Hefesto camina renqueante, cojeando sobre la fina capa de rocío que cubre los adoquines. Apenas tiene ya aliento cuando llega por fin al portal al que Helios le ha enviado. Se apoya contra el muro de ladrillo visto, casi asfixiado, y sus ojos buscan la ventana correcta mientras una única farola parpadea sobre su cabeza. En todo el tiempo desde que dejó La Fragua, no ha dejado de apretar en su puño la nota firmada por la tinta dorada de Helios.
Al otro lado de la calle, un viejo lo observa curioso, casi divertido. Hesfesto sabe que no puede evitar mirar su pierna deforme, su rostro desfigurado, y sabe que el viejo se burla de él con esa sonrisa de falsa amabilidad. Y por un instante lo odia, desea haber traído su martillo para aplastar la cabeza del viejo contra los adoquines.
He venido a por mi mujer, le dice.
Si está aquí, contesta el viejo, es que ya no es "tuya".
El viejo tiene razón, pero eso Hefesto ya lo sabe. Lo sabe desde la primera vez que miró a Afrodita, lo sabe desde que ella la devolvió la mirada con asco, y lo ha sabido cada uno de los días en los que escondía su terrible cuerpo del mundo y de ella, sobre todo de ella, en La Fragua.
Piensa en simplemente caminar, o cojear, o arrastrarse hasta la puerta y abrirla de golpe para encontrarlos. Solo para que no tengan tiempo a esconderse. Pero al mismo tiempo espera que se escondan, no encontrarlos, que todo haya sido una mentira cruel, o una broma, o un sueño, o una sorpresa de Afrodita, que en realidad lo quiere, aunque antes no lo hiciese, ahora lo quiere, y Hefesto ha conseguido que ella lo quiera a él tanto como él a ella, o por lo menos la mitad, aunque nadie lo querría a él. Pero quiere verla. Verlos. Verlo, a él, a Ares, a él de quien todos se imaginaban que no sabía más que provocar guerras, más que causar dolor, que hacer daño, pero que ahora se ha convertido en el amante perfecto, porque Ares si entiende a Afrodita, si sabe lo que ella necesita y no duda en dárselo, y además tiene el cuerpo de un guerrero, no es cojo, ni tiene joroba, ni granos, ni cicatrices. Cicatrices sí, pero las cicatrices que tiene son de guerra, no por haber sido demasiado repugnante hasta para su madre, no porque su madre se asqueó tanto al verlo que lo dejó caer al suelo, así que él puede presumir de sus cicatrices, son un atractivo más que lo convierten en el amante perfecto que Hefesto no es, en la media naranja que complementa a Afrodita igual que Afrodita complementa a Hefesto, igual que Hefesto sueña con complementar a Afrodita, solo porque siente que ella merece tanto, o por lo menos la mitad, de lo que disfruta Hefesto a su lado, cuando la toca, cuando la mira, cuando ella lo mira a él aunque sea con asco, o con desprecio, o con rencor por haberla atado a un pobre lisiado incapaz de hacerla sentir plena, porque a pesar del asco, del desprecio, del rencor, ella lo mira, sabe que existe, y por segundos, ellos comparten algo. Aunque sea la existencia.
Desde que empezó a sospechar, y esperando frente a la puerta a que algo pase, a que algo lo saque de este trance en el que él mismo se ha atrapado, Hefesto se los imagina juntos, de mil formas, en mil posturas diferentes: a cuatro patas, él encima de ella, ella encima de él, que tiene el cuerpo de un guerrero, no el de un herrero, ni es cojo, ni tiene joroba, así que él si puede hacer disfrutar a Afrodita como ella necesita, como a Hefesto le gustaría poder hacer pero no puede porque no es más que un pobre herrero lisiado, del que todos se compadecen, menos Afrodita, y que a todos repugna, especialmente a Afrodita, no solo porque tiene el cuerpo deformado, también porque la obligó acasarse con él, la engañó con mentiras, las mismas mentiras con las que se engañó a si mismo, de felicidad, de que la mirada de Afrodita curaría su cojera y sus cicatrices, y si no, incluso con todas las deformaciones de su cuerpo, la amaría tanto que haría cada día de su vida eterna inolvidable, la haría sentir única a acada segundo, amada como ni Eros podía hacer que alguien la amase. Pero tampoco eso ha sabido, podido, porque tanto como lo intenta, Hefesto sigue sintiendo que el Aqueronte se interpone entre él y Afrodita, entre lo poco que ella necesita y lo mucho que él quiere darle pero no sabe, o no puede darle, y ahora Ares pasea cogido del brazo de Afrodita por la otra orilla, pometiéndole, y dándole, todo lo que a Hefesto le gustaría poder prometer, y dar.
Hefesto duda si abrir la puerta. Quiere dejar de esperar, echar la puerta abajo de una patada. Él, el pobre herrero cojo, quiere echar la puerta abajo, coger a Afrodita por su cinturón, o agarrarla de la cara, preguntarle por qué, aunque ya sabe por qué, y luego hacer que Bía y Cratos lo encadenen a una montaña, donde un águila le devorará el hígado. Pero sabe que no sería así, que Afrodita lo miraría con desprecio, y no con culpa, que el cuerpo de guerrero sería demasiado para que un pobre herrero cojo lo encadenase, que todos mirarían al pobre Hefesto con pena, pero también con desprecio, y que se burlarían de él, porque al fin y al cabo la culpa es suya y de nadie más, por engañar a todos, a Afrodita y a sí mismo, porque no ha podido ser más que el pobre herrero que adora a Afrodita en un pedestal, ofreciéndole sacrificios de grasa y tendones, engañándola como Prometeo, porque Afrodita no puede esperar más de un pobre herrero tullido.
Tiene razón, que sigue mirando con la sonrisa burlona su cuerpo desfigurado, no es mía. Pero tampoco lo ha sido nunca.
Y siente lástima de sí mismo, pero también se odia porque ha tenido a Afrodita en sus manos sucias de arsénico, deformadas por las cicatrices, y solo ha sabido dejarse deslumbrar por su melena de rayos de sol, sus ojos arcoiris, y también por los jadeos que cree escuchar salir por una de las ventanas.
Por primera vez desde que ha salido de La Fragua, afloja ligeramente su puño y deja que el papel con la tinta dorada de Helios caiga lentamente, mecido por el viento, sobre los adoquines húmenos. Desea no haberla leído nunca, para poder seguir levantándose todas las mañanas, en La Fragua, adorando a Afrodita en su pedestal, pero también desea disculparse, porque la culpa de ser él mismo es solo suya. También por primera vez desde que ha salido de La Fragua, la ira se convierte en vergüenza, quiere volver a su yunque y esconder su cuerpo deforme del mundo.