tan hortera. ¿Dónde ha quedado aquel tiempo en que la gente se llamaba… Manuel o Jose o…? Por lo menos no le ha puesto usted Macaulay o una mariconada por el estilo. “Kevin Miramontes”. Si es que… Si es que a algunos padres no le deberían dejar pisar el registro civil. Coño, que a mí me encantan los espaghetti y no le he puesto a mi hija “Carbonara”.

– ¿Para qué servirá eso, doctor Flores?
Pues para qué va a servir… No, a ver, Javier, céntrate. Ya hemos dado por supuesto que esta tía no tiene muchas luces. Sé amable. Explícaselo todo bien masticadito y sonríe. Como decía la Pantoja: “Dientes, dientes, que es lo que les jode”. Aunque en este caso yo creo que les pone más bien, pero del poner al jod… ¡Céntrate, Javi! ¡Por Dios!

– Cada cáncer, cada paciente, tiene un tratamiento distinto – explico amablemente. – Sobre todo en lo referente a las dosis…

– ¿Dosis? ¿Le van a dar pastillas?

¡¿Pastillas?! Pero señora, ¿usted en qué mundo vive? ¿En el mundo de piruleta? Las pastillas se las ha tomado usted, ¿no? No, si ya… Ya se le ve la pinta ya… ¿Tanto ver House y no sabe usted en qué consiste el tratamiento del cáncer? Vale, que sí, que la quimio puede administrarse por vía oral pero… Bueno, eso, que usted lo flipa, señora.

– En principio, nada de pastillas – niego, moviendo la cabeza ostensiblemente, para que quede claro que está más perdida que los del Oceanic 815.

Oh, mierda, otra referencia televisiva. Estos tíos de la tele me deberían pagar por la publicidad que les hago. Y yo debería dejar de verla tanto. Me consume las… Vuelve al paciente, Javier, que la petarda esta te está mirando raro ya…

– Normalmente el tratamiento consiste en quimioterapia – continúo. – No es raro que se complemente con algo de radio… terapia.

– Entiendo.

¿Pero qué va a entender usted? ¡Si hace cinco segundos creía que la leucemia se curaba con pastillas! No mienta, señora. Los mentirosos van al infierno. Y créame, soy médico, sé de buena tinta que está lleno de gente por ahí abajo. No es una visita agradable. Ni siquiera para ir un par de días a hacer turismo.

– Tenga en cuenta que la quimio tiene sus efectos secundarios.

Aquí viene la sección de los contras. De los pros no hablamos porque… bueno, porque se supone que el pro es que te cura. Si no, ¿para qué íbamos a administrarle veneno en vena? Bueno, a ciertas personas se me ocurre que podría hacerlo… pero bueno.

– ¿Qué clase de efectos? – pregunta, haciéndose la interesante.

– Náuseas, calvicie, trastornos estomacales, anemia…

– Pero…

– Pero todo eso es fácilmente tratable y se acabará en cuanto terminemos el proceso – la interrumpo.

Es mejor así. Si no le dejas claras las cosas rápido, terminan montándose su propia película y de ahí no los sacas. Doy fe. Los seres humanos somos demasiado propensos a perdernos en nuestras paranoias basadas en… Basadas en nada. O, al menos, en cosas que realmente carecen de importancia… porque si fuera de otra forma ya no serían exactamente paranoias, ¿o sí? En fin, da igual, ahora toca liberar un poco la tensión con otro comentario simpaticón.

– Su hijo podrá tener melena cuando sea mayor – bromeo.

– ¿Y con eso ya vale?

– Debería valer – sonrío.

Sonreír es una faceta importante de la información a los familiares. Por mucho que les puedas estar mintie… suavizando la verdad, les inspiras confianza. A menos de que seas tan tonto como para sonreír de forma que les des a entender que te importa una mierda lo que le pase al paciente. En ese caso, deberían retirarle a uno la licencia por subnormal. Qué manera de dar mala imagen de la profesión.

– ¿Debería?

– Bueno, en teoría debería valer pero si no funciona tendremos que usar otro tipo de métodos – confieso. – Por eso tendremos que pedirle a usted y al padre de la criatura que se hagan unos análisis.

– ¿Para qué?

– También los hermanos del crío deberían hacérselo – continúo. – Si no funciona el tratamiento normal tendremos que realizar un trasplante de médula ósea.

– ¿Un trasplante?

Sí, coño, un trasplante. ¿Es que no lo he dicho claro?

– Tranquila – digo con voz calmada. – Es un procedimiento bastante más sencillo que el de otros trasplantes. No hace falta ni siquiera abrir al paciente. Es… como si le pusieran una inyección.
Ahí estás tú raseando el balón. Qué bueno eres, Javi. Deberías ser divulgador, en lugar de aguantar a este tipo de gente. Pero mira, así haces algo bueno por la humanidad, que no viene nunca mal. Y muchos te dan regalos después. La mitad de ellos no los quiero para nada, pero mira, siempre hay alguno al que se le puede sacar algo de provecho, como cuando te regalan miel y cosas del estilo.

– ¿Alguna duda más?

– Creo que no – se encoge de hombros.

Mentirosa… Si hasta yo tengo dudas…

– Pero supongo que si se me ocurre algo más se lo preguntaré.

– Para eso estamos aquí, mujer.

Y ahora me levanto y la acompaño hasta la puerta con una sonrisa en los labios. Esto queda muy bien, aparte de ser un médico guay, quedas como todo un galán de cine. Si es que soy todo un experto, un gran dominador de todas las habilidades sociales, todo un caballero. ¡Tiembla, Arturo Fernández, llega el doctor Javier Flores!

– ¿Sabe, doctor? – se da la vuelta bajo al umbral. – De verdad me he sentido aliviada.

– ¿Ah, sí? – la miro extrañado.

No es para menos. ¿Le acabo de decir que su hijo tiene un cáncer, que se le va a caer el pelo hasta parecer la bola blanca del billar de la anemia de caballo que le va a inducir la quimio, que va a vomitar hasta los higadillos y que, a lo mejor, todo eso no sirve para nada y hay que trasplantarle la médula ósea (que aunque no le vayamos a poner el corazón de un muerto, la sola palabra trasplante debería acojonarle a lo bestia) y aún me dice que está aliviada?

– Sí – asiente, con esa estúpida mueca de alivio e ilusión dibujada en la cara. – Creía que mi hijo tenía Lupus…

¿Lu… pus? ¿Aún con esas? No la mates, Javi. No la mates. Puta televisión…


Eso es todo por hoy. Insisto. Disculpad el que haya puesto 2 posts seguidos (realmente 3, pero el primero llevaba meses inactivo). Espero que los disfrutéis. Otro día os pongo más one shots... o parte de las historias largas que llevo hechas ^^
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Re: [Fics] Rido's Corner (One Shots)

Notapor Long_Jhon_Silver el Mar Ene 06, 2009 6:59 am

A proposito de cierta conversación que mantuvimos el otro día y como no me gusta aplazar tanto las cosas, pues heme aquí poniendome al día con tus escritos, comento:

Guardian: Me ha encantado el como has retratado las imagenes de los sers celestiales, muy parecidas eso sí a lo que se puede encontrar en libros de teología o en los frescos o pinturas de algunas iglesias. Pero me ha gustado más la descripción que realizas del ser todopoderoso, esa mezcla de temor y bondad que proyecta es simplemente sublime. Si hay algo en contra debria referirme a que a mí gusto se termina abruptamente, en otras palabras te deja con ganas de más.

Esa Chica tan Cara: Sí al principio pense que se trataba de un hombre hablandole a una mujer, y luego me dije, es un hombre hablandole a un maniquí, pero al poco andar me si cuenta de lo que realmente era. Bien escrito aunque alejado un poco (a mi parecer) de tu estilo habitual. Bueno, pero predecible.

44 Segundos: Tuve la sensación de estar leyendo "Un Mundo Feliz" o viendo un trozo de alguna pelicula futurista al empezar a leerlo, me confundí un poco y me dio un poco de rabia no entender bien cual era el proposito final de aquel experimento, y cual era el problema?, no lo entendí yo o quedaba a la imaginación?. Como siempre muy bien escrito pero también con un final demasiado abrupto, pide a gritos una treintena de capitulos para desarrollarse más.

Carta al Destino: Es extraño, pero quizás por eso tan aclarador, que el protagonista se dirija al destino siendo que lo desacredita desde el rpimer momento. Como diria alguién por allí: Es sólo una excusa. Muy buena declaración de principios, pero que no nos señala si de verdad el autor esta verdaderamente arrepentido. en otras palabras, representa al dedillo a aquellos que cometen esa clase de barbaridades.

Hechicero de Nivel 94: Ya te lo había dicho, pero como lo he vuelto a leer, escribo de nuevo. Un relato ágil y exquisito que logra plasmar perfectamente el espiritu y ambiente que se vive al interior de un juego de este estilo. Mal actual? Adicción de muchos?. Con un final inesperado y acorde a nuestros días, el mejor de todos los que he leído en este pequeño vistazo.


Eso por ahora, espero no haber resultado muy pesado o demasiado critico. Pronto me leere el resto. Ah y gracias por compartir esto. Nos leemos.
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Re: [Fics] Rido's Corner (One Shots)

Notapor rido el Mié Ene 28, 2009 11:53 pm

Hoy me propongo seguir actualizando esto, con cosas más relacionadas con Bleach, pero aún así One Shots. Sirvan de preludio para cuando me de por poner el gran mamotreto de mi fic de Bleach ^^ Pero antes...

Silver escribió:Guardian: Me ha encantado el como has retratado las imagenes de los sers celestiales, muy parecidas eso sí a lo que se puede encontrar en libros de teología o en los frescos o pinturas de algunas iglesias. Pero me ha gustado más la descripción que realizas del ser todopoderoso, esa mezcla de temor y bondad que proyecta es simplemente sublime. Si hay algo en contra debria referirme a que a mí gusto se termina abruptamente, en otras palabras te deja con ganas de más.


No creí que la historia diera para mucho más... Es decir, dar da, y mira lo que ha dado, pero no para que me diera tiempo a terminarlo en el plazo previsto y en la extensión requerida. Es decir, este (y todos los relatos que he colgado por ahora a excepción de Crónica de la última batalla) los he hecho para distintos concursos (en BSP casi todos). Y eso encorseta y condiciona un poco.

Silver escribió:Esa Chica tan Cara: Sí al principio pense que se trataba de un hombre hablandole a una mujer, y luego me dije, es un hombre hablandole a un maniquí, pero al poco andar me si cuenta de lo que realmente era. Bien escrito aunque alejado un poco (a mi parecer) de tu estilo habitual. Bueno, pero predecible.


¿Sabes qué me pasa a mí con este? Que cada vez que lo leo me gusta menos. Sí, se aleja de mi estilo pero siempre me parece que le falta la puntilla. Intenté revisarlo una vez pero al final desistí, los song fics no són para mí. Si estuviera dentro de una historia más grande aún bueno, pero así, sueltos... No, definitivamente no.

Silver escribió:44 Segundos: Tuve la sensación de estar leyendo "Un Mundo Feliz" o viendo un trozo de alguna pelicula futurista al empezar a leerlo, me confundí un poco y me dio un poco de rabia no entender bien cual era el proposito final de aquel experimento, y cual era el problema?, no lo entendí yo o quedaba a la imaginación?. Como siempre muy bien escrito pero también con un final demasiado abrupto, pide a gritos una treintena de capitulos para desarrollarse más.


Pide a gritos y los tendrá. Sólo estoy estabilizándome un poco antes de completar ese propósito. Alex Mercury y ese futuro pseudo apocalíptico tendrán un lugar en mi obra, sólo espero que no quede en el tintero. Personalmente a mí es con Palabras para Julia, que es muy distinto a este, uno de los que más me gustan de los que he colgado para ahora. Y sí, el problema del experimento no aparece resuelto... Quién sabe, quizás es que no tiene solución.

Silver escribió:Carta al Destino: Es extraño, pero quizás por eso tan aclarador, que el protagonista se dirija al destino siendo que lo desacredita desde el rpimer momento. Como diria alguién por allí: Es sólo una excusa. Muy buena declaración de principios, pero que no nos señala si de verdad el autor esta verdaderamente arrepentido. en otras palabras, representa al dedillo a aquellos que cometen esa clase de barbaridades.


Sí, dirigirse al destino es sólo una excusa literaria para la declaración de principios que venía a continuación. Si no te ha parecido que el autor está verdaderamente arrepentido, entonces hay un fallo mío gordo, porque de eso se trataba xD. No quería tampoco caer en la cursilería y el melodrama, el lema para construir este relato era "Redención" no arrepentimiento.

Silver escribió:Hechicero de Nivel 94: Ya te lo había dicho, pero como lo he vuelto a leer, escribo de nuevo. Un relato ágil y exquisito que logra plasmar perfectamente el espiritu y ambiente que se vive al interior de un juego de este estilo. Mal actual? Adicción de muchos?. Con un final inesperado y acorde a nuestros días, el mejor de todos los que he leído en este pequeño vistazo.


Di tú que está un poco basado en la propia experiencia. Durante buena parte de mi último año de Bachillerato, todo el verano que precedió a mi entrada a la Universidad y buena parte de mi primer año allá, estuve muy enganchado a un MUD (siempre me gustaron más los MUDs solo texto que los MMORPGs) y mi madre estaba bastante desquiciada conmigo. No llegó a esos extremos anyway. Y sí, podríamos hablar de una adicción muy generalizada, sólo hay que ver cuántos (y en qué condiciones muchos de ellos) juegan al WoW y juegos similares... Me alegra que te haya gustado ^^
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Más One Shots (Bleach based)

Notapor rido el Mié Ene 28, 2009 11:56 pm

Como decía, es hora de comenzar a plasmar aquí todos los fics que he ido escribiendo alrededor del Manga Bleach. Muchos, al final, sólo toman el universo de Bleach para dejar rienda suelta a mis historias. Otros, respetan más lo que es el mundo de Tite, aunque siempre dentro de mis especulaciones particulares. En fin, sea como sea, ahí van.

In the beginning it was the stone

Spoiler: Ver
– ¡Jefe! ¡Jefe!

La voz de Jinta le despertó de la siesta, esa pequeña siesta que se tomaba todos los días tras la cena y que le ayudaba a mantenerse en pie durante sus exhaustivas jornadas de trabajo nocturnas. A veces se preocupaba por qué, por qué seguía dedicando tanto y tanto tiempo a la investigación.

Se había exiliado, había huido y se había sacrificado a sí mismo para que aquella maldita piedra no cayera en las manos equivocadas. Tenía que cargar con las consecuencias de su “crimen” y vivir lejos del mundo que conocía. Ya no era su trabajo, su deber pero... era su vida.

– Qué pasa... – musitó cuando se hubo espabilado lo suficiente.

– Ururu... – susurró el pequeño pelirrojo.– Se ha puesto rara otra vez.

– ¿Ha hecho algo?

– No, esta vez no. Tessai está con ella por si acaso.

– Está bien, no hay problema. Él sabe lo que tiene que hacer en cualquier caso.

– ¿No va a venir? – preguntó el niño al ver que su jefe parecía tener toda la intención de volver a un relajante sueño.

– ¿Es necesario? Sé que no podéis vivir sin mí pero... ¿ni siquiera una hora mientras echo una cabezada? – protestó.

Lleno de determinación, Jinta tiró de la sábana dejando a su jefe a la intemperie y lo agarró por su ropa. Le miró fijamente haciéndole ver que no estaba para bromas, pero los pensamientos de Urahara Kisuke no estaban ya en la siesta. Algo le había llamado la atención.

– Está bien, está bien – cedió simulando desgana. – Vamos a ver que le pasa a la pequeña Ururu. Por cierto Jinta, ¿te ha sentado mal la comida? Hace un momento parecía que te doliera el estómago.

Pero el pequeño no contestó esta vez a la provocación de su anfitrión. Algo serio estaba pasando y no los ojos de aquel niño lo reflejaban. Habían visto otras veces ponerse nerviosa a su amiga pero el pequeño recadero de la tienda nunca había reaccionado de ese modo.

– Jinta... – susurró paternal. – No te preocupes. Estará bien.

– ¡Bah!

– ¡Ah, jefe! Al fin llega.

Habían llevado a Ururu al la cueva que se abría en el sótano de la casa para poder tenerla lo más controlada posible en caso de que llegara a hacer algo. Tessai, que estaba sentado junto a ella, vigilándola, se levantó para recibir a su jefe

– No te levantes, Tessai – le ordenó. – Ahora mismo, sólo concéntrate en tu misión.

Kisuke se acercó lentamente al lugar donde la niña se movía inquieta. Se paró junto a ellas y se puso en cuclillas observándola fijamente en silencio durante un largo minuto. La niña parecía en estado catatónico, en trance.

– ¿Qué te pasa, Ururu? – le preguntó al fin, en un tono cariñoso.

Pero la niña no contestaba. Sólo el silencio fue su respuesta. Aunque aquello era habitual en ella, su mudez preocupó aún más al antiguo capitán. Insistió un par de veces con la pregunta, pero la respuesta fue siempre la misma: un sepulcral silencio.

– ¿No lo habías arreglado?

– Eso creía – respondió rascándose la coronilla en un gesto propio de quien no entiende qué puede haber pasado..

– ¡Pues te has equivocado otra vez! – gritaba Jinta, totalmente fuera de sus casillas.

– Está bien, – contestó Kisuke, tratando de calmar al pequeño – si no sabemos qué le pasa más nos vale averiguarlo. Cuando todo esto pase, lo arreglaremos definitivamente. ¿Qué te parece?

– ¿Qué más da? ¡Vas a hacer lo que quieras!

– Eso es cierto – sonrió. – Pero queda bien preguntar. Fíjate, recuerdo una vez en una de las aburridas reuniones de capitanes que el viejo Yamamoto anunció que...

Pero algo lo interrumpió, un estallido de energía reclamó su atención y la de todos los allí presentes, especialmente la de Ururu, cuya sensibilidad a las energías espirituales aumentaba exponencialmente en aquel estado.

– Y he ahí lo que ha transtornado a la niña – informó Kisuke como si acabase de inventar la mismísima rueda.

– ¡Vamos! – gritó Jinta.

El niño se dirigía ya a la escalera decidido a dar con su amiga y compañera de juegos, la víctima de sus bromas y de sus extravagantes invenciones. Los nervios recorrían todo su cuerpo impulsándolo a no permanecer quieto ni un sólo momento.

– No, tú te quedas – interrumpió secamente el líder de la peculiar cuadrilla. – Iré yo sólo.

La sombra que proyectaba su sombrero le tapaba la mitad superior de su rostro, pero aún así se podía adivinar perfectamente una mirada seria, concentrada. Pocas veces adoptaba aquella actitud ante algo aunque resultaba tranquilizador para sus subordinados.

El jefe se lo estaba tomando en serio, lo que hablaba de la importancia de aquello que estaba pasando, pero faltaban sus estúpidas bromas que indicaban que aquello se le podía escapar fácilmente de las manos. Aquella mirada cubierta por la sombra quería decir precisamente eso: “Tranquilos, es grave, pero nada que no se pueda arreglar. Lo tengo todo controlado.”

Tessai miraba expectante a su jefe, tranquilizado por su gesto. Jinta, aún sintiendo alivio por la expresión de Kisuke, seguía angustiado por la niña, que permanecía con los ojos bien abiertos, sudorosa, ausente...

– ¡Pero...!

– Sin quejas ni discusiones. Te quedas – repitió. – Tessai, lleva a Ururu a un lugar seguro. Jinta, prepara el laboratorio.

– ¿El laboratorio? – se interesó el mayordomo.

– Sí, este reiatsu es extraño. Quizás estemos ante el despertar de un nuevo... – se interrumpió, pensando que sería mejor no revelar todo aquello que se le había pasado por la cabeza en aquel momento hasta no cerciorarse de la verdad. – Voy a querer examinar unas cosas y no quiero perder el tiempo. ¡Venga! ¡Todo el mundo a trabajar!

Tomó su bastón y subió rápidamente la escalera con el pequeño pelirrojo tras él. Salió de la tienda y se puso en camino hacia donde había sentido aquel estallido energético. Lo intempestivo de la hora hacía que las calles estuvieran desiertas. Aquello venía bien, no era conveniente llamar la atención sobre él ni sobre lo que quisiera que estuviera pasando...

– ¿Esa no es la casa de Isshin? – dijo cuando se acercaba al foco de aquella desorbitada fuerza.

¿Cómo no se habría dado cuenta antes? ¿Tan desentrenado estaba? Su reiatsu no era perceptible así que no estaría por allí. Aquel viejo médico con vocación de funerario no había reaccionado ante lo que estaba pasando en su propia casa. Era sumamente extraño así que si lo que fuera que estuviera pasando había conseguido dejar fuera de combate al mismo Kurosaki Isshin no podía ser bueno.

Se acercó con mucha cautela a la casa tratando de mantenerse a una distancia prudencial, observando lo que pasaba antes de entrar en acción. Frente a la casa, Ichigo, el hijo mayor de su antiguo amigo y compañero, trataba de enfrentarse armado con un bate de béisbol a un enorme hollow.

– ¿Está loco? – pensó Kisuke en alto.

– Cuando crezca.

– Ya es mayor.

– No lo suficiente.

– ¿Y cuando será lo suficiente? Isshin, no te culpes por lo que le pasó a Masaki.

– ¿Y qué hago?

– Habla con él, dile que no todo es como él piensa.

– ¿Y condenarlo a vivir esta vida de muerte?

– ¡Es un sangre pura! – exclamó Kisuke. – Es su vocación.

– Ni de coña. Ya sufrí bastante. Cuando muera...

– Puede ser tarde, y lo sabes.

– ¿Y? Ya no me importa eso.

– Está bien, si ni siquiera mi adorable retórica es capaz de convencerte, lo dejaré estar. Aunque no lo comparta. Pero algún día estallará una guerra y entonces será irremediable...

Una figura más emergió de las sombras seccionando uno de los brazos de la bestia. Una pequeña shinigami trataba de defender al chico a la vez que vencer al monstruo. Podía haberlo hecho fácilmente, pero la insistencia de aquel chaval de pelo anaranjado entorpecía un combate sencillo.

Ichigo cargó contra él, pero era inútil. Aquella horrenda criatura estaba a punto de matarlo. La máscara blanca se abalanzaba rápidamente contra él. Lo iba a devorar y era inevitable, no era lo suficientemente rápido como para esquivarlo.

La shinigami se interpuso entre las fauces de la bestia y el cuerpo del chico, quedando atrapada entre sus dientes. Todo había terminado para ella. O al menos eso pensaba Urahara Kisuke, que ya desenvainaba su espada, su querida princesa carmesí, camuflada como siempre en su inseparable bastón.

Pero todo cambió en unos pocos instantes. Una pequeña conversación entre aquellos dos jóvenes, una mirada de decisión, una espada atravesando su corazón y, al final, una gran luz. Ninguno de los dos, ni él ni ella, supo jamás que alguien más había estado aquel instante iniciático en el que todo cambió hasta el fin de los tiempos.

La rabia inundaba el corazón de Ichigo, eso podía sentirlo. Rápidamente, descuartizó a aquel vacío que a punto había estado de matar a su hermana pequeña, a Yuzu. Afortunadamente, todo había terminado ya y el recién convertido en shinigami, rendido, se había desmayado.

Por su parte, a su lado, acurrucada en el suelo, la diosa de la muerte trataba de recomponerse de todo lo pasado. Sus ropajes blancos, en claro contraste con el típico uniforme negro que llevaba sólo unos minutos antes, denotaban su carencia de poderes, poderes que ahora poseía el chico de pelo naranja y la gran espada con la que había acabado con su enemigo.

– ¿Qué tal? – dijo al fin el viejo tendero. – Parece que necesitas ayuda.

La mujer lo miró con una expresión de sorpresa y terror reflejadas en su rostro. No entendía qué estaba pasando pero tampoco él. Sin embargo todo había pasado, no había por qué alarmarla más. Así que decidió sonreír y dibujó en su cara una expresión amable.

Entonces todo aquello se le pasó por la cabeza. Todos aquellos recuerdos se decidieron a volver a su mente. La piedra, la huida, el exilio... Tantos y tantos sentimientos cuyo fin era el momento de poner fin. Pero, ¿se atrevería? Aquello exigía el sacrificio de todo lo que aquella joven conocía.

– ¿Quieres un... gigai?

Las palabras salieron solas de su boca, ya no había nada que hacer. ¿Un gigai? No, no era un gigai cualquiera lo que le había ofrecido. Aún había marcha atrás pero si no lo hacía ahora... no habría otra oportunidad.

Ayudó a la joven a arreglar los desperfectos y, después, la condujo a la tienda donde la pequeña Ururu ya estaba más calmada y la situación se había normalizado. Los dos niños dormían, así que podía contar sólo con el bigotudo mayordomo.

– Tessai, por favor – dijo, llevando a la shinigami hacia la sala principal – prepara té y acércame el gigai que tengo en el laboratorio.

Mientras, la joven seguía en silencio. Aún no había pronunciado ni una sola palabra desde aquel “sí” con el que había aceptado la oferta del peculiar vendedor de caramelos. Parecía abatida, sobrepasada por unos acontecimientos que no había sido capaz de controlar y que le costaba asimilar en su memoria.

– ¿Quién... eres? – dijo al fin tras recuperar las fuerzas .

– ¿Yo? No soy nada más que un humilde vendedor de caramelos.

– No me mientas.

– ¿Mentir? ¿Yo? Nada más lejos de la verdad.

– ¿Quién eres? – insistió ella.

¿Revelar su verdadera identidad ante otro shinigami? ¿Debería? Un momento, cuando aquella chica se pusiera el gigai ya nunca más sería un shinigami pero aún podría informar a la Sociedad de Almas. “¡Qué tontería!”, se dijo. Al fin y al cabo, era un iluso si creía que alguien como él pasaba desapercibido en la tierra. Aún así, nunca había tenido el valor de revelarse abiertamente ante otro shinigami.

– Urahara Kisuke – contestó tras un breve silencio.

– Urahara Kisuke...

– El mismo que viste y calza pero no hablemos más de mí. Hablemos de ti. ¿Con quién tengo el placer este delicioso té?

– Kuchiki Rukia.

Un miembro de la alta nobleza, eso era la chica. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Kisuke. Sería más difícil ocultar el crimen que iba a cometer, no sería tan fácil que pasara desapercibida la falta de alguien como ella. “Aún hay marcha atrás” se dijo, pero no tendría otra oportunidad. Había que seguir adelante con el plan.

– Oh, una Kuchiki. Es un honor para mí recibirla en mi humilde tienda – contestó con una profundísima reverencia..

La conversación se prolongó poco rato pues el ajetreo de las últimas horas había hecho mella en la muchacha, que se derrumbó del cansancio. Toda la noche Tessai se quedó cuidándola y tratando sus heridas de modo que, al día siguiente, parecía como si nada hubiera pasado.

– Está bien, mientras recuperas tus poderes deberás vigilar a ese Kurosaki Ichigo, Rukia. Así que... bueno, desde ahora eres la alumna de intercambio Kuchiki Rukia en el Instituto de Karakura.

– ¿Cómo lo has conseguido?

– ¿Dudas de mí? Toma, tu uniforme.

– ¿Dónde viviré? ¿Aquí?

– Esto es una tienda de caramelos, no un hotel. Además tienes que estar cerca de él, por si acaso. Ichigo tiene un armario muy grande aunque... no te aconsejaría que te dejaras ver por su familia, no da una muy buena imagen.

– ¡¿Un armario?!

– Vamos... Conozco perfectamente los catres de la Academia, eso es mucho mejor.

– Vete a la mierda.

– En fin, toma – dijo tendiéndole un extraño guante rojizo. – Lo necesitarás para hacer salir su alma del cuerpo.

– ¿No tienes Soul Candy?

– Estoy esperando un pedido.

– Pues resérvame un tubo de Chappy.

– Uhm... – respondió pensativo. – Eso será difícil, las locas de la Asociación de Mujeres Shinigamis han acabado con el stock y no hay nada que llegue a un comerciante digamos... alegal como yo. Pero tengo del patito ese... ¿cómo se llamaba?

– Yuki – murmuró ella.

– Pues eso... te conseguiré un tubo de Yuki. Llegarán en unos días, no más de una semana.

– De acuerdo.

– En fin, se te hace tarde, deberías ir al Instituto. No querrás llegar tarde tu primer día de clase, ¿verdad?

– Cierto.

Rukia se despidió de todos los miembros de la tienda y se fue y, mientras lo hacía, al viejo capitán se le escaparon unas palabras que resumían todos sus sentimientos en aquellos decisivos momentos del fin de una era: “Lo siento”.


Levántate y sal de tu tierra

Spoiler: Ver
– ¡No lo entendéis! – gritó desesperado. – ¡Esto es más grande de lo que podéis imaginar! ¡Mucho más!

– Tranquilícese, Capitán – le instó el anciano que presidía la asamblea. – Seguro que hay una solución.

– ¿Tranquilidad? ¿Solución? – bramaba. – Esas palabras no tienen sentido ahora. No lo comprendéis, ¿verdad? ¡Es una catástrofe!

– La desesperación no servirá de nada – insistió el General. – Usted cálmese y medite sobre el asunto. El resto recopilen toda la información que puedan. Nos reuniremos de nuevo en dos días a la misma…

– En dos días podría haberse acabado el mundo – musitó inmediatamente antes de abandonar la sala.

Levántate y sal de tu tierra

De camino a su laboratorio, el Capitán de la Duodécima División, Urahara Kisuke, no podía dejar de pensar en lo que había acontecido en los últimos tiempos. Las pretensiones infantiles de la ciencia del Sereitei, las prisas por acabar una guerra eterna, la desmesurada ambición de poder, la frialdad de la investigación por la investigación, el ansia de ser el primero en llegar a descubrir la tan ansiada arma definitiva… todo aquello había llevado en última instancia al Sereitei, y a él mismo, por ser el Jefe del Escuadrón de Investigación y Desarrollo, a desarrollar aquel maldito artefacto que permanecía custodiado día y noche en lo más profundo de los sótanos del cuartel.

– ¡Espérame, coño! – maldijo por detrás una voz. – ¡Kisuke!

– No estoy para charlas superficiales esta tarde, Isshin – replicó sin siquiera darse la vuelta.

– Lo sé – replicó el Capitán de la Sexta División mientras encendía un cigarrillo. – Precisamente quería hablar contigo por todo esto.

– Pues dime entonces.

– ¿Tan grave es o estás exagerando?

– ¿Acaso aún lo dudas? – respondió. – Es peor de lo que nunca pudimos concebir.

– Pero ganaríamos la guerra de una vez por todas…

– ¿A qué precio? ¿De joderle la vida a una serie de personas? ¡Por Dios! ¡Hablamos de hollows! “Poder definitivo”… ¡Condena! ¡Condena a muerte!

– Eso no lo sabes – objetó Isshin.

Nunca había visto a su amigo así. Desde los tiempos de la Academia, Kisuke y él habían estado juntos y sus carreras habían corrido suertes paralelas. Conocía a aquel genio como si fuera su propio hermano y aún así no podía dejar de sorprenderse, y aterrorizarse, por el semblante catastrofista y excesivamente serio del siempre risueño, optimista y esperanzado Capitán.

– Lo sé – se giró meditativo Kisuke.

– ¡Lo has probado! – exclamó su interlocutor viendo a través de la expresión de su amigo.

– No – trató de disimular.

– No mientas…

Pero Urahara Kisuke no contestó, ya no atendía a su mejor amigo, su mente estaba fija en otros asuntos. Dándose cuenta de ello, su colega dejó de acosarle con sus preguntas y se retiró, permitiéndole regresar a su refugio en silencio, lo que más necesitaba en aquel momento.

Sí, había probado el Hougyoku, ¿pero a qué precio? Los sujetos de prácticas eran criminales condenados a muerte o a una larga vida en prisión ¿pero no eran precisamente por ello más peligrosos? ¿Acaso no eran también shinigamis? ¿Personas? ¿Gente cómo el? ¿Qué más daban las faltas que hubiera cometido? “Iban a morir igualmente” ¡Qué gilipolleces! ¿Y ahora qué? Ahora eran monstruos, pero daba igual: “era por el bien y la paz”.

Atravesó serio, meditabundo, sin su habitual sonrisa, las dependencias exteriores del Cuartel de la Duodécima División llamando la atención de sus subordinados, que acostumbraban a verlo de mucho mejor humor. Pero no estaba el horno para bollos. Sonreír era un lujo que ahora mismo no se podía permitir. Se desplomó sobre el sillón de su despacho y observó fijamente el laboratorio central, donde se custodiaba la maldita joya, a través de la cristalera que hacía las veces de pared. La estancia estaba sumida en penumbra, iluminada sólo por unos tenues focos y el misterioso resplandor que emanaba de aquel pedrusco.

Era casi impensable que algo tan pequeño, tan inocuo en apariencia, fuera la fuente de tantos quebraderos de cabeza para su creador. ¿Cómo aquello podía tener semejante poder destructivo? Dicen que las mejores esencias se guardan en frascos pequeños… puede que las peores también se guarden en diminutos recipientes.

– ¿Se encuentra bien, jefe? – se preocupó una voz a su espalda.

– Sí… – suspiró, dándose la vuelta y viendo como un hombre grande y gordo depositaba una bandejita de te con sus enormes manazas. – Gracias, Hacchi.

Allí estaba, siempre servicial y siempre atento a cualquier cosa que pudiera perturbar la paz, aquel hombre atípico. Aunque la anormalidad era algo tan común entre los miembros de aquella división que alguien atípico había resultado por ser algo normal.

– Tiene mala cara…

¿Mala cara? La cuestión no era la cara que pudiera o dejara de tener. Aquello le había afectado demasiado precisamente a él que siempre parecía inalterable, insensible, siempre despreocupado y poco interesado en las consecuencias de sus actos. Pero allí estaba la clave: “parecía”. Muy pocas personas, quizás sólo Yoruichi, Isshin, Tessai y aquel hombre que ahora se alzaba como un muro enorme frente a él conocían los complejos mecanismos que se ponían en marcha bajo aquella rubia melena que comenzaba ya a mostrar los frutos de tanta preocupación, como le gustaba llamar a las canas que, incipientemente, comenzaban a brotar en su pelo.

– Sólo es cansancio – mintió por enésima vez aquella mañana. – ¿Cómo están los sujetos de la prueba?

– Controlados – explicó el grandullón. – El teniente Kurotsuchi está con ellos en este preciso instante.

– Bien – asintió mientras jugaba nervioso con los papeles. – ¿Podrías ir a echarle una mano?

– Ya tiene a su hija con él y los sujetos están sedados… – argumentó Hacchi tratando de librarse de la compañía de aquel hombre. – No creo que…

– Hacchi, por favor… – le suplicó con la mirada.

No culpaba a su viejo subordinado, pero no tenía ganas de discutir con nadie. Todos conocían la preocupación que Kurotsuchi Mayuri suscitaba en su Capitán. A pesar de sus grandes dotes como científico y de ser su segundo al mando, su supuesta mando derecha, Urahara Kisuke nunca había confiado en su teniente. Sus métodos, su enfermiza obsesión por el poder, su falta de ética… Muchos eran los factores que ensombrecían el juicio de un hombre que, atendiendo a sus capacidades intelectuales y de combate, estaba capacitado para suceder algún día a su Capitán, a quien le unía una extraña mezcla de sentimientos de odio, envidia y admiración.

Kisuke despidió a su ayudante con un débil hilillo de voz y continuó revisando los papeles con la mirada, tratando de engañar a su mente con un poco de trabajo. Sus ojos se posaron entonces sobre otro de los expedientes de investigación, otro de los quebraderos de cabeza que no podía dejar de lado, por importante que fuera la crisis en la que se encontraban.

– ¿Cómo están los niños? – preguntó, deteniendo los pasos de Hacchi, que tenía el picaporte ya en la mano.

– Tessai está con ellos – informó. – ¿Quiere que lo llame?

– No hace falta – suspiró. – Si está él con los pequeños no hay de que preocuparse.

Si los actos del Teniente suponían una fuente de preocupación constante, el Tercer Oficial de la División, Tsukabishi Tessai, era todo lo contrario. Era realmente su mano derecha, su hombre de confianza y, si por él fuera, sería su Teniente, pero ese nombramiento dependía de instancias superiores con las que no quería batallar. Además, se decía a veces, así tenía a Kurotsuchi controlado.

El tiempo pareció detenerse desde entonces. Sin ninguna obligación más que vigilar la piedra, el tiempo que restaba hasta la próxima reunión del Consejo de Capitanes pasó lento y de forma muy tediosa. Eran días de caos interno, de tormenta emocional, de profunda meditación. Pretendía tener todo controlado, como siempre hacía, pero cuando creía hacerlo, todo volvía a desmoronarse una y otra vez al encontrar un nuevo matiz, un nuevo dato… algo, cualquier cosa, por ínfima que fuese… Sí, realmente, había encontrado su particular némesis en aquel pequeñísimo dispositivo.

– Capitán Urahara – le cedió la palabra el viejo Capitán General al comenzar la reunión.

– Bien – carraspeó. – Los estudios sobre la posibilidad de destrucción del Hougyoku…

– ¿Destrucción? – preguntó el Capitán Kyouraku.

– El Hougyoku se creó para usarse, Capitán Urahara – apuntó el General Yamamoto.

– Su uso es desaconsejable – se apresuró a sentenciar en un tono que no tenía que ver con el que había adoptado dos días atrás. – Ya sólo la mera idea y no sólo sus efectos.

– ¿Por qué?

– Sencillo – respondió. – Pretendemos liquidar a unos monstruos igualándonos a ellos. El Hougyoku no es una espada, no es un arma de fuego, ni un arte demoníaca. Hablamos de despertar hollows de inmenso poder dentro de nuestras murallas. Hablamos de crear individuos inestables. ¿Podremos controlarlos? ¿Hasta cuando? Serán guerreros inmensamente poderosos, más que cualquiera de nosotros. ¿Y si se nos va de las manos?

Muchas de las palabras que acababa de decir no se las llegaba a creer él mismo pero sabía que una alerta de aquel tipo era la única forma de convencer a aquellos doce hombres, compañeros, rivales, amigos y enemigos, de que utilizar aquella esfera negra tan inocua en apariencia era la mayor estupidez que podían cometer. Por eso, puso en juego todo su savoir faire y sus dotes como orador que tanta famoso lo habían hecho al servicio de aquel objetivo: evitar poner en juego a aquellos hombres-arma.

El interrogante que sobrevenía entonces a la mente de Urahara Kisuke no era otro que si aquella estrategia del miedo causaría el efecto deseado a sus colegas, guerreros de élite y sabios, conocedores de su campo como ningún otro.

– Creo que el Capitán Urahara tiene razón – murmuró tímidamente la recién instituida Capitana de la Cuarta División, Unohana Retsu. –Los estudios médicos revelan un alto índice de inestabilidad en los sujetos de las pruebas, por eso se les mantiene sedados.

– Supongo que entonces no hay ningún motivo para oponerse a la propuesta del Capitán – intervino Shiba Isshin, tratando de apoyar a su mejor amigo

Así, uno tras otro, la mayor parte de los capitanes fue situándose del lado del Capitán de la Duodécima División en contra de la continuidad de la investigación. Parecía como si su plática catastrofista hubiera calado hondo en la conciencia de los presentes en aquella reunión, pero no podía olvidar que la puntilla al proyecto la habían puesto las tímidas palabras de Retsu, quien a pesar de ser una “novata” entre ellos causaba un profundo respeto entre sus iguales.

– Bien, en vista de la posición del Consejo, – masculló Yamamoto, que no parecía estar totalmente de acuerdo con la decisión – ordeno la cancelación del llamado Proyecto Hougyoku y la clasificación de todos los documentos relacionados atendiendo a su consideración como alto secre…

La orden del Capitán General fue acallada por el repentino sonido de una alarma, que provocó el nacimiento de una cierta inquietud entre los allí presentes. Temiéndose lo peor, Kisuke encaminó presuroso sus pasos hacia el Cuartel.

Rápidamente se le unieron Yoruichi, la líder del grupo de los ejecutores, e Isshin, que iba acompañado de su joven y presuntuoso Teniente, el heredero de la casa Kuchiki. Entre ellos tres no hacían falta las palabras para comunicarse. Una vida en común había conseguido que una mirada sobrase para entenderse a la perfección. Aquella alarma sólo podía provenir de un sitio…

– ¡¿Hollows en el Sereitei?! – exclamó Isshin alarmado ante lo que veía. – ¿Cómo?

– No son Hollows cualesquiera, míralos – le instó Urahara. – ¿No notas nada extraño en aquellos?

– ¡Menos! – exclamó Yoruichi. – Bien, nosotros nos encargaremos del flanco este. ¡Fong!

Al lado de aquella belleza de ébano, una pequeña sombra apareció como salida de la nada para luego desvanecerse nuevamente llevándose consigo a su compañera. Su intuición era correcta, buena parte de aquellos vacíos eran Menos, y no precisamente Gillians. Y si había una legión de Adjucars invadiendo el Sereitei, no quería imaginarse quién o qué los lideraba.

Apuró el paso y alcanzó la parte noroeste de las instalaciones de la División antes que su amigo. Aquella zona permanecía aún asegurada y serviría de entrada para los refuerzos que no tardarían en llegar. Sin embargo, la defensa de aquella plaza era secundaria, ahora lo que importaba era comprobar que el Hougyoku estaba seguro.

Afortunadamente, nadie había conseguido penetrar en el edificio central, donde se encontraba el laboratorio principal, en el que se custodiaba el dispositivo. Hacchi lo defendía demostrando porqué estaba considerado uno de los mayores expertos de Bakudou que habían salido de la Academia de Shinigamis.

Fue una batalla épica, la mayor que se recuerda en el interior del Sereitei antes de la llegada de aquellos intrusos que hicieron que toda la Historia de la Sociedad de Almas diese un vuelco radical. Fue tal la violencia y la crudeza del combate, que la sangre, tanto de shinigamis como de hollows, tiñó de rojo las níveas callejuelas de la ciudadela casi en su práctica totalidad.

Edificios destruidos, el gran hospital de la Cuarta División colapsado, centenares de difuntos, miles de heridos… El balance fue desolador, pero la amenaza fue contenida y rechazada. El Gotei 13 había ganado una nueva batalla, pero esta vez habían golpeado en lo más profundo de su corazón. ¿Cómo habrían llegado tan lejos?

Temía que aquella fuera la excusa para la revocación de la última orden del General, pero por fortuna pesó más un nuevo riesgo del Hougyoku que no había expuesto en su comparecencia ante el Consejo: la carrera por hacerse con la posesión de la piedra iba a encrudecer y a hacer más frecuentes los enfrentamientos entre ambos bandos.

– Es cosa suya – murmuró al final de la batalla cuando se hallaba descansando junto a Yoruichi e Isshin.

– Pero es imposible… Estaba con vosotros, ¿no?

– Además, ¿cómo puedes desconfiar de él? – le preguntó Isshin.

– Nadie puede ser tan jodidamente bueno – argumentó. – Tiene que estar tramando algo. Siempre me tuvo envidia…

Nunca le había caído bien el siempre simpático, educado, cortés y noble Aizen Sousuke. Desde siempre había intuido que algo urdía desde las sombras, pero nunca nadie le hacía caso. Para el mundo, el joven teniente Aizen, que aún no había llegado a Capitán por simples vicisitudes del destino pero cuya popularidad le concedía casi los mismos privilegios que a uno, era el ideal del caballero, un paladín del bien y la justicia. Para Kisuke, era un demonio que aún mantenía su apariencia de ángel esperando el momento indicado para asestar el golpe definitivo a Dios.

– ¿Sigues investigándole?

– Sí… – murmuró en respuesta Isshin. – Pero no encuentro nada… No encuentro nada, porque no lo hay…

– Tiene que haberlo…

Nadie le creía, pero él estaba seguro. El tiempo le daría la razón, pero aunque no lo hiciera, aquella batalla era el signo revelador de que alguien de dentro quería hacerse con la posesión del Hougyoku para sus propios fines y se había aliado con la peor calaña de toda lo existente: los Menos que gobernaban Hueco Mundo. El nombre del traidor era irrelevante, el hecho es que tal traidor existía.

Era el momento de acabar con ello de una vez por todas. Tratando de ser lo más cortés posible en aquella situación, despidió a sus dos colegas y se retiró al laboratorio a pensar en una manera de deshacerse del Hougyoku.

Destruirlo era imposible: la cantidad de energía que se liberaría sería tal que podría acabar con la existencia de todo cuanto habían conocido en un abrir y cerrar de ojos. Había que buscar otro remedio, pero ¿cuál? Sea como fuere, el Hougyoku debía desaparecer del mapa…

¡Sí! ¡Esa era la clave! ¡Fingiría la destrucción de la joya y la ocultaría! Ojos que no ven, corazón que no siente. La pregunta era ya no “¿qué hacer?” sino más bien “¿cómo hacerlo?” Ocultar algo tan pequeño como aquella piedra era relativamente fácil a nivel físico pero… ¿a nivel espiritual? La presencia espiritual de aquel pequeñísimo dispositivo era una gran sombra más que perceptible para un observador experto.

– Necesito ideas – se dijo en alto. – Ideas, ideas, ideas…

– ¿Perdón?

Kisuke se giró en su silla al descubrir la voz que le interpelaba desde el umbral de la puerta. Era Tessai, que venía a informar de los avances en el tratamiento de aquellos dos chiquillos, víctimas de otro de los alocados experimentos que un día había decidido acometer.

– Se ha comenzado el proceso de recuperación de los pacientes. En cuanto al paciente masculino…

– Jinta… – le interrumpió su capitán. – Son personas, tienen nombre.

– Perdón, señor – se corrigió. – En cuanto a Jinta, se espera un resultado satisfactorio al 100%, podrá hacer una vida normal. En cuanto a la pac… a Ururu, las previsiones no son tan esperanzadoras…

– ¿Cuál es el pronóstico?

– Un 70%... quizá menos – informó el Tercer Oficial. – Con un Gigai especial y vigilancia intensiva…

– No concluyas esa frase con “podría llevar una vida norm…” – comenzó a reprocharle. – ¡Un momento!

Comenzó a revolver entre los papeles de su mesa buscando unos planos de unos nuevos diseños en los que estaba trabajando. Con una excitación casi febril, revisó cálculos y rediseñó gráficos para luego quedarse observándolos fijamente con una misteriosa sonrisa en sus labios.

– Eres un genio…

Días más tarde, el nuevo ingenio de la Duodécima División había sido concluido. Un artefacto único en su especie, peligroso y perturbador, igual que el Hougyoku. Y es que nada menos podría esperarse de la que pretendía era la tumba definitiva de tan catastrófica a arma.

– Capitán Urahara – intervino de pronto una voz a su espalda.

Tres pares de brazos pertenecientes a miembros del pelotón de ejecutores se apresaron a sujetarlo, pero él no opuso resistencia. Todo estaba dentro de sus cálculos. Destierro, deshonor…todo era un mal menor. Conseguiría alejar ese pedrusco de todo el mundo y, sobre todo, de Aizen Sousuke, a quien poco a poco había ido considerando su némesis.

Todo estaba preparado en aquella pequeña cabaña del Rukongai donde, un día, siglos atrás, había decidido convertirse en shinigami. Aquel era su pequeño santuario y sería el último lugar de la Sociedad de Almas que pisaría, así lo había decidido.

– ¿Estás seguro de esto, Tessai?

– No puedo dejar a estos niños a cargo del Ten… Capitán Kurotsuchi, Señor.

– Ya no me llames así – le sonrió.

– ¿“Jefe” le parece bien? – irrumpió una nueva voz.

– ¿Hacchi?

– No voy a dejar que los maten – dijo, señalando al grupo que le acompañaba. – Nos vamos con usted. Sólo una cosa…

– ¿Qué?

– Quiero ser uno de ellos – sentenció sombrío pero sonriente. – Si voy a cuidarles y protegerles no quiero ser “el diferente”. Utilice eso conmigo.

– ¿Estás seguro?

Aquella fue la última vez que Urahara Kisuke activó el Hougyoku. Un tenue resplandor oscuro, por paradójico que parezca, envolvió al grandullón por completo, pero nada pareció cambiar. Pronto comprendería que aún era temprano para descubrir todos los efectos de aquel artefacto.

Observó a tan peculiar comitiva y se dedicó una pequeña sonrisa. Al menos, donde quiera que acabara no estaría solo. Aparecieron también, sin previo aviso, Yoruichi e Isshin, sus dos mejores amigos, de esos por los que uno daría su vida y que sabía que darían la suya propia si era necesario. Pero en aquel momento no sabía cuan lejos llegaba aquella afirmación.

– ¿Habéis venido a despediros?

– He ordenado la estabilización de las paredes del Dangai – anunció Shiba Isshin. – Será mi última orden como Capitán de la Sexta División.

– ¿Tu última qué? – respondió sorprendido Kisuke.

– Te guste o no, – terció la ya en aquel momento Ex-líder del Escuadrón de Ejecutores – nos vamos contigo. Y no hay discusión posible.

– Pe… Pero…

– Ya te lo ha dicho Yoruichi: no hay peros que valgan – insistió el Shiba. – Nos vamos contigo y no hay marcha atrás.

– ¿Y Masaki? ¿No está en una misión? ¿Piensas abandonarla así como así? ¿Y tu familia?

– Por partes – le detuvo. – Masaki sabe lo que tiene que hacer y Kuukaku será capaz de sacar al clan adelante – afirmó, exhibiendo su habitual sonrisa de seguridad. – Yo la crié, ¿acaso lo dudas?

– No hay nada que puedas objetar, Kisuke – le sonrió amenazante su amiga.

– Si estáis tan locos de seguirme, vamos – resopló. – Pero si os mareáis con las curvas y los baches, no lo olvidéis, en este viaje no hay bolsa para los vómitos.


Hombres de Oro

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– ¿Qué hay detrás de esos muros? – murmuró por lo bajo Hoshitaro.

Había vuelto a pararse a contemplarlas. Trataba de llegar más allá con su mirada. Más allá de aquellas blancas paredes que le separaban de lo desconocido, más allá de aquellas pequeñas ventanas por las que se filtraban unos tenues rayos de luz natural que contrastaban con la fría iluminación artificial.

– ¿Aún sigues preguntándotelo?

– Somos pájaros enjaulados, Marcus.

– Somos privilegiados.

– ¿Por qué? – replicó. – ¿Acaso estar recluido entre estos muros toda la vida nos convierte en privilegiados?

No era la primera vez que entablaban aquella conversación. Habían crecido juntos en el interior de aquel recinto, como muchos otros. Nadie cuestionaba las reglas, nadie se interrogaba acerca de aquellas preguntas “innecesarias”, nadie buscaba respuestas que nunca podría encontrar dentro de aquellos muros. Nadie excepto él.

¿Cuánto había pasado? ¿Treinta años? ¿Cuarenta? ¿Un siglo? No es difícil perder la noción del tiempo cuando rara vez ves la luz del sol. Aunque en realidad, ¿qué más daba? Cuanto más tiempo hubiera pasado, más deprimente habría sido.

Las raras veces que alguien del exterior entraba en su territorio, constituían todo un acontecimiento para Hoshitaro, no así para sus semejantes, que veían el demonio en todo lo que tuviera relación con lo que sucedía fuera de aquellos muros.

Sin embargo, para él, aquellos hombres de capa blanca eran verdaderos ángeles, dioses que habían decidido poner su pie entre ellos aunque fuera sólo unos minutos. Los contemplaba con una ferviente admiración, en silencio, pues no le estaba permitido entablar una mísera conversación con ellos.

Así, tenía que observar impotente cómo “los suyos”, aquella gentuza, se comportaba de aquella manera tan indolente, soberbia, hipócrita… con aquellos enviados de un mundo mejor, hermoso, de un mundo que rebosaba vida.

Sí, rebosaba vida. Aquellos personajes eran muy diferentes: hombres y mujeres de toda edad, condición y apariencia física; pero, sin embargo, todos poseían algo en común, emanaban vida, como si fueran una rosa abierta en medio de las atormentadoras espinas.

– Deja de soñar despierto – le aconsejó Marcus.

– ¿Qué pasa? – se dio la vuelta hacia su viejo compañero. – ¿Nunca lo has pensado? ¿Nunca te lo has preguntado?

– ¿Lo necesito? – respondió su interlocutor con naturalidad. – Tengo todas las respuestas que quiero. ¿En serio hacen falta más?

– No te creo. ¿Nunca te has preguntado qué hay más allá de estos muros?

– No – sentenció tajante Marcus. – No me hace falta porque ya sé la respuesta. Caos, sólo eso. Caos, tristeza, guerra, dolor… Eso es lo que te espera más allá de esa pared.

– ¿Y qué hay de la libertad?

– ¿Libertad? – replicó escéptico. – Una mera ilusión. La libertad es el caos y el caos es la muerte y el dolor. En cambio, nosotros aquí estamos seguros. El orden nos protege.

– Ya… – resopló el otro, girándose de nuevo hacia aquella blanca muralla.

– No puedes seguir así toda tu vida – añadió Marcus en un tono más cariñoso. – Venga, tenemos trabajo…

Sí, trabajo. Ser la mano invisible que maneja el mundo era algo que no estaba hecho para él. ¿Por qué había tenido que ser él?

Un hombre sabio de la antigüedad decía que los dioses, al nacer un niño, ponen en él un trozo de metal. En unos ponen oro, en aquellos que tomarán en sus manos la tarea de la guía del pueblo. En otros, en los encargados de proteger a sus semejantes, introducen una pequeña cantidad de plata. En los demás, bronce o hierro, esos serán los encargados de servir, de ganarse el pan de cada día con el sudor de su frente, de luchar de sol a sol por contemplar el siguiente amanecer.

– Se abre la sesión 5136209 – informó una voz metálica a través de la megafonía. – Se ruega a los miembros de la Cámara que ocupen sus puestos.

– Venga – le apremió Marcus, tirándole de la ropa.

– Hombres de oro… – se dijo para sus adentros. – Prisioneros del destino, más bien.


El Gran Reto

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– ¿Qué haces?

Aquella vocecilla le sacó de sus ensoñaciones. Tratando de sobreponerse al sueño, Alessandro Dellaqua se preguntaba sobre la necesidad de aquel estudio ahora que ya era todo un shinigami. Pero si el Capitán decía que era necesario, él tenía muy claro de que no se iba a oponer… por ahora.

– Escribir – respondió, regresando a este lado del mundo.

– ¿Escribir?

– Sí… Un amigo me ha retado a un duelo – explicó. – Se trata de…

– ¿Un duelo? – preguntó su interlocutor sorprendido. – ¿Entonces no sería mejor que practicases con la espada? ¿O es que estás escribiendo tu testamento?

– Se trata de un duelo literario – apuntó. – ¡Ya sé!

– ¿Ya sabes?

– Se me acaba de ocurrir una idea – sonrió Alessandro abiertamente.

El gran reto

– ¿Hablando con un lápiz? – irrumpió una nueva voz.

Si esta historia tuviera una banda sonora, quizás se escucharía uno de esos rugidos feroces de aquellos antiguos tocadiscos de vinilo cuando su aguja resbalaba sobre las pistas al detenerse de golpe o recibir un golpe. Sin embargo, por falta de presupuesto, nos tendremos que conformar con una historia muda… Triste, ¿verdad?

– Espera, me corrijo – añadió la recién llegada ante el silencio de su amigo. – Estás hablando con un lápiz… ¡otra vez!

– ¡Vivienne! – se sobresaltó el otro.

– No exageres, llevo aquí un buen rato. Debes estar perdiendo facultades.

– ¿Yo? – sonrió Alessandro, soberbio. – ¿Perdiendo facultades? Ni en mi años serías capaz de…

– ¿Te recuerdo lo que pasó la semana pasada?

– Calla, calla – le pidió apresuradamente él. – No hables tan alto, que tengo una reputación que mant… ¡¿Qué haces?!

– Habíamos quedado hoy, ¿recuerdas?

– ¿Quedado? ¿Seguro?

– ¡Sí!

– ¿Para ir a dónde?

– No me digas que no te acuerdas.

– Pues no, no me acuerdo – respondió Alessandro. – Además, ¿es preciso que me lleves a rastras por todo el cuartel?

– Así matamos dos pájaros de un tiro – sentenció Vivienne.

– Sí, claro – bufó.

Pero, curiosamente, Alessandro Dellaqua no se resistió a la maniobra de su vieja amiga y compañera (¿o quizás eran algo más?) que le llevó arrastró a través de todo el cuartel de la Quinta División, directa hacia la salida.

Aunque algo cambió en su expresión en cuanto vio el exterior. No le importaba que le vieran así en el cuartel, pero… ¿en la calle? ¡Nunca! ¡Ni en broma! Allí, al menos, aún le quedaba algo de nombre que mantener limpio.

Con unos cómicos aspavientos, el joven aspirante a oficial consiguió liberarse de la presa que Vivienne mantenía con su fuerza sobrehumana y se puso en pie de un salto, sonriendo simpáticamente a su amiga mientras se sacudía el uniforme durante una gran cantidad de tiempo provocando que la nube de polvo fuera tan grande que casi ni pudiera ver a la persona que tenía delante.

– ¿A quién le tocaba limpiar hoy? – preguntó quejicoso.

– Al mismo que ayer…

– Muy explicativa – suspiró.

– ¿No te dije que así mataba dos pájaros de un tiro?

– Y muy graciosa también – protestó. – En fin, vamos allá.

Salieron al exterior del cuartel, donde lucía uno de esos grises día en los que, de vez en cuando, aparece un pequeño claro de luz entre la gran capa nebulosa que obliga a todo el mundo a entrecerrar los ojos concediéndole aspecto de orientales. Es cierto que ahora cabría preguntarse sobre el motivo de que los orientales tengan los ojos normalmente entornados, pero… ¿serviría de algo?

– ¿Ya sabes a dónde vamos? – le preguntó Vivienne, que le seguía unos pasos por detrás.

– A la Sala de Juegos.

– No.

– A… ¡A ver una ejecución al Dúo Terminal!

– No.

– ¿Al cine?

– No.

– ¿A una de esas aburridas reuniones de la Asociación de Mujeres Shinigamis?

– No – volvió a responder ella. – Y no son aburridas, pero tus pocas neuronas te impiden comprender de los temas tan importantes que tratamos.

– Sí, claro… El color de los Soul Candy, por ejemplo. Cuestiones de estado…

– Si no lo sabes, ¿por qué vas delante? – preguntó Vivienne procurando no contestar al comentario displicente de su amigo.

– Porque tú vas detrás – explicó Alessandro con total naturalidad mientras cedía el paso a su compañera.

Aceptando la invitación, ella tomó el liderazgo de aquel pequeño y guió a su amigo hasta la zona más céntrica del Sereitei, concretamente, hasta el lugar donde se alzaba la Gran Biblioteca Central de la Sociedad de Almas: su destino.

– ¿Qué hacemos aquí? – preguntó tras un profundo bostezo que simbolizaba la gran excitación que le invadía al contemplar aquel edificio. – ¿Recoger un libro?

– Estudiar.

– ¿Estudiar?

– Estudiar.

– Pero… ¡¿Qué?! ¿Estudiar?

– Habíamos quedado en ello…

– ¡¿Qué?! ¡¿Quién?! ¡¿Cómo?! ¡¿Cuándo?! ¡¿Dónde?! ¡¿Por qué?!

– Sí, tú – replicó Vivienne.

– No me lo creo – murmuró Alessandro escéptico.

– No lo hagas.

– ¿Cuántas copas llevaba?

– Unas veinte… – respondió ella sin pensar. – ¡Mierda! – añadió al darse cuenta.

Un avergonzado tono colorado tomó posesión de las mejillas de Vivienne cual escalador que acaba de alcanzar la cumbre del Everest. En verdad, el rostro de la muchacha parecía uno de esos mapas térmicos en los que se entremezclan varios matices rojizos indicando la temperatura en cada uno de los puntos que representa.

– ¡Lo sabía! – repetía una y otra vez el ítalo señalando a su amiga con el dedo.

– ¡Pero yo…!

– Nada, nada… ¡Me vuelvo a la habitación!

Vivienne debió pensar que aquel momento era el apropiado para un sutil cambio de estrategia así que encogió de hombros, redujo su tono de voz a un infantil hilillo de voz y trató de ser lo más “suave” que podía.

– Venga…

– No – se resistía Alessandro.

– Porfa…

– No.

– Jolines…

– ¡Que no!

– Porfa porfa porfa – dijo muy rápido, como si fuera una niña pequeña.

– ¿Te has vuelto idiota de repente? – se dio la vuelta el chaval. – ¿Te traigo el biberón? ¿O prefieres el chupete?

– Muy gracioso – resopló ella, dándose por vencida.

– Y eso que no me has cogido inspirado.

– Nada, vete a “inspirarte” – resolvió Vivienne. – Déjame sola… abandonada… indefensa… – lloriqueaba. – ¡¿A dónde cojones te crees que vas?!

– Oops.

– Sí, “oops”.

– ¿No habías dicho que me fuera? Pues me voy.

– ¡¿Pero tú eres tonto?!

– ¡Oye, respeta! ¡Que yo no te he fal…! – Alessandro se detuvo. – ¡¿Qué haces?! – exclamó mientras su rostro adoptaba una expresión de profundo pánico. – ¡¿Por qué desenfundas?! ¡¿Qué vas a hacer?! ¡Deja la espada en la funda! ¡Deja la…! ¡Vivienne!

Las Autoridades Morales del Sereitei han estimado que los contenidos que seguían a esta escena podrían herir la sensibilidad de los lectores debido a la excesiva carga de sexo y violencia que contienen. Por ello, se ha procedido a su supresión y a su sustitución por la emisión de un filme de menor contenido adulto conocido como Holocausto Caníbal. Gracias a todos por su comprensión, esperamos seguir censurándolos en próximas ocasiones.

Atte.
Asociación de Censores Unidos de la Sociedad de Almas (ACUSA)
Censurando tus barbaridades desde… hace mucho.


– Eres muy bestia, ¿lo sabes? – comentó la vocecilla anónima que habíamos conocido al principio de este relato. – ¿Esta es tu gran idea?

– ¿Yo? ¿Por qué lo dices?

– ¿No se suponía que de lo que se trataba era de que escribieras un relato cómico?

– ¿Y no se supone que tú no eres nada más que un lápiz?


Demon Inside

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El Distrito 72 más parecía un infierno que el paraíso que cualquier mortal gustaba de describir cuando pensaba en lo que habría más allá. Los aullidos de dolor, los llantos y los alaridos extáticos de verdaderas bestias sedientas de sangre formaban parte de la banda sonora habitual del pequeño poblado, y no era excesivamente raro ver cadáveres, unos recientes y otros no tanto, decorando sus pequeñas y sucias calles.

Aún así, siempre les quedaba un pequeño consuelo. En aquella Tierra de Asesinos, Tierra de Muerte, había aún unos cuantos desdichados que los pasaban bastante peor que ellos. Afortunadamente, ellos sólo tenían que soportar las embestidas más o menos frecuentes, más o menos sangrientas, de los grandes grupos criminales, verdaderos ejércitos, de los distritos inferiores mientras confiaban sus vidas a la pequeña mafia local, que constituía un verdadero gobierno en la sombra.

Para alguien que llevase tiempo viviendo allí, aquel sufrimiento tan presente, día y noche, podía llevarles a generar una especie de coraza llamada indiferencia que les permitía evitar el riesgo de caer en la locura que cualquier persona se sumiría de convivir con tanto dolor rodeándoles día y noche. Eran ellos los que lograban seguir vivos; los que no habían conseguido crear ese escudo acababan pereciendo tarde o temprano. Aunque era cierto que había excepciones, como ella…

Y para los que conseguían sobrevivir, la vida en el Distrito 72 dejaba de ser un infierno para ser un agradable purgatorio, monótono y llevadero en el que expiar sus pecados mientras aguardaban un mundo mejor, o una verdadera oportunidad de llevar una nueva vida, tranquila, y superar el dolor de sus alrededores.

Había quien defendía que soñar con una vida mejor no les estaba permitido a ellos que, por fruto del azar o por caprichos del destino, habían acabado viviendo en aquel suburbio de la humanidad, alejado de todo lujo cuanto podían encontrar. Decían que esas falsas esperanzas habían conducido a más de uno a la locura y a la muerte, que si uno quería sobrevivir en Yorokonde tenía que tener los pies en la tierra y dejarse de soñar despierto, que desde que habían despertado allí, la muerte era la única salida.

Aún así, había quien se permitía el lujo de soñar sin caer en aquel abismo de locura: los fuertes, aquellos cuya alma estaba por encima de los demás, aquellos que sí podrían llegar a ser capaces de abandonar aquel pequeño infierno, aunque muchos de ellos no lo supieran aún ni lo llegaran a saber nunca.

Y así la vida pasaba en Yorokonde hasta que todo acababa por reducirse a la más amarga y monótona de las rutinas. Así sus habitantes, organizados con una cierta jerarquía dentro del caos, pasaban la mayor parte de los días en lo más cercano a lo que pudiera llamarse paz.

Pero no todos los días eran así, al fin y al cabo eran las ansias asesinas las que regían aquella parte del mundo. Algunas veces, más o menos frecuentemente, Yorokonde era atacado por las bandas de los distritos inferiores y aquello se convertía en un verdadero infierno de sangre en el que sólo los más fuertes lograban conservar la vida.

Aquel era uno de esos días en los que el fuego, el sudor y la sangre dominaban todo lo que podía alcanzar la vista, en los que el rechinar de los aceros, los gritos de los despavoridos habitantes que trataban de escapar, los aullidos cuasi-extáticos de los guerreros y el crepitar de las llamas inundaban los oídos de los espectadores. Allá donde se mirase, sólo podía contemplarse el fragor del combate.

Pero aquel era también un día diferente. Por primera vez en mucho tiempo, aquellos uniformes negros y blancos volvían a tomar parte en tan encarnizada lucha. Eran los Dioses de la Muerte, los encargados de mantener el orden entre aquellos que habían abandonado ya la vida mortal y subsistían con mayor o menor suerte en el Rukongai… Pero los distritos inferiores eran para ellos tierras olvidadas.

Y una vez más, en el fragor de la batalla, ella pudo vislumbrar entre todo aquello la espalda de uno de aquellos hombres. Y una vez más, como aquella primera, vio como esa espalda se alejaba y la dejaba sola condenándola a ser un mudo demonio en aquella tierra de demonios. Pero esta vez trataría de alcanzarlo. Estiró su brazo y lo llamó…


– ¡Espera, Shinigami-san!

Empapada en sudor, Kara se incorporó en la cama y miró a su alrededor. Gracias a los dioses, todo había sido una horrenda pesadilla que lo único que hacía era traer ecos de un pasado cada vez más lejano pero que se empeñaba en perseguirla.

En respuesta a su llamada, la puerta de la habitación en la que se encontraba se entreabrió, permitiendo que se filtrara un poco de la luz que iluminaba el pasillo del apartamento en el que se encontraban. Entonces se dio cuenta de dónde estaba.

– Ahora sabes mi nombre – sonrió la figura que acababa de entrar por la puerta. – No hace falta que me llames así.

– Rido-sensei…

– Eso está mejor – rió. – Pero soy Rido, sólo eso. Lo de “sensei” me hace sentir viejo.

Como siempre, la perenne sonrisa entre aquella barba consiguió confortarla después de aquel mal sueño y tranquilizarla, aunque sólo fuera un poco. Rido le había prometido ayudarla a vencer aquel demonio que aún conservaba en su interior y la perseguía y, para ello, habían vuelto al lugar donde todo había comenzado.

– Parece que el dispositivo que inventó Soki funciona a la perfección – advirtió Rido. – Eres capaz de utilizarlo hasta inconscientemente… Lástima que sólo funcione en el Gigai.

– S… Sí – asintió.

Un nuevo sonido, esta vez de un bostezo, llamó la atención de los dos hacia la puerta. En la puerta, mal iluminado por la lámpara del pasillo estaba un joven de unos quince años, con su pelo castaño alborotado, pues se acababa de despertar y se restregaba sus ojos violáceos con insistencia para espantar al sueño.

– ¿Qué… pasa? – balbuceó.

Rido miró con cariño paternal al recién llegado. Al fin y al cabo, aquellos dos jóvenes, aunque no aparentara mucha más edad que ellos, eran para él como sus hijos. A Kyo, que así se llamaba el muchacho, lo había criado desde que su madre marchara en busca de una meta que le había guiado lejos de su hogar y su familia. A Kara le unía una extraña relación. Había sido el primer alma que había enterrado en una misión en solitario y las circunstancias de su vida anterior y posterior a aquel primer encuentro le habían llevado a crear un gran cariño hacia la pequeña, hasta el punto de considerarla prácticamente su propia hija.

– No pasa nada – volvió a sonreír. – Vete a descansar. Mañana será un día duro.

Aliviado por escuchar aquella respuesta, Kyo volvió rápidamente a su cuarto en aquel pequeño apartamento que les servía de residencia temporal durante aquella pequeña aventura a saciar su hambre de sueño.

– Y tú deberías hacer lo mismo – se giró hacia Kara. – Para ti va a ser aún más duro, así que debes estar en plena forma.

– Sí, Rido-sen…

El barbudo se acercó a su cama y la arropó, interrumpiendo la frase de la pequeña.

– Sólo Rido, ¿vale?

Antes de abandonar el cuarto, Rido se inclinó sobre ella y le dio un beso en la frente, a modo de buenas noches. Luego se dio la vuelta y se encaminó hacia la puerta, camino de la pequeña sala de estar donde pasaría la noche, en un sofá.

– Si necesitas algo ya sabes donde estoy – le dijo antes de abandonar el cuarto.

Y allí la dejó, sola de nuevo en su habitación, pero con una sonrisa en la boca. Sabía perfectamente a lo que se refería Rido con lo de un día duro. No era la primera vez que lo intentaba, pero todas sus tentativas anteriores habían desembocado en un doloroso fracaso. Era el momento de alzarse de una vez con la victoria.

Se destapó de las sábanas y se incorporó, apoyándose en el cabecero de la cama. Comenzó entonces a darle vueltas a lo que estaba por venir y a todo lo que la había llevado hasta aquel momento y aquel lugar. No habían sido pocas las cosas que habían pasado desde que había abandonado Yorokonde y había descubierto que había mucho más allá del filo de una espada.

No pocas veces había tratado de enfrentarse sola a aquello que la perseguía incansablemente desde su interior. Se empeñaba en blandir su arma contra el aire una y otra y otra vez hasta quedarse agotada, sin fuerzas y sin ánimos de seguir intentándolo, resignada a cargar con aquello el resto de su vida. Pero luego se volvía a levantar y seguía luchando… y así vuelta a empezar todos los días.

“Los demonios no se vencen con esto”, le había dicho una vez aquella especie de guía y maestro que era para ella el otrora Quinto Oficial de la Novena División, mientras se entrenaba insistentemente en el dojo de la Academia. “Se vencen con esto y con esto”, había añadido señalando su corazón y su cabeza. “La espada no es más que un trozo de metal. No cometas el mismo error que yo, ¿vale?”

Durante unos días, aquella afirmación la había dejado un tanto desconcertada, pues no alcanzaba a entender el significado de la frase ni se atrevía a preguntar. La entendía, pero no lograba asimilar la palabra lucha o victoria alejada de una hoja de acero empapada en sangre. Aquel era su pasado. Aquel era su demonio.

“La fuerza que necesitas para cumplir tus propósitos está dentro de ti, Kara”, le había dicho Rido en otra ocasión. “Pero no es ahí donde tienes que buscarla.”

Aquel nuevo consejo enigmático del profesor, que gustaba de hacerla pensar cuando se trataba de aquel tipo de temas, había conseguido que aún le diera más vueltas a su cabeza. ¿A qué se refería con buscar fuera de sí lo que está dentro de uno? ¿Para qué salir fuera entonces?

No lo había comprendido hasta pocos meses después cuando, con motivo de su primer “cumpleaños”, pues habían tomado como tal fecha no su nacimiento sino el día de su llegada al Sereitei. Sus futuros compañeros de la Decimotercera División, los mismos que le habían sacado de aquel infierno llamado Yorokonde, le habían preparado una gran fiesta por todo lo alto para celebrarlo.

Pensaba que no merecía ser tratada con tanta bondad después de todo lo malo que había hecho y portando aún aquello en su interior, aquel “monstruo negro” que tanto la atormentaba, que tanto miedo le daba y que tanto la coartaba a la hora de entablar una relación personal a un nivel más profundo que el mero saludo o la colaboración.

Pocos sabían de la existencia de ese demonio y ella prefería que aquello siguiese así, pero no dejaba de estremecerse ante la posibilidad de que algún día perdiese el control y todo aquello saliese a la luz. ¿Qué pensarían de ella? No, era mejor apartarse para no causar más daño, ya había sido suficiente.

“¿Por qué tratas de recluirte?”, había continuado Rido aquel día en el dojo. “Sal. Sal de ti. Sólo así podrás conseguirlo.” Sin saber por qué, aquellas palabras habían regresado inconscientemente a su memoria en el medio del bullicio de la fiesta y entonces, observando aquellas sonrisas, aquellas caras amables, lo comprendió todo. “Tu corazón no está en tu pecho… pero eso es algo que deberás aprender por ti misma. Yo no puedo enseñártelo.”

Y ahora, sólo unos meses más tarde, estaba en aquella habitación, en aquel apartamento, en Kyoto. Donde todo había empezado. Rido se había ofrecido a acompañarla durante las vacaciones de la Academia, llevándose también a su inseparable Kyo, y a ayudarla a vencer a aquel monstruo en su propia cuna, en el lugar donde había perdido todo, el lugar donde él la había encontrado por primera vez, encadenada a su pasado.

En la penumbra de aquella noche, Kara se dio cuenta de cuánto había cambiado su vida desde que la empuñadura de Balmung, aunque su portador aún no conociese aquel nombre, se había posado su frente. Había pasado de ser una indefensa niña atemorizada por todo y por todos, que había contemplado la sangrienta matanza de toda su familia, a ser una despiadada asesina, un arma humana. Y, al final, había llegado al Sereitei, su nuevo hogar.

Tenía que dar gracias al cielo por todo aquello. Había vuelto a encontrar un hogar y el hombre que dormía unos metros más allá tenía gran parte de culpa, igual que todos los miembros de la División: Ela, Mizu, Hana, Aiolos, Manta… Todos y cada uno de ellos eran responsables de la sonrisa que ahora se dibujaba en su rostro.

Gracias a ellos, todo lo que había pasado hasta entonces no importaba, había quedado en el lugar que le correspondía: un pasado cada vez más lejano. Aún quedaba un cabo suelto, algo que resolver, pero el fin de aquello estaba también más cerca.

Miró hacia la ventana. El resplandor rojizo del sol naciente comenzaba a perfilarse en el horizonte hacia el oriente. Pronto amanecería y tan sólo pocas horas después comenzaría la gran batalla contra el mayor de sus demonios. No tenía miedo. No estaba sola, todos estaban allí con ella. Ellos serían su fuerza y su espada. Gracias a ellos vencería.

Pero ella también tenía que poner algo de su parte, se dijo. Sacudió su cabeza para alejar todos los pensamientos y dejar la mente en blanco y se ajustó al consejo de su mentor. Aún quedaban unas horas por delante hasta que llegase el momento de partir hacia el combate. Sería mejor descansar un poco para poder afrontarlo en las mejores condiciones.

Se recostó de nuevo y apoyó su cabeza en la almohada mientras volvía a echarse las sábanas sobre su cuerpo. Cerró los ojos y poco a poco fue sometiéndose a los caprichos de Morfeo que, a pesar de todo, no fue capaz de borrar aquella inocente sonrisa que esbozaba ahora su rostro.
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Re: [Fics] Rido's Corner (Índice Completo)

Notapor rido el Lun Sep 07, 2009 8:31 pm

Vais a permitirme que reflote este tema, aunque no lo hago porque sí. He decidido poner en el primer post el índice de todos los trabajos que he hecho. Son muchos, y muchos de ellos no están publicados en el foro. Otros están publicados (por ejemplo, las historias piratas) pero aún no tienen el enlace puesto (tengo que coger un rato largo [quizás mañana] y hacer una buena indexación de ellas). Lo tendrán pronto. Por último, los One Shots (a excepción de los 2 últimos) tienen enlaces para distintos lugares de lectura, bien aquí en el foro, como en deviant y Fanfiction.net, donde está todo publicado (en dA falta mi fic más grande, Memorias, pero ponte tú a subirlo a mano).

A partir de ahora, lo que publique irá también publicado aquí directamente, amén de llevar los correspondientes enlaces a dA y FF para quienes prefieran leerlo por allí. Muchas gracias a todos ^^

Edit:

Bueno, me acabo de dar cuenta de que a lo mejor hacía falta una pequeña explicación para lo que hay en el primer post. En primer lugar, un aviso: la mayor parte de lo que hay publicado está basado en Bleach, más que nada porque fue así como "me crié" en esto de la escritura. Así pues, podéis encontrar:

  1. Historia del Último Día

    Un proyecto (por ahora detenido) de historia original.

  2. Recuerdos de una vida pasada, Memorias y Akano

    Las tres juntas (la última aún está en proceso) componen la historia de mi personaje shinigami, Akano Rido. Las he puesto en orden temporal de los acontecimientos dentro de la historia, aunque lo suyo sería leerse Memorias hasta el capítulo 47, luego Recuerdos y, finalmente Akano. Junto a ellas van:


    • Las Crónicas de Rido

      Son los Omakes que fui escribiendo para Memorias y que, simplemente, no pasan de ser experimentos con cierto tinte humorístico y que pretende reflejar de forma amena la vida en la División 09, a la que pertenece Rido.

    • Akano 00

      Igual que Tite hizo su mini-spin-off histórico en mitad de la trama, yo he metido este pequeño inciso de 11 capítulos entre los capítulos 16 y 17 de Akano que pretende aclarar sucesos fundamentales para el desarrollo de toda la trama.

  3. Los límites de lo real

    Este es el muñón de un proyecto basado en una idea de mi buen amigo Headbone (más conocido por estos lares como H23) que pretendía fundir ficción y realidad pero que se quedó en el segundo capítulo porque no me terminó de convencer.

  4. Experimentos con palabras

    Son escritos cortos, sueltos, sin ningún objetivo más que la experimentación.

  5. Los Diarios de Urahara

    Es el fruto de un juego de rol en el que anduve metido y en el que interpretaba al personaje más carismático de Bleach, Kisuke Urahara. En él llevaba un blog y estas son sus entradas.

Y a parte los One Shots ya conocidos.
______________

Edit 2:

Pongo aquí los dos One Shots que faltaban:

Chibistoria de amor

Spoiler: Ver
La suave brisa marina acariciaba suavemente el pelo castaño del joven. Visto desde su cómoda posición, sentado sobre la arena de la playa, con las rodillas recogidas, el horizonte era demasiado misterioso. Pero el ya había estado allí y sabía que no había más que otro horizonte que tratar de alcanzar.
Y más inalcanzable era el sol que comenzaba a ponerse tras el inmenso mar. Rojo y ardiente, su caída servía de alzamiento de telón para el incomparable escenario moteado de aquella clara noche de luna llena. Una noche por la que llevaba esperando un año y nadie le movería de allí hasta el amanecer.
Bien podría comenzar el apocalipsis. Él seguiría allí. Aunque el cielo se desplomara sobre sus cabezas; aunque un volcán entrase en erupción justo debajo de él; aunque la tierra se abriera bajo sus pies y quisiera tragarle… Él seguiría allí. Porque aquella noche era especial, santa, única, incomparable. Aquella noche era su noche.
Y él estaría allí, esperando. Como lo había estado el año anterior, y el anterior… y todos los años que llevaba vagando por el mundo mortal. Y la sola espera merecía la pena. Aquellos momentos de retiro, de descanso, de paz… eran incalculables y sólo podían ser superados por los momentos que pasaría por ella.
Por eso, aquella noche era el único momento en el que se permitía no cargar con sus cuatro fieles y aceradas compañeras, que ahora descansaban no sobre su espalda, su lugar habitual, sino a unos metros, preparadas para cualquier imprevisto, pero lo suficientemente alejadas como para significar lo excepcional de la velada.
Los últimos rayos de sol se ocultaron tras el mar. Sólo se escuchaba el murmullo de las olas y el suave soplido de la brisa, interrumpidos de vez en cuando por el lejano quejar de alguna gaviota o el rugido de algún coche en la carretera que bordeaba los acantilados a su derecha.
Unos pasos que pretendían ser sigilosos le avisaron de su presencia. Él se levantó y se giró. Allí estaba ella, tan bella como siempre, con la misma imagen dulce y amable de siempre que para nada parecía representar a una mujer capaz de manejar a feroces bestias con un solo movimiento de la cabeza.
Tímida, sonriente, con aquella mirada que rebosaba una infantil ingenuidad aún a pesar de los horrores que había tenido que contemplar. Estaba exactamente igual que el primer día en que la había visto, tan aparentemente frágil, tan aparentemente indefensa, en su llegada a la Academia.
¬– Feliz Cumpleaños, Kara ¬¬– la recibió.
Sus cuerpos se fundieron en un largo y apasionado beso que no era más que el preludio de una larga noche en la que nada ni nadie podría importunarles. Ambos tenían muchas cosas que contarse, muchos sentimientos que confesarse, muchos errores que perdonarse…
Sólo el salir del sol por detrás de las montañas que quedaban a su espalda amenazaba aquel momento. Uchiha Kyo lo temía desde lo más profundo de su corazón, pero había algo que lo consolaba… Algo que revelaría cuando llegase el momento oportuno y ese momento aún no había llegado.
– Hasta dentro de un…
Al fin había llegado la maldita aurora, el momento de la triste despedida hasta el año que viene, para cumplir el pacto que habían hecho cuando se habían separado hacía ya más de un lustro, cuando él, buscando desintoxicarse, como solía decir, del ambiente que lo rodeaba, había decidido que abandonar la Sociedad de Almas al menos durante un tiempo era la mejor opción.
– Para nada – sonrió él, tirando de ella hacia sí e interrumpiendo su despedida.
– Tengo que irme… – alegó Kara.
– ¿Quién ha dicho lo contrario?
¬¬– Entonces… ¿a qué te refieres?
¬– Banisher ha muerto – anunció. – Y Ludwig ha rechazado su puesto. Gaby vuelve allá arriba…
– ¿Sí? – preguntó la joven, con un profundo brillo de ilusión en los ojos, invitando a su amado a seguir.
– Ya sabes lo que viene después – murmuró él, con una sonrisa tímida mientras mostraba su Mariposa Infernal. – Llegó ayer.
Se dieron la mano y atravesaron juntos el Senkaimon camino del mundo al que pertenecían. Ya no habría más noches especiales que dieran luz al resto del año. No. Ya no hacía falta, porque todo el tiempo que pasaran juntos, toda la eternidad, estaría completamente inundada de luz.


Fuego sobre Roma

Spoiler: Ver
– ¡Marco!

La viga de madera, envuelta en llamas, acabó finalmente de desprenderse del techo y se abalanzó voraz sobre el poderoso hombretón, obligando a sus rodillas a besar el suelo para poder soportar el peso y deshacerse de aquella columna de fuego mientras un desesperado grito de dolor se abría paso por su garganta y el olor de la carne quemada comenzaba a extenderse por el lugar.

Al fin, de entre el humo, apareció el brazo de Judas, quien asió el del fornido liberto y tiró de él hacia fuera con todas sus fuerzas. Dios, el Padre de Nuestro Señor, que hace poderosos a aquellos a los que él ama y les confiere la fortaleza para afrontar las adversidades, le había asistido sin duda alguna en aquella tarea que, a juzgar por las circunstancias, hubiera parecido imposible.

La pequeña y humilde casa, situada en uno de los suburbios suroccidentales de la gloriosa Urbe, comenzaba a hundirse, consumida por las llamas al igual que todas las que los rodeaban. No ocurría así, sin embargo, con las esperanzas del joven doctor alejandrino. El mismo fuego que había acabado con el que, durante los pocos días que llevaba en la región latina, había su hogar, era el símbolo perfecto de la esperanza que consumía su corazón.

Hacía apenas cuatro días que había desembarcado en el gran puerto de Ostia, que nada tenía que envidiar a su querida Alejandría natal. Aquel muelle era la puerta de sus sueños. Había viajado a Roma por las palabras de un hombre de Colosas, Onésimo se llamaba, que afirmaba que había en la ciudad un hombre, Pablo, de Tarso, que daría respuesta sus más profundas dudas.

Por eso estaba allí. Marco, el liberto había ido a su encuentro en el puerto y lo había acogido en su casa por recomendación de un conocido común, Áquila, a quien Judas había conocido en Corinto. Aquella noche, al fin, después de varios días de ansiosa espera, pues, al parecer, Pablo se encontraba indispuesto, podría verle y ni el fuego ni la muerte podrían impedírselo. Estaba convencido de ello.

– ¡Vamos!

El grito de su anfitrión le ancló de nuevo a la realidad y, movido por la urgencia de la situación, comenzó a correr tras él. La herida en la espalda de Marco supuraba, pero el dolor parecía ajeno al viejo gladiador. El fuego se extendía rápidamente, y pronto todo a su alrededor era pasto de las llamas entre voluminosas lenguas flamígeras, crepitaciones y estallidos.

– ¡Por aquí!

Afortunadamente, Marco conocía bien la zona. En otro caso, Judas hubiera temido nunca poder salir de allí y verse él mismo también ardiendo entre los restos de hogares derruidos. Pronto se alejaron de aquella barriada y pudieron pararse a recuperar el aliento, aunque sólo fuera un momento, en un pequeño páramo pedregoso por el que discurría un pequeño arroyo.

– Déjame – dijo el egipcio, llevándose las manos a su bolsa. – A ver qué puedo hacer con eso...

Por suerte, llevaba siempre consigo su pequeño zurrón, una manía que muchos le criticaban pero que había siempre resultado ser muy útil. Después de rebuscar un poco, sacó una pequeña vasija de barro que contenía un emplasto de color verdoso que procedió a extender por la quemadura.

– Esto te aliviará – afirmó, mientras lo vendaba con un pedazo de lino blanco.

– Gracias, hermano – correspondió el hombretón.

– ¿Podremos ir a ver a Pablo?

– Al menos lo intentaremos – sonrió. – Ya no hay nada que podamos hacer por mi casa… Ven, es por aquí.

Siempre ocultando el gran dolor que debía producirle la llaga, el liberto condujo a su huésped a través de unos matorrales hasta una especie de otero formado por unas rocas y que no distaba más de una milla de las murallas de la Urbe, junto a la Via Ostia que, al otro lado del bosquecillo, mostraba toda su tetricidad ahora que el fuego iluminaba irregularmente los pequeños mausoleos, a cada cual más original, que se apilaban a ambos lados de la calzada.

– Esperaremos aquí – anunció Marco.

Judas miró hacia los lados examinando el territorio. Era una formación rocosa, en la que pequeñas grutas aquí y allá conferían cierto aspecto de casas excavadas en la roca, como las que había visto en Palestina hacía años, cuando había viajado para conocer la tierra donde había empezado todo.

– ¿Aquí?

– Es donde nos solemos reunir… – explicó su amigo, mientras se subía a un peñasco un tanto más alto. – Él se coloca aquí y…

– ¡¿Marco?!

El gigante se giró hacia la nueva voz, alerta, como si temiera algo: De entre los matorrales apareció entonces un hombre anciano, más bien bajo (y aún más lo parecía al lado del liberto). Sus rasgos, a pesar de los achaques propios de una vejez no muy avanzada, también diferían de los de Marco, que era fornido y lampiño. Éste, sin embargo, era enclenque y contrahecho y, como Judas, lucía una espesa barba que crecía por debajo de una nariz ganchuda que dejaba entrever que, al igual que el alejandrino, su árbol genealógico hundía sus raíces en la casa de Abraham, Isaac y Jacob.

– ¡Pablo!

Los ojos del joven peregrino se abrieron como platos al escuchar el nombre del hombre al que había ido a visitar mientras su anfitrión se fundía en un cariñoso abrazo con el recién llegado. Aquel hombre pequeño, débil y contrahecho, poco agradable a la vista, en definitiva, era, en realidad, un verdadero gigante en su interior.

– Vi arder vuestras casas y temí lo peor – confesó Pablo, separando a Marco de sí y sonriendo. – ¿Tu eres Judas, el alejandrino?

– Sí, rabbî.

– No me llames maestro – le abrazó también a él, sin variar su gesto. – Paz para ti, hermano Judas. Siéntate, creo que tenemos mucho de qué hablar.

Ambos se sentaron sobre una de las rocas y el egipcio comenzó a preguntarle, cualquiera diría que de una forma demasiado avasalladora, todas las dudas que inquietaban su ánimo desde que, por primera vez, siendo aún muy joven, había escuchado las Palabras de Vida que les había transmitido el insigne Apolo.

Por eso, precisamente, había abandonado Alejandría siguiendo los pasos de aquel hasta las tierras de los helenos, hasta Colosas, donde había oído hablar de un hombre mucho mayor, mucho más grande, mucho más sabio: de Pablo.

Sin embargo, al apóstol no pareció importarle la premura de los interrogantes que planteaba su interlocutor. Todo lo contrario: escuchó con paciencia el aluvión de cuestiones y, levantando levemente la mano para tranquilizar a su nuevo amigo, comenzó a hablar una vez Judas calló, tratando de responder a todas ellas de forma pausada y clara.

No parecía que hablara él, sino los Ángeles del Buen Dios, que habían uso de tan endeble locutor para exponer mensajes más propios de los héroes clásicos que había conocido en la escuela, grandes hombres capaces de las gestas más osadas y de la dulzura más liviana.

Pero el físico importaba poco, sino que sus palabras llegaban tan profundo en el alma del joven Judas que apenas se dio cuenta de que pronto ya no estaban ellos tres solos, sino que una multitud de entregados espectadores les rodeaba escuchando con la misma devoción que el médico las palabras del maestro.

– Por eso os digo: debemos ser cautos ante las obras de la carne – decía. –Debemos estar despiertos, alerta, pues el diablo nos ronda cual león rugiente y nunca sabremos cuando…

– ¡Hermanos! ¡Hermanos!

Graco, un esclavo que trabajaba al servicio del mismísimo Emperador Nerón, había aparecido corriendo por el sendero que comunicaba el improvisado y natural areópago con la Via Ostia. Sofocado, tuvo que pararse a recuperar el aliento antes de proseguir hasta el centro de la asamblea.

– ¡Pretenden culparnos a nosotros!

– Tranquilízate, hijo mío… – trató de intervenir Pablo. – ¿Qué ha ocurrido?

Al parecer, Graco había escuchado sin querer una conversación entre dos miembros de la Guardia del Pretorio que afirmaban que todo había sido un ardid del infame Nerón y que pretendían culpar de ello a los cristianos. Al escucharlo, había salido corriendo a avisar al resto del peligro en el que se hallaban y también había conseguido enviar a alguien a alertar al grupo de Pedro, el primero de entre los discípulos de Nuestro Señor, quien también habitaba en la Urbe.

Sorpresa, miedo, nerviosismo, inquietud… La férrea mezcolanza de sentimientos que acudió a cernirse sobre los corazones de los allí presentes arrebató la profunda paz de espíritu que se había apoderado de ellos a través de las palabras del predicador palestino. Ahora todo era caos, todo era desánimo. Ahora la paz no era más que un recuerdo del pasado.

– ¡No temáis! – insistía el anciano. – ¡No temáis!

Pero el pánico es un arma demasiado poderosa. Oculta la razón y desvía el juicio de los hombres. Movida por el terror, la comunidad se disolvió de una manera tan escandalosa como discreta había sido su llegada. Tan sólo Judas, impertérrito, permanecía junto a Pablo.

– ¿Qué podemos hacer ahora, maes…?

– Rezar, hijo mío – contestó él. – Rezar.

Los días siguientes podrían definirse con una sola palabra: confusión. Algunos afirmaban que el regreso glorioso del Señor era inminente; otros elucubraban acerca de las causas humanas de lo ocurrido; otros, los menos, vivían totalmente al margen de lo sucedido, si es que eso podía ser posible. Había ardido buena parte de Roma. Había ardido el mundo.

Judas fue un testigo excepcional de aquellos días convulsos. Pablo le había acogido en su casa y, desde allí, pudo comprobar el nerviosismo que, para toda la comunidad, había supuesto la marcha de Pedro, el que había visto al Señor, y su vuelta para entregarse a manos del César.

Aquella misma tarde de la vuelta del primer apóstol, el alejandrino pudo acudir a la colina Vaticana y observar con terror de aquel loco coronado de laureles. El pescador galileo, sin embargo, no dudaba: daría su vida en la Cruz, del mismo modo que, años atrás, había hecho el hombre al que más había amado.

No llegó a pasar una semana cuando, reunidos en oración en el lugar habitual, fueron apresados muchos de los que estaban con Pablo, y el mismo maestro de Tarso fue llevado con ellos. Judas, milagrosamente, pudo escapar y, dos días después, fue a visitarlo en prisión.

– Tranquilo – le sonrió el anciano. – No es la primera vez que estoy en la cárcel.

– Pero…

– Acuérdate de Jesucristo, nuestro Señor – le interrumpió, con aquella perenne sonrisa en la boca. – Él murió para rescatarnos. Él resucitó de entre los muertos… Si morimos con Él, viviremos con Él. En Él está nuestra salvación. Confía en Él, Judas, como confiaste en mí.

Arengado por la fe de aquel enclenque fariseo, Judas logró regresar a Alejandría. Transmitiría lo que había aprendido de Pablo a sus paisanos, llevaría esa esperanza que él le había ayudado a afianzar y anunciaría el Evangelio de Jesucristo a todo hombre.

Un mes más tarde, unos mercaderes cartagineses que habían conocido la Buena Nueva, llevaron la noticia al puerto egipcio de que aquel rabino llamado Saulo por unos y Pablo por otros había sido decapitado por orden del César y que había sido enterrado por sus discípulos, aquellos que habían logrado eludir la misma suerte, en aquel pedregal junto a la Via Ostia, donde su cuerpo esperaría pacientemente el tan ansiado por él regreso glorioso del Señor.
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Re: [Fics] Rido's Corner

Notapor rido el Sab Sep 26, 2009 10:54 am

Yo sigo p'alante, aunque nadie comente xD

Akano 18 - Nuevas pistas

Spoiler: Ver
‒ Es hora de marcharse, Rido.

‒ ¿Qué, ya? ‒ protesté, resoplando. ‒ En fin…

‒ No te veo con mucho ánimo ‒ rió.

‒No, la verdad es que no ‒me estiré mientras me levantaba. ‒ La verdad es que hoy me apetece ir a trabajar casi tanto como pegarme un tiro.

Me incliné sobre el tablero de ajedrez con un profundo suspiro y memoricé la posición de las fichas para poder retomar nuestro particular duelo cuando las circunstancias lo permitieran. La verdad, no me hacía ninguna gracia dejar la partida a medias, sobre todo cuando iba ganando, pero el deber me llamaba.

‒ No te quejes tanto ‒ contestó Balmung. ‒ Si en el fondo te gusta…

‒ Eso lo dices t…

Me detuve mirando la encarnación de mi espada con una expresión que quería significar que no hacía falta que dijera nada ante aquel comentario. Me eché el haori anaranjado que significaba mi nueva condición de Director a la espalda y me até el pelo en una coleta. Llovía, y así al menos sería menos molesto.

‒ Y sigue, y lleva semanas casi sin parar ‒ protesté. ‒ Supongo que algún día dejará de llover, ¿no?

‒ Venga, vamos, que casi es hora.

La voz del monje resonaba sólo dentro de mi cabeza, señal inequívoca de que ya había vuelto a su morada habitual en el monasterio y me hablaba desde allí. Salí al pasillo y tuve que enfrentarme un día más a la mirada desconfiada de los alumnos con los que me encontraba. A pesar de que ya llevaba algo más de una semana viviendo entre ellos, seguían sin entender o aceptar mi presencia. Y lo peor era que, con el tiempo que hacía, la construcción del nuevo barracón para profesores que habíamos proyectado se había visto forzada a detenerse.

‒ ¡Profesor Akano!

‒ Ahora no, Alland… ‒ contesté rutinariamente.

‒ ¡Pero…!

Todos los días la misma cantinela. Siempre se le rompía alguna tripa en el último momento y me llamaba desde su cuarto. Al final nunca era nada más que una burda excusa para interrumpir mi camino hacia las primeras horas de la mañana, así que lo mejor era evitar hacerle demasiado caso. Pasé de largo y atravesé el patio con un rápido shumpa para mojarme lo menos posible y así no colaborar a aumentar los motivos para las quejas de los empleados de mantenimiento acerca del estado en el que se encontraban las instalaciones de la Academia con tanta lluvia.

¬– ¡Hey, Rido!

– Ahora no tengo tiempo, Bone – le repliqué, sin girarme. – Tengo una reunión en… Ah, pero si es contigo – me di la vuelta.

– Por eso te lo digo – asintió. – ¿Vamos?

– Vamos.

El primer plato fuerte del día era una tediosa reunión acerca de cómo ir acomodando los presupuestos en relación a los Departamentos de Historia y de Mundo Mortal, ya que la escisión del Área que dirigía mi antiguo compañero de División había llegado posteriormente a la aprobación de los últimos presupuestos. Afortunadamente, casi era puro trámite, pues habíamos trabajado tanto tiempo juntos, tanto nosotros dos como con Alamez, que no surgieron mayores complicaciones. Aún así… no pudimos evitar alargarnos y enredarnos en un mar de números y de partidas.

– Tengo clase ahora – se excusó la Directora del Departamento de Historia, en cuanto hubimos terminado.

– Hasta luego, Al – me despedí.

– Yo también tengo que marcharme – suspiró Bone, levantándose. – El pesado de Nakatoni quiere hablar conmigo de no sé qué – meneó la cabeza. – ¿Hoy no curras?

– Hoy no tengo clase – sonreí. – Pero aún así estoy de trabajo hasta aquí – comenté, llevándome la mano al cuello. – Y lo peor de todo es que siempre vendrá alguien para interrumpirme.

– El Capitán Sora quiere verle – anunció la voz de mi secretaria.

– ¿Ves? – le dije a Bone. – Hazle pasar.

– ¿Comemos juntos? – me propuso el Oficial de la Novena.

– S… Supongo que… – dudé. – Es que ahora mismo no sé si quedé con Kazu hoy o mañana… ¿Te lo digo cuando baje a clase?

– Si sigues estando con la cabeza en diez mil cosas… – sonrió. – ¡Eh, Soki! – saludó al recién llegado. – ¿Qué cuentas?

– Vengo a hablar con tu jefe – explicó el Capitán de la Duodécima División. – Rollos administrativos, ya sabes… Necesito vacaciones – se estiró.

– Serás vago… ¡Si acabas de venir! – le grité yo a modo de saludo. – Bone, te busco luego, ¿vale?

– Vale – contestó. – Os dejo. No rompáis nada, ¿vale?

– Que sí… – fingí cansancio. – ¿Una copa?

– No, gracias. No hace falta.

– ¿Qué te trae por aquí?

– Pues cosas de nueves – bufó, mientras se sentaba en una de las butacas.

– ¿De nueves?

– Sí, que no dejáis de dar el coñazo – se quejó.

– Eh, a mí no me metas que llevo casi un mes fuera de la División – me defendí. – ¿Qué ha pasado?

– Entre que tú has ascendido y que Henkara se ha pirado… pues necesitan rellenar huecos – explicó.

– Es lógico – comenté. – Después de lo de este verano en el Yorokonde no hay ninguna División que pueda permitirse perder oficiales de…

– Mitsuko ha sido trasladada a la Novena – aclaró, directo al grano. – Así que venía más que nada a comentarte lo de las clases de…

– ¡¿Mitsuko?! ¡¿La bicha está en la División?! – reaccioné. – ¿Por qué no me lo dijo?

– Es algo que se hizo oficial ayer por la tarde.

– Ah, bueno, hace un par de días que no la veo – murmuré. – El trabajo me estresa.

– Dímelo a mí – rió abiertamente. – La cuestión es… ¿las clases?

– ¿Qué pasa con ellas?

– Pues… ahora mismo no puedo prescindir de ninguno más de mis chavales el tiempo necesario como para hacerse cargo de la asignatura y…

– Ah, si es por eso… No hay ningún sitio donde se diga que el profesor deba ser miembro de la Duodécima División – le tranquilicé. – Simplemente, tienes que elegirlo tú.

– Entonces, ¿no hay ningún problema por que siga siendo ella?

– Ninguno – aseguré.

– Ah, entonces me quedo más tranquilo… – suspiró. – ¿Y qué es de tu vida que hacía tiempo que no te veía?

Estuvimos bastante rato hablando de la vida y de la muerte, hasta que llegó la hora de mi clase con los alumnos de primero, cuya actitud hacia mí había variado sustancialmente desde el incidente ocurrido durante las vacaciones. Al final, otra mañana más sin trabajar, y el papeleo se iba acumulando, lo que me obligaría a posponer mis investigaciones hasta ponerme al día con toda la burocracia.

– ¡Profesor Akano! – me llamó una voz desde el fondo del pasillo.

Levanté la cabeza hacia la voz y vi a Kazu que me saludaba con la mano desde lejos. Al final me había olvidado de comprobar en mi agenda si estaba libre o no para comer con Bone, pero la sola presencia del científico allí era una confirmación de la cita que tenía aquel mediodía.

– Llámame Rido – le dije al acercarme. – Ya no soy tu profesor.

– Lo… intentaré – sonrió tímidamente. – Siento haber pospuesto esta reunión tan…

– No pasa nada – sonreí. – Ahora tengo una clase y en una hora o así estoy libre. Si quieres, puedes esperarme en mi despacho.

– De acuerdo…

Cuando regresé al despacho, el shinigami de la Duodécima División ya estaba esperándome, tal y como le había indicado. Le ofrecí un vaso de algo de lo que tenía en el mueble-bar, pero se conformó con un poco de agua y me pidió que fuéramos directamente al grano, pues tenía trabajo pendiente en el Cuartel.

– ¿Por qué me ha llamado, Profesor?

– Verás, Kazu. Este último curso me he estado interesando por diversos grupos que viven dispersos por toda la Sociedad de Almas – expliqué, sin entrar en más detalles acerca de las profecías por el momento. – No están adscritos al régimen de distritos del Sereitei, pero, sin embargo, están entre nosotros… Son… clanes, cultos… Los Wolf, por ejemplo – añadí, tratando de poner un ejemplo que se estaba haciendo

– ¿Qué tiene eso que ver conmigo?

– Según mi buena amiga Mitsuko parece que bastante – sonreí. – Al parecer tú podrías tener relación con un grupo que podría ser de interés para mi estudio.

– ¿Yo?

– Eso me han dicho…

El joven puso expresión neutra, como tratando de asimilar lo que le estaba contando. O quizás estaba decidiendo si debía o no compartir conmigo la información que yo entendía que él poseía. El caso es que se recostó sobre la silla en la que estaba sentado, mirándome fijamente y dio un largo sorbo a su vaso de agua antes de dejarlo en la mesa en la misma actitud meditativa, esta vez con la vista clavada en el infinito.

– No te preocupes – rompí el hielo. – Quedará entre tú y yo… – traté de tranquilizarle. – Algunos de estos grupos también me tocan de cerca y no tengo ninguna intención de que los de arriba…

– Con todos los debidos respetos, Profesor… – me interrumpió. – Usted es ahora de los de arriba.

– Tienes razón, tienes razón – suspiré, esbozando una sonrisa. – En fin, ¿qué te parece si te dejo unos días para que lo pienses?

– No hace falta – respondió, tras un breve silencio. – Estoy metido en una investigación que bien podría necesitar de un experto en historia antigua.

– ¿En serio? – pregunté, incapaz de evitar un repentino tono de profundo interés en mi voz.

– En serio – aseveró. – Si le parece… puedo traerle mis notas…

– Bien – sonreí. – Les echaré un vistazo y te diré algo… ¿mañana?

– No hace falta que se dé tanta prisa – contestó.

– Si no es molestia – me levanté. – ¿Te apetece quedarte a comer?

– Si me disculpa… – rechazó mi invitación. – Tengo unos asuntos pendientes en…

– Nada, no te preocupes – le interrumpí. – Venga, te acompaño hasta la salida y así me vas contando un poco…

Por el camino hacia el exterior de la Academia, el Oficial de la Duodécima División me explicó que, antes de ser admitido en la institución educativa, había pasado una buena temporada en el seno de una especie de culto religioso que se centraba sobre la ciencia y la tecnología según las enseñanzas de un antiguo profeta. Aquello, sin duda, prometía ser parte de lo que yo estaba buscando, pero no podía dar nada por supuesto. Esa tarde me enviaría sus notas y podría profundizar algo más.

– ¿Tú no tenías planes ahora? – preguntó Bone a modo de saludo cuando llegué al comedor.

– Tenía, pero Kazu tenía unas cosas que hacer en su Cuartel – contesté. – ¿Por qué nadie me dijo que habían trasladado a la Bicha a la División?

– Ah, ya lo sabes… – observó el Teniente del Noveno Escuadrón. – Quería decírtelo ella misma pero… hoy no la he visto.

– Estará con las mudanzas – sugirió el Director del Departamento de Asuntos Mortales.

– ¿De su casa a su casa? – reí.

– Buena observación – concedió el profesor de Kidou. – ¿Y cómo te enteraste?

– Fue Soki, ¿verdad? – se adelantó el de gafas.

– Exacto – asentí.

– ¿Y ha servido de algo? – intervino Db. – Lo de Kazu, digo

– Pues… no sabría decirlo – respondí. – Pero todo apunta a que sí, a que puede ser una buena pista.

– ¿Y de qué se trata?

– Prefiero no revelaros nada por el momento – aseveré. – Él tampoco era muy propenso a compartir su información con nadie…

– He oído que Vriznak tiene pensado retirarse este año – comentó Xelloss, mientras se sentaba.

– ¿El viejo se va? – se sorprendió Bone. – Ya iba siendo hora.

– Sí, bueno… Realmente es una molestia – suspiré. – Para alguien del Departamento de Cuerpo a Cuerpo con el que tenía una buena relación…

– Es un quebradero de cabeza – rió Db. – ¿Tienes pensado ya un sustituto?

– Qué va… – respondí. – Será un profesor de los que ya estén dando clase, pero… Mejor que lo decidan ellos en principio. Por cierto… – cambié de tema. – ¿Qué tal estáis viendo a Kyo?

– Bueno… – comenzó el Teniente de la Cuarta División. – Afortunadamente para mí, no le enseñasteis mucha medicina, pero el otro día pasé por el campo de Kidou y aquello era un espectáculo.

– Sabe bastante más que muchos de mis alumnos de sexto – afirmó el profesor de Artes Demoníacas.

– Sí, bueno – sonreí. – Es hijo de quien es… Bueno, en Historia tampoco me puedo quejar de su nivel…

– Es que tío, – me recriminó medio en serio medio en broma Bone – en lugar de contarle cuentos de niños le contabas lo último de tus investigaciones.

Aquel comentario provocó una carcajada general en todos los presentes. En aquel tono distendido seguimos compartiendo anécdotas que había protagonizado el pequeño Uchiha, que en muchos casos había heredado parte del carácter materno. Al final, todos coincidían en destacar el tremendo nivel que mostraba el crío.

– ¿Sabéis? Estaba pensando en rehabilitar el programa de Nakatoni…

– ¿Cuál? ¿El grupo especial de prácticas?

– El mismo – asentí. – Para aquellos que estén interesados y que destaquen especialmente al menos en una o dos áreas… Aún tengo que madurar la idea un poco más, pero bueno – me encogí de hombros – creo que podría aportar mucho a la formación de los chavales.

– No pensarás en poner al viejo de coordinador…

– ¿A Nakatoni? Ni de coña – rechacé la idea. – Es Capitán, con lo cual no tiempo y además… ya le conocéis. No – meneé la cabeza frunciendo el ceño. – Josuke no. Aunque lo de viejo no iba desencaminado…

– ¿Quién? El resto de profesores de la Academia somos más o menos de la misma generación – observó Xelloss.

– No – murmuró asustado Bone, como si quisiera expulsar de la mente una idea recién llegada. – Dime que no es quien yo estoy pensando.

– Tengo ciertas habilidades psíquicas, – respondí divertido – pero todavía no llego al nivel de Henkara.

– ¿Es ese viejo? ¿El lobo?

– ¿El lobo? – terció el Teniente de la Cuarta División.

– Kaiser Wolf – le explicó Db. – ¿Es eso lo que vino a hacer el otro día?

– ¿El del incidente en el patio? – traté de confirmar. – No, ese día era algo relacionado con… Nada – me interrumpí. – No, aún no hablé con él de la idea. Se me ocurrió el otro día cuando la Bicha me vino a hablar por enésima vez de Kyo.

– Ya… pero el lobo…

– Vale – admití. – Es muy arriesgado confiarle al viejo el cuidado de… nada – reí, recordando el peculiar carácter del antiguo Capitán de la Décima División. – Pero mira: fue profesor de la Academia y uno de los Capitanes Legendarios… y tampoco es que podamos prescindir de muchos profesores ahora mismo.

– A mí me parece una buena opción – comentó Db. – ¿Crees que los de arriba te lo aprobarán?

– Diría que si consigo el apoyo de algunos Capitanes no habrá problema – medité. – Supongo que puedo contar con Soki y con Kyrek en ese aspecto. Nakatoni protestará un poco pero al final accederá… A ver…

– En cualquier caso sería para el siguiente curso, ¿no? – preguntó Xelloss.

– Si pudiera ser para este, mejor que mejor – respondí. – Pero vamos, que es muy difícil así que… sí, supongo que sí. En fin… Vais a tener que disculparme pero os tengo que dejar – me excusé. – Quedé de ir a echarle un vistazo a unos manuscritos que encontró Eliaz ayer y luego tengo que echarle un vistazo a lo de Kazu.

Recogí mis cosas y me dirigí directamente a la mansión Asharet. Allí me recibió, como siempre, Jules, el mayordomo, impecablemente vestido como era habitual, y me indicó que el señor de la casa estaba en su estudio mientras me tendía una toalla para secarme. Se ofreció a conducirme hasta allí, pero rechacé amablemente su ayuda y me acerqué yo mismo hasta allí después de haber adecentado un poco mi aspecto. Mi amigo estaba enfrascado en el estudio de unos papeles, realmente concentrado.

– He oído que a tu queridísima esposa la han trasladado a la Novena División – comenté a modo de saludo. – ¿Has tenido algo que ver?

– Siéntate y mira esto – respondió, sin levantar la vista de un pergamino.

– ¿Qué es? – pregunté mientras le obedecía. – Parece algún tipo de Kidou… pero…

– No exactamente – sonrió. – Pero andas muy cerca… Llevo todo el día dándole vueltas pero hay algunos pasajes que no soy capaz de interpretar.

– La caligrafía es extraña – observé. – No es la misma que encontramos en la mayor parte de los manuscritos…

– Eso es lo que más me llamó la atención y por eso te avisé – dijo. – No es de mi padre ni de ninguno de mis hermanos – aseguró.

– Entonces deberíamos suponer que es anterior a Nadie…

– O no – murmuró. – Bien podría ser un subordinado…

– Con lo otro no ha habido progresos, ¿no?

– Por ahora no – comentó frustrado. – Sí que es cierto que parece que haya una clave… pero aún no doy con ella. Aún así, lo que me contaste el otro día fue realmente útil – sonrió.

– ¿En qué sentido?

– He descubierto incoherencias, “parches”… Quizás me lleven a la puerta – aseguró con un brillo de optimismo detrás de sus características gafas ovaladas.

– En fin… Ya me contarás – respondí. – Y respecto a esto… – volví a centrar mi atención en lo que teníamos entre manos. – ¿Alguna idea?

– No – confesó. – Ninguna.

– Fíjate en la calidad del pergamino… Parece de la época – le indiqué. – Podría ser de tu abuelo o de tu tío…

– Buena observación – sonrió. – Pero creo que no tengo nada con qué compararlos… En cualquier caso…

– ¿Crees que podría ser lo que estamos buscando? – le pregunté. – ¿La clave para la magia de Nadie?

– Tú mismo has dicho que parece Kidou pero no es – confirmó.

– Deberíamos hablar con Db…

– No sé… Es muy buen tío… pero no es Data – suspiró.

– Es un paso – le dije. – Si él no sabe qué puede ser siempre podemos recurrir a…

– Me dijiste que tu abuelo había sido profesor de Kidou, ¿quizás tu padre o tu madre?

– No sé yo…

– Aún sigues enfadado con ellos por haberte ocultado que habías tenido una hermana – dedujo.

– No es eso…

– Sí lo es – rebatió. – Te conozco, Rido.

– Bueno, vale, sí – admití. – Pero es que coño…

– No puedes estar enfadado para siempre – dijo. – Habla con ellos.

– Bueno… ya… ya veré.

– Hazlo, Rido –insistió.

– ¡Que sí, pesado! ¡Que ya lo haré!

Que Eliaz se pusiera serio en cuestiones personales que me afectaran no era algo realmente novedoso, aunque sí que se había convertido en algo muy poco habitual de un tiempo a esta parte y resultaba ciertamente inquietante e incómodo. Por eso decidí reconducir de nuevo la conversación hacia el resto de los manuscritos que había extendido sobre la mesa, dejando de lado aquel pergamino que había llamado su atención. Al principio me echó en cara, especialmente a través de sus gestos, el cambio de tema, pero luego pareció sentirse igualmente aliviado por huir de un terreno tan escurridizo.

Muchos de los textos que teníamos delante eran ya conocidos. Simplemente los había sacado de su biblioteca en su afán de comprobar las caligrafías de sus familiares, en unos casos, o de juntar con otros nuevos relacionados a ellos, en otros. En cualquier caso, no había allí algo que pudiéramos considerar realmente novedoso, por más que lo interpretáramos de una u otra forma.

– En fin… – me estiré. – Tengo que volver a la Academia, tengo unas notas que revisar – le expliqué. –Ya hablaré con Db para que le eche un vistazo a eso… y a mis padres también – concedí. – Dale recuerdos a la Bicha.

– Se los daré de tu parte – sonrió.

Seguía lloviendo cuando salí de la mansión Ashartîm, aunque había amainado un poco y no parecía ya el diluvio universal, como había ocurrido por la mañana. Nuevamente no habíamos encontrado nada, o al menos nada que quedara a nuestro alcance, pero eso tampoco suponía sorpresa o desánimo. La experiencia ya nos había enseñado que, a veces, descartar vías de investigación era algo tan importante como encontrarse con la pista correcta. Era, en cualquier caso, cuestión de paciencia. Por primera vez en mucho tiempo tenía la impresión de que algo avanzábamos en relación a Nadie y eso ya era una buenísima noticia. Habría que esperar a encontrar las herramientas que nos permitieran ir descifrando aquellos enigmas que iban apareciendo a nuestro paso, como aquel pergamino.

– Algún experto en Kidou antiguo… – murmuré en algo, dando rienda suelta a mis cavilaciones. – Podría preguntarle a Gaby por el paradero de Data…

– ¡Profesor Akano! – me detuvo una voz chillona mientras atravesaba la entrada de la Academia. – ¡¿No ve que estoy limpiando?! ¡Me lo está embarrando todo!

– Ah… Sí, lo siento – me disculpé, mientras los colores comenzaban a subir a mi cara.

– ¡¿Lo siente?! ¡¿Lo siente?! – me recriminó la empleada. – ¡Que me lo hagan los salvajes de sus alumnos tiene un pase! ¡Poco pero lo tiene! ¡Pero usted…!

– Comprendo – dije lo más calmadamente que pude mientras me escabullía pasillo arriba. – No volverá a ocurrir.

Con un gruñido me liberó de sus críticas, al menos de las que pronunciaba en alta voz. Llegué a mi despacho y vi que habían dejado sobre la mesa un pequeño paquete envuelto en papel de embalar. Al abrirlo, descubrí una libreta azul que supuse que eran las notas de Kazu. En efecto, allí había tomado gran cantidad de apuntes, no todos ordenados, y en algunas ocasiones aprovechando el espacio como si creyera que no le iba a llegar. Por la forma, parecía algo similar a un diario de sus días en el Rukongai, pero a las típicas reseñas de la vida cotidiana se le sumaban anotaciones de carácter más bien científico, unas accesibles a mis conocimientos y otras que iban más allá y que, si quería entender, me obligarían a recurrir a personas más versadas en la materia, preferiblemente el mismo Kazu.

Más allá de aquello, de las páginas de aquel cuaderno fui entresacando pequeñas notas de ciertos aspectos que me resultaban interesantes y que me permitieron ir bocetando ligeramente una primera imagen del grupo en el que el ahora Oficial de la Duodécima División había pasado los días previos a su llegada al Sereitei y la Academia. Efectivamente, tal y como él me había mencionado, parecía que se trataba de una especie de culto científico-religioso de carácter bastante cerrado y secretista. Lo gobernaba un personaje al que conocían como Gran Maestro, cuyo nombre Kazu parecía ignorar, y su actividad se centraba en la experimentación científica a partir de las indicaciones del primero de los Grandes Maestros, cuyo legado, los legajos que agrupaban sus investigaciones, se veneraban como auténticas escrituras sagradas.

Aquello no hizo más que acrecentar mi interés en aquella organización y decidirme a considerarlo el siguiente punto de interés dentro de mis investigaciones. Lamentablemente, mi agenda estaba demasiado ocupada con el trabajo de dirección, al que aún me costaba acostumbrarme, especialmente a toda la burocracia que llevaba consigo. Decidí al fin enviarle una nota a mi nuevo “colaborador” en la que le citaba el día siguiente para comentarle mis impresiones y devolverle su cuaderno.

Mientras archivaba las notas recién tomadas en un cajón que había destinado especialmente para ello, paré mi mirada sobre un libro de hojas amarilleadas por el tiempo y sobriamente encuadernado en cuero. Era el diario de mi abuelo, el que contaba sus andanzas antes de llegar al Sereitei. Estaba escrito en aquel lenguaje rúnico que comenzaba ligeramente a entender gracias a la ayuda de Eylinn, pero que sabía que aún estaba a años luz de dominar.

– Pronto conseguiremos llegar al secreto, abuelo – susurré. – Pronto…
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Re: [Fics] Rido's Corner [Akano 18]

Notapor Shawn el Mar Sep 29, 2009 12:04 am

Hola ^^.

Bueno, en primer lugar me gustaría decirte que te admiro bastante :o
Por desgracia, no he tenido tiempo de leer mucho tus obras, pero ten por seguro que cuando lo haga, comentaré ^^

También me gustaría preguntarte algo... ¿cómo cojones consigues escribir tantísimo? ¿Desde cuando llevas ejerciendo? Joder, es que el primer post-recopilatorio es brutal :shock:

Simplemente decir eso, que me gusta bastante tu forma de escribir, que parece casi un escritor profesional ^^.
Que por supuesto, no te desanimes si la gente no comenta... a mi me sucede lo mismo :cry: :lol:
Que sigas escribiendo, ya que por lo menos una persona te lee, aunque eso no hace falta que te lo digan, ¿verdad? :) .

También me gustaría que echaras un vistazo a mi pequeño fic (por ahora solo he posteado el prólogo), y que me dieras algunos consejillos sobre qué mejorar, qué te ha gustado... Siempre se agradece el comentario de alguien más experto :P

En fin, es todo por ahora. Me sentía mal si no posteaba en este tema xD.

Nos vemos, un saludo.
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Re: [Fics] Rido's Corner [Akano 18]

Notapor rido el Mar Sep 29, 2009 12:47 pm

@Ereum

    Me alegra ver un comentario por aquí. Antes que nada, bienvenido por estos lares, que veo que recién acabas de llegar. Muchas gracias por que hayas invertido aunque sea un poquito de tiempo de leer algo de lo mío. Espero ansioso tus comentarios. Por lo de pronto, respondo a tus preguntas.

    Escribo tanto porque bueno... es lo que me apasiona así que del tiempo libre que tengo procuro invertir parte en escribir y muchas veces incluso me fuerzo a ello, por fidelidad a los proyectos que tengo en marcha. De todas formas, si hay tanto en el primer post es porque hay material desde... 2006 e incluso anterior (aunque lo que hay anterior a esa fecha es revisado...

    Y bueno, no te preocupes, que seguir sigo escribiendo. En otras plataformas (puesto que realmente esto es una mudanza o una copia procedente de otro foro), tengo más comentaristas [no muchos más anyway] así que... Y aunque no me leyera nadie, yo seguiría escribiendo, que ya he llegado a un punto que escribo más para mí que para los demás... xD

    En fin, me voy a ver ese prologuillo que has escrito y ya te digo cosillas ^^
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Rido's Corner: Akano 19 & Pirate Tales 21

Notapor rido el Vie Nov 06, 2009 10:57 pm

Bueno, resucitamos esto con las nuevas publicaciones. Lo primero es anunciar la nueva entrega de las Historias Piratas, en el hilo correspondiente desde hace unas semanas y aquí desde hoy.

Parte de trabajo 21 - Piratas Crown
Pirateking - Fanfiction.net - Deviantart

Y la nueva entrega de Akano.

Akano 19 - Falsas cicatrices y heridas abiertas
Pirateking - Fanfiction.net - Deviantart

Un capítulo cortito y bastante de transición que rompe un poco el ritmo de lo anterior para resolver una situación que se había planteado en los últimos capis (de Akano y de Akano 00). Me gusta el resultado, aunque sí es cierto que le está faltando acción.

Spoiler: Ver
– ¿Por qué no me lo dijisteis nunca?

Mi madre no sabía qué contestar a mi pregunta. Era algo que se había pospuesto durante meses, desde que Kaiser me había contado en mayor detalle que nunca todo lo que había ocurrido en las fechas en que todo había comenzado. Nunca en mis largos de estudio había averiguado algunas de aquellas cosas que me contó y, mucho menos, que había tenido una hermana, Neemin, asesinada por Nadie el mismo día que mi abuela y de la que mis padres nunca me habían hablado.

– Yo… – balbuceó, conmocionada, al borde del llanto, levantando tímidamente la mirada hacia su esposo. – Nosotros…

Mientras tanto, mi padre no decía palabra. Sólo permanecía allí, callado, inmóvil, con la mirada perdida en algún punto del infinito más allá del jardín de la casa. La tensión en el salón se podía cortar con un cuchillo. Nadie decía una sola palabra y todos, empezando por mí, comenzábamos a sentirnos realmente incómodos en aquella situación en la que incluso respirar parecía difícil.

– Rido, ven conmigo.

La voz de Yuki, mi madrina, sonaba calmada desde la puerta. Por su expresión podía adivinarse que ya sabía de qué iba todo el asunto y con un leve movimiento de su cabeza, como afirmando, le indicó a mis padres que ella se hacía cargo de la situación. Viendo que ella decidía cargar con el peso de todo aquello, me levanté y le seguí hasta el exterior de la mansión.

– ¿Qué estás haciendo? – me recriminó, mientras comenzábamos a pasear bajo los árboles.

– Yo… Sólo busco… – traté de justificarme.

– ¿Una disculpa? – me cortó. – ¿Una explicación?

– Sí… no… – respondí dubitativo. –No sé… Sólo…

– Ya… – suspiró. – Tienes que entenderlo, Rido. No es fácil perder a un hijo… mucho menos a dos.

– Lo sé – admití. – Yo mismo no sé qué haría si perdiera a Kyo… pero…

– ¿Por qué crees que tus padres tardaron tanto en tener otro hijo? – continuó. – ¿En tenerte a ti? La muerte de tu hermana fue un golpe muy duro para ellos. Para todos… – se corrigió. – Especialmente para tu padre. Si no te dijeron nada antes seguro que fue para no volver a vivirlo… porque fue una auténtica pesadilla… – se paró. – Youichi ni siquiera me ha perdonado aún…

Aquel último comentario llamó poderosamente mi atención. Me giré súbitamente, dejando de caminar, y la miré con sorpresa. ¿Perdonar? ¿Qué quería decir? ¿Qué era lo que mi padre tenía que perdonarle y que le resultaba imposible?

– No… No te confundas – aclaró, descifrando mi expresión y volviendo a andar de nuevo. – El que mató a tu abuela y a tu hermana fue… mi hermano Shinkyo. Y tu padre lo vio todo.

– Pero entonces tú no tuviste nada que ver…

– No, pero el ser humano es así…

– Ya… Entiendo…

– Ven conmigo – me dijo con renovada determinación.

– ¿A dónde?

No respondió. Simplemente comenzó a caminar en dirección al Sereitei. Continuó andando, hablando del tema, aunque sin abundar mucho en detalles. En cualquier caso, no quiso desvelar nuestro destino en ningún momento. Al final, atravesamos las puertas de la blanca ciudadela y llegamos hasta la entrada del Cuartel de la Primera División.

– ¿Qué hacemos aquí?

– Ahora lo verás – respondió críptica. – ¿Sabes? Este sitio tiene mucho que ver contigo.

– Hombre… – resoplé, buscándole una explicación. – Sí… Bueno… El juicio del abuelo… el nombramiento de…

– No, no… – sonrió enigmáticamente. – Mucho más que eso.

– Director Akano – saludó, cuadrándose, el shinigami que hacía guardia frente a la puerta. – ¿Informo al General de su llegada?

– No hace falta – respondió Yuki, adelantándose. – No venimos a verle a él.

– ¿Entonces?

– Una visita de cortesía.

– Cuestiones personales – especifiqué, ahogando un "creo" que no sonaría nada apropiado en una supuesta figura de autoridad como lo era yo.

– Es… Está bien – titubeó el centinela. – En… cualquier caso debería informar al menos al teniente.

– Tranquilo – respondí, con la sonrisa menos forzada y más convincente que podía. – Yo mismo iré a saludar al General más tarde… Simplemente hay algo que debemos hacer antes.

– De acuerdo, Director – contestó él, visiblemente incómodo por la situación.

– Informa a tus superiores – le animé, consciente de que llevaba el cumplimiento estricto de su deber y del protocolo establecido en los genes, como la mayor parte de los miembros de aquel Escuadrón.

– Venga, Rido – dijo Yuki, cansada de esperar y entrando ya en el edificio. – Conozco el camino, no hay problema – le espetó al guardia antes siquiera de que pudiera decir nada.

Atravesamos el pabellón principal y llegamos a un gran patio dominado por una imponente cascada artificial que vertía su agua en un pequeño riachuelo que la transportaba de nuevo al punto de origen para volver a comenzar el ciclo. Parecía que aquel imprevisto paisaje ejercía de eje alrededor del cual se organizaba toda la vida de la División, pues muchos edificios más pequeños que el que habíamos cruzado se ubicaban a su alrededor.

Yuki, sin embargo, no entró en ningún edificio, sino que tomó un pequeño sendero que se extendía a lo largo del riachuelo y conducía a la base de la cascada. La antigua Teniente se movía como si se hubiera criado allí y lo conociera de memoria, y no se dejaba intimidar por las inquisidoras miradas de los shinigamis con los que nos cruzábamos. Cuando llegamos hasta el final del camino, pude ver que uno un poco más estrecho se introducía en una especie de gruta cuya entrada estaba oculta por la cortina de agua.

Lejos de ser un lugar lúgubre, el interior de la caverna se abría a los pocos metros, conformando una gran sala profusamente iluminada con antorchas muy poco separadas que derramaban su luz rojiza sobre el blanco y marmóreo suelo, lo que contribuía a aumentar la luminosidad de la estancia. La impoluta imagen del piso sólo estaba manchada de vez en cuando por unas losas negras, separadas entre sí a espacios regulares. Aquello era, sin lugar a dudas, el Panteón de la Primera División.

Mi madrina fue pasando de unas a otras. Hacia la entrada, por lo que se podía adivinar a partir de las inscripciones, las sepulturas eran más recientes. A medida que avanzábamos, sin embargo, era más difícil distinguir lo que había escrito sobre ellas. Al final, se detuvo junto a un extraño grupo de dos lápidas, una de tamaño normal y una mucho más pequeña. Sin embargo, los nombres de las inscripciones sepulcrales se habían borrado completamente.

– Esta es tu hermana, Akano Neemin – informó, señalando la más pequeña de las dos tumbas.

– ¿Por qué está aquí? – fue lo único que supe preguntar, mientras me agachaba junto a ella.

– Por tu abuela – aclaró, señalando a la otra. – Mara Tempmer, Teniente de la Primera División, asesinada a manos de…

– De Nadie – me adelanté, intuyendo por su mirada que las siguientes palabras eran "mi hermano".

– Eres igual que tu madre – bufó, con una media sonrisa irónica. – Ella también le quitó las culpas a ese bastardo de Shinkyo.

– No es eso… Pero he aprendido que esos tipos pueden comerte el cerebro – me expliqué. – Así que esta es mi abuela…

Cuando regresé a la Academia, apenas unas horas después, ya había anochecido. Aún así, me dirigí directamente a mi despacho y comencé a poner por escrito con la mayor exactitud de la que era capaz todo lo que había conocido aquella tarde de manos de mi madrina. Lo que Yuki me había contado acerca de su hermano, mi hermana y mi abuela en aquel tiempo que habíamos estado a solas en el panteón de la Primera División completaba de forma extraordinario todo lo que ya sabía anteriormente y lo que Kaiser me había explicado pocos meses atrás.

Realmente, era consciente de que no era el mejor momento para estar haciendo aquello. Muchas de las cosas que había descubierto horas antes estaban marcadas por una fortísima carga emocional. No hacía mucho que había discutido con mis padres y aquello me había abierto las puertas a ese conocimiento. La verdad es que estaba afectado por todo lo que había acontecido y que mi cabeza estaba hecha un hilo, pero había aprendido con los años que el simple acto de escribir me ayudaba a relajarme y a organizar mis ideas. Y eso era lo que necesitaba por encima de cualquier otra cosa en aquel preciso instante.

– Por Dios… ¿No crees que hay lugares mejores en los que deberías estar? – me recriminó Balmung, haciéndose visible en una silla libre frente al escritorio. – ¿Tu casa, por ejemplo?

– Ahora iré, ahora iré…

– Te das cuenta que es bastante tarde, ¿verdad?

– Er… Sí – respondí, levantando por primera vez la vista hacia sus ojos azules. – Lo sé, pero tengo que hacer…

– Y eres consciente de que si no sales ahora será demasiado tarde – me interrumpió.

– Sí, lo soy – contesté, volviendo a escribir. – Pero, en serio. Necesito hacer esto.

– Prioridades, Rido, prioridades…

– Que sí, tío coñazo – bufé.

– ¿Con quién hablas?

Alcé la mirada hacia la voz recién llegada. Era Eylinn, que se había quedado en la puerta, apoyada sobre el marco, con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa divertida en el rostro. Llevaba una pequeña bolsa a la espalda por cuya forma se podía adivinar que contenía unos libros. Probablemente volviera de la Biblioteca, donde últimamente pasaba mucho tiempo.

– Con Balmung – expliqué.

– Eso lo explica todo – sonrió. – Realmente te saca de quicio, ¿eh?

– Cada uno tiene la espada que se merece – bromeé. – ¿Qué haces aquí?

– Habíamos quedado esta tarde, ¿recuerdas? – me reprochó. – Pasé por aquí. Como no estabas me fui a la Biblioteca – aclaró. – Ahora vi la luz y…

– Ya… – suspiré. – Lo siento, no ha sido un buen día.

– ¿Quieres que demos un paseo?

– ¿Y las runas?

– Otro día – propuso. – Total, ya es tarde y yo estoy cansada de mirar libros.

– ¿En serio?

– Sí, venga – insistió. – Ya mañana le echaremos un vistazo a las runas. Además, – añadió – ahora que por fin ha dejado de llover hay que aprovechar.

– Tienes razón – asentí.

La verdad es que echaba un poco de menos aquellas caminatas bajo la luz de la luna junto a Eylinn. Tenía la impresión de que a ella podía contarle cualquier cosa, así que, junto a la escritura, era la otra vía que tenía para descargar toda la tensión que me provocaba un trabajo al que todavía no acababa de acostumbrarme, procurando, eso sí, no proporcionarle información vetada para los alumnos, o el cuidado de Kyo, hacia el que ella encarnaba de alguna manera el papel de hermana mayor.

Ella acogía todo lo que le decía con una gran comprensión y, a medida que iba avanzando la conversación, conseguía que me relajara casi del todo, circunstancia que ella aprovechaba para ir derivando el tema de la charla hacia terrenos menos comprometidos y por los que ella estaba más interesada, algo que agradecía.

En cierto modo, seguía siendo la misma joven despreocupada con la que me había encontrado en la patria de mi abuelo, pero cada vez era más notorio que se sentía constreñida en una Academia que sólo comprendía como un paso necesario para poder defenderse sola en sus soñados viajes por todo el Rukongai y más allá. Aunque ninguno de los dos lo expresaba en alto, ambos teníamos claro en el fondo que su vocación no era exactamente la de shinigami, al menos no dentro de los cánones habituales del Gotei 13.

Otra cosa que se iba haciendo progresivamente más diáfana era el hecho de que comenzaba a echar de menos Midgaard, a su familia, incluso a su abuelo, el Consejero Merth a quien tanto odiaba el verano anterior, cuando se había fugado conmigo. Aunque ella nunca llegara admitirlo, sí que cada vez aludía a su tierra natal con mayor frecuencia, aunque sólo fuera de pasada. Cuando lo hacía, en su tono de voz se podía percibir un creciente tinte de nostalgia, a pesar de que procurase disimularlo y cambiar de tema en cuanto se daba cuenta.

Aquella noche, sin embargo, el protagonista era yo. Mientras caminábamos por los jardines de la Academia, le expliqué todo lo ocurrido aquella tarde. Como todo el mundo últimamente, y no sin razón, ella también insistió en que debía aclarar de una vez por todas la situación con mis padres.

– Pero hoy ya es tarde para eso – concluyó. – Aprovecha que mañana es domingo y ve a casa.

– Ya pensaba hacerlo…

– Pero no te pelees con ellos –me recomendó, con voz seria pero una sonrisa en la boca.

– Tranquila, que no pensaba…

– Por cierto, ¿sabes qué?

La miré con cierta suspicacia. Aquella era la expresión con la que habitualmente solía derivarme hacia sus ensoñaciones y sus planes de futuro. No es que me molestase, todo lo contrario, pero tenía cada día más la sensación de que me estaba implicando demasiado con esos proyectos, mucho más allá de la relación profesor-alumno. Más allá incluso de la relación maestro-discípulo.

– Sorpréndeme.

A medida que ella hablaba de lo que haría una vez terminara sus estudios en la Academia, e incluso antes de que eso sucediera, comenzamos a emprender la marcha inconscientemente hacia el pabellón donde residían las estudiantes de primero. Allí nos despedimos, no sin antes quedar para seguir con las clases de lectura de runas el día siguiente por la tarde.

Caminé relajadamente un pequeño rato, tomándome mi tiempo para recorrer el camino hacia el barracón donde seguía alojado mientras, poco a poco, las luces iban apagándose en la mayor parte de las habitaciones. Pero el destino se había puesto en contra de que aquel día yo pudiese descansar tranquilamente. No podía ser aquella una noche normal, un día más que se escapaba en la nunca cambiante Sociedad de Almas, no. En medio de aquella regularidad tenía que haber algo que no encajase.

– ¿Qué hace la luz de mi despacho encendida? – me pregunté en alto.

La había dejado apagada. Seguro. Tan seguro como que me había cerciorado al salir de que quedara así y que hacía un par de minutos me había fijado fugazmente y estaba apagada. Con un rápido movimiento, me encaramé al alféizar y me asomé a la ventana abierta. Tendría que pensar en poner algún tipo de cerradura o algún tipo de sistema de seguridad.

Una figura muy conocida estaba revisando nerviosa y torpemente unos papeles en el archivador. Empujé la hoja de la ventana para poder entrar en la habitación y, haciendo gala de todo el sigilo que había desarrollado a lo largo de mis años de servicio en la División como oficial de inteligencia, me situé a la espalda de mi inesperado invitado.

– Creo que me importa más bien poco lo que estás buscando… – reí, haciéndome notar después de un rato. – Pero llama la próxima vez.
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