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Poneglyph a Go-Go

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Poneglyph a Go-Go

Notapor poneglyph el Vie Abr 22, 2011 7:12 pm

Hace tiempo que tenía ganas de dejar caer mis relatos en Pirateking y por fin me he puesto a ello. Así pues, esta es mi galería, o un principio de ella, hasta que llene esto de imágenes bonitas, links y una organización decente. Por el momento, iré dejando en el tema lo que he hecho hasta el momento, con links en este primer mensaje tanto al respectivo post como a a deviantART, donde también está y estará todo lo que vaya publicando.

Quiero críticas. No voy a mentir, mejor si son constructivas y hechas de la forma menos hiriente que se os ocurra. Pero si subo mis trabajos, es porque realmente quiero que más gente los lea, encuentre los errores que yo no he visto y me ayude a mejorar. Aunque tampoco voy a rechazar un KUTGW de vez en cuando, esos siempre suben la moral.

¿Recuerdas cuando nos conocimos?

Esta serie es una especie de experimento que se me ocurrió hace un tiempo. Me interesaba la idea de empezar diferentes relatos con la misma frase y ver como de diferentes era capaz de hacerlos los unos de los otros. Tengo que decir que el orden en el que los escribí y en el que han sido subidos no se corresponden. De hecho, los dos primeros todavía siguen escondidos en mi ordenador, y hay varios, escritos antes, después y entre los subidos, que posiblemente no lleguen a ver la luz.

  1. Carpe diem | dA.
  2. Muerte | dA.
  3. Save Tonight | dA.
  4. De zombies y amor a primera vista | dA.

One shots.

  1. Llave | dA.
  2. El último tren | dA.
  3. Tío, eres gilipollas | dA.
  4. Elena. Terciopelo rojo | dA.
  5. 1820 | dA.
  6. Emperatriz III | dA.
  7. [url=...]Hefesto y Afrodita[/url] | dA.
  8. [url=...]Mañana[/url] | dA.

En gallego.

He dejado para el final un par de relatos escritos en gallego, porque supongo que solo una parte de los que se pasen por el tema conocerán el idioma. La verdad es que me encuentro más cómodo escribiendo es castellano que en gallego, de ahí que solo haya escrito menos cosas en este idioma hasta ahora. Pero estoy bastante orgulloso de ambos, así que creo que merece la pena que sean leídos.

  1. A derradeira loita | dA.
  2. Xogar a ser autor | dA.
  3. [url=...]As fillas de Mnemósine choran[/url] | dA.
Última edición por poneglyph el Sab Dic 17, 2011 6:22 pm, editado 2 veces en total
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poneglyph
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Re: Poneglyph a Go-Go

Notapor poneglyph el Vie Abr 22, 2011 7:15 pm

¿Recuerdas cuando nos conocimos?

Carpe diem.
Spoiler: Ver
-¿Recuerdas cuando nos conocimos? Yo nunca podré olvidarlo.

-Yo tampoco. Una desgracia como esa no pasa todos los días.

La chica lanzó el puño contra la boca del estómago de su acompañante, dejándolo sin aire.

-Eres idiota -dijo intentando fingir enfado.

-Y tu una actriz de pena -contestó él-. Eso sí, como boxeadora no tendrías precio...

El jóven abrazó a su novia, protector, y hundió la cara en sus rizos rubios mientras los pies de ambos se perdían en la fina arena de la playa. La verdad era que por mucho que lo intentase, era incapaz de recordar el día en el que ambos se habían conocido. Apenas recordaba nada de su primer día como pareja. Siempre había pensado que la vida era demasiado corta como para preocuparse del pasado. Prefería limitarse a disfrutar del día a día.

-Carpe diem -pensó en voz alta.

-¿Qué?

-Nada. El pelo te huele a mar.


Muerte.
Spoiler: Ver
—¿Recuerdas cuando nos conocimos? Yo nunca podré olvidarlo.

—La verdad... Que no te parezca mal, pero... Entiendo que un intento de suicidio no es algo fácil de olvidar, pero yo me dedico a esto. Veo a muchos como tú todos los días.

—A lo mejor es por que estoy un poco cambiada. La última vez tenía una melena preciosa – dijo la mujer un poco decepcionada.

La Muerte dejó caer su guadaña al suelo y buscó algo e su cuaderno. La mujer que la acompañaba echó una mirada a su alrededor, pero no vió a nadie. Estaba sola con la Muerte en medio de una enorme explanada de adoquines blancos que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. La imagen la había sorprendido más la primera vez.

—La primera vez esto sorprende mucho más... ¿Hay muchos casos como el mío? —preguntó la mujer.

—¿Que pasen por aquí dos veces? No te ofendas, pero la mayoría de los mortales sois un poco idiotas. A veces algunos necesitais que un esqueleto con túnica negra os diga como vivir. Así que sí, pasa más de lo que crees.

—Es lógico. Debes haber conocido a muchas de las personas más importantes del mundo...

—A todas —interrumpió Muerte—. Pero ya las he olvidado. Para mí son solo un alma más que guíar.

—... y conocerás todos los misterios de la vida.

—Los supe, pero también los he olvidado. Entiéndeme, a nadie le interesa conocer el sentido de la vida cuando ya ha muerto. Les preocupa más saber el lugar que les corresponde, o si se han pasado la vida rezando al dios correcto.

—¿Y?

—Con lo último nadie ha acertado hasta ahora. Sígueme.

La mujer quiso preguntar a dónde debía seguirla, pero cuando se dió cuenta, un enorme río de aguas blanquecinas se extendía frente a ellas. Un puente, también de adoquines blancos, cruzaba el río. Muerte recogió la guadaña y empezó a caminar sin prisa. La mujer la siguió.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Muerte.

—Claro.

—¿Por qué? ¿Por qué lo haceis? ¿Por qué no apreciais más la vida? Hace poco, alguien me dijo que lo que más miedo le daba de la muerte era dejar de sentir... Me he pasado tanto tiempo haciendo esto que ya no recuerdo mi primer día. De hecho, no estoy seguro de que hubiera un primer día. Y en todo este tiempo he oído hablar de amor, de amistad, de odio, de sueños... Tiene que ser fantástico poder sentir todo eso. Incluso debe ser fantástico saborear una manzana. Pero vosotros os empeñais en tirarlo todo a la basura.

—Hay veces que esos sentimientos de los que hablar son demasiado fuertes. Esas veces tenemos miedo y no nos vemos con fuerza para enfrentarnos a la vida.

—Sabiendo todo lo que has vivido desde la última vez, ¿te hubieses venido entonces conmigo?

—Nunca. Entonces era una niña, estaba perdida y busqué el camino fácil. Ahora es diferente, pero tampoco es que me de miedo esto. Desde que me dijeron que estaba enferma, he vivido intentando disfrutar de cada experiencia y sabiendo que podría ser la última. Pero a la vez eso me ha hecho perderle el miedo a la muerte. Con el tiempo he acabado asumiéndolo: antes o después, la vida llega al final y solo nos queda saber que hemos tenido una vida plena y que cuando ya no estemos, quedará alguien que nos recuerde. Además no me arrepiento de nada de lo que he hecho desde la última vez.

De golpe, la Muerte se paró. La mujer siguió andando unos metros, hasta darse cuenta de que había dejado atrás a su guía.

—¿Qué pasa? —preguntó la mujer.

—Yo me quedo aquí. Ahota debes seguir tú sola.

—¿Cómo? No sé hacia donde ir.

—Sí lo sabes. Aunque no os lo parezca, todos sabeis vuestro destino.

La Muerte se dió la vuelta y cuando estaba llegando de nuevo al puente, volvió a pararse.

—¿De verdad no te arrepientes de nada? —preguntó.

—No lo sé —dijo la mujer tras pensar un poco—, es difícil. Hay muchas cosas que cambiaría si tuviese la oportunidad, pero todas han sido lecciones que me han enseñado como vivir —la mujer miró al suelo unos segundos y siguió—. No.

—Entonces me marchó ya. Tranquila, sabrás como seguir a partir de aquí.

—Muerte, una última pregunta.

—¿Qué?

—¿Cómo será?

—No lo sé. Yo nunca he muerto.


Save Tonight.
Spoiler: Ver
—¿Recuerdas cuando nos conocimos? Yo nunca podré olvidarlo.

Ella se quedó en silencio unos segundos, buscando las palabras adecuadas. En un momento como aquel, quería que todo fuese perfecto para poder recordarlo sin arrepentirse de nada. No quería equivocarse. Al fin encontró las palabras que buscaba:

—No quiero que te vayas —dijo mientras lo abrazaba entre las sábanas—. No quiero olvidarte. Nunca.

Él la calló con un beso. Juntos, compartieron la cama durante horas. Horas que parecieron segundos. En los últimos días, el tiempo que pasaban juntos volaba, se les escapaba de entre las manos como arena, y los dos querían aprovecharlo para tener algo que recordar cuando llegase la despedida, que esperaba amenazante.

Y juntos, disfrutaron el uno del otro mientras sus cuerpos se entrelazaban entre las sábanas, como si el mundo fuese a terminar a la mañana siguiente. Para ellos, el mundo iba a terminar la mañana siguiente. Su mundo iba a terminar la mañana siguiente. Se quedaron dormidos abrazados y así permanecieron toda la noche, sin poder separarse.

Cuando ella se despertó, mirando al techo, estaba sola en la cama. De él, sólo quedaba el olor en las sábanas y una pequeña nota en la mesilla. Ella prefirió guardarla para más tarde, para cuando empezase a olvidarlo, para que su mundo no se acabase nunca.


De zombies y amor a primera vista.
Spoiler: Ver
—¿Recuerdas cuando nos conocimos? Yo nunca podré olvidarlo.

No sé por que lo dije. No lo sé. Sólo sé que me quedé mirando sus ojos verdes, penetrantes, y sentí que tenía que decir algo profundo. Algo que los dos nunca olvidásemos.

¿Suena precioso, no? Fue horrible. Espantoso. En cuanto cerré la boca, me sentí el hombre más ridículo del mundo. Lo peor era que por lo que sabía, podría ser el único hombre del mundo. El único vivo, quiero decir. Y allí estaba yo, probablemente una de las últimas esperanzas de la humanidad, intentando parecer profundo al lado de la chica más perfecta del mundo (aunque perfecta en una situación como la nuestra significase que la cara no se le caía a trozos) mientras los dos estábamos atrapados en un supermercado rodeado de no-muertos intentando devorarnos.

—...si salimos de esta, claro...

Genial. ¿Se suponía que eso iba a arreglarlo? ¿Es que ni rodeado de no-muertos hambrientos de cerebros frescos podía callarme la boca? Si antes me sentía ridículo, ahora... bueno, ahora me sentía lo que va después de ridículo. Lo que sea eso. Por lo menos fui lo suficientemente listo como para no preguntarle a ella que es lo que va después de ridículo.

—Vale —respondió friamente después de unos instantes de silencio—. Gracias, supongo...

Perfecto. Estaba seguro de que ella habría preferido estar fuera con los no-muertos que allí cargando conmigo...

* * *

¿Qué coño...? No, en serio, ¿de qué cojones iba todo aquello? ¿Se estaba poniendo sentimental? ¿Conmigo? Por favor...

Cuando ví el supermercado, pensé que sería buena idea entrar allí: comida y bebida gratis y... ¿Qué? Ya sé que en una invasión zombie parece una tontería preocuparse por eso, pero nunca se sabe cuando vas a necesitar el dinero. Y si quedaba alguien vivo que intentase cobrarme, siempre podía volarle la cabeza y decir que lo había confundido con un zombie. Bueno, a lo que iba: además de la comida y la bebida, el super tenía varias salidas y una azotea desde la que podía vigilar los alrededores, así que parecía el sitio perfecto.

Me equivoqué. La comida no estaba precisamente fresca y el olor había atraído a algunos zombies, que habían infectado a los trabajadores que se habían refugiado allí. Así que no había alguien vivo intentando cobrarme, había alguien muerto intentando cobrarme. Tampoco era malo del todo. ¿Nunca habeis querido pegarle un tiro a una de esas niñatas cajeras chonis que te atienden comiendo chicle? Yo sí, y tenía la excusa perfecta para hacerlo.

Después de limpiar el super (y por limpiar me refiero a llenar el suelo de sangre y sesos putrefactos), me encontré a un tío tembloroso, escondido detrás de la estantería de productos de limpieza. Por lo visto, había pensado lo mismo que yo del super (aunque él pretendía dejar el dinero de lo que cogiese en la caja "por si se lo descontaban del sueldo a la cajera", pero olvidemos eso). La diferencia es que él no iba armado y había tenido que correr hasta que consiguió darles esquinazo a los zombies. Que no es que tenga mucho mérito porque, por si no lo sabíais, los zombies son gilipollas (lo normal cuando se te pudre el cerebro, supongo). Pero había conseguido esconderse y sobrevivir hasta que llegué yo y me cargué a esos cadáveres. Pensé que sería bueno tener a alguien que me cubriese las espaldas. Además, yo no podía disparar mis tres armas a la vez. Y sería bueno tener a alguien que me diese conversación.

No hace falta decir que me equivoqué. Menudo capullo.

—Estoy harta de esperar —dije mientras me cargaba el rifle al hombro—. Salgamos ahí fuera a matar algunos zombies. Intenta no malgastar munición, ¿vale?

* * *

No me gusta llamarlos zombies. No es políticamente correcto. Cuando empezó la infección, en la tele se reían de ellos y los llamaban "putos zombies" o "cadáveres come-cerebros". A todo el mundo le parecía muy gracioso. Hasta que alguien en los estudios de televisión se infectó y empezó a morder a la gente de allí. Cuando se le cayeron las orejas, al presentador de las noticias del mediodía dejó de parecerle gracioso. Eso imagino, porque lo único que hizo fue intentar comerse la cámara y darle cabezazos al objetivo mientras balbuceaba cosas extrañas.

Además, ¿qué nos han hecho los no-muertos para que los despreciemos así? Vale, intentan comernos, pero no es culpa suya. La naturaleza los ha hecho así, es una cuestión de supervivencia. Si a la mayoría no se les hubiese caído la lengua y fuesen capaces de pronunciar de una forma comprensible, estoy seguro de que se disculparían antes de devorarnos el cerebro. O de que por lo menos nos pedirían permiso.

No me gusta llamarlos zombies, pero después de mi intento de decir "algo profundo", preferí callarme. Al lado de aquella chica, tenía posibilidades de sobrevivir. Ella parecía saber lo que hacía, y no quería que me dejase tirado. No, eso no hubiera sido bueno.

Así que cogí mi pistola (la que ella me había dejado, porque yo estoy en contra del uso de armas) y la seguí en silencio, dispuesto a "matar algunos zombies" sin malgastar munición.

* * *

No es que no me guste matar zombies. Me encanta. Pero en lo último en lo que pensaba cuando decidí salir del super era en matar zombies. Debía que haber más gente viva en alguna parte, y nosotros teníamos que encontrarlos. Lo que quiero decir es que él no podía ser el último hombre de la tierra. Y con suerte, encontraríamos a otras dos personas: un chicho rubio, alto y guapo, de ojos azules y alguien, cualquiera, que se encargase del tío que venía ahora conmigo. Sí, eso sería perfecto.

Pero para terminar con la racha del peor día de mi vida, volví a equivocarme. El super estaba rodeado por una horda de zombies, pero cuando nos quisimos dar cuenta, ya era demasiado tarde para volver atrás. Y por si no lo sabíais, una horda son muchos zombies. Muchos. Demasiados para dos personas y tres armas.

¿Pero qué íbamos a hacer? ¿Escapar corriendo como niñitas de preescolar? Vale, él lo intentó, pero no le dejé. En cuanto me aseguré de que no iba a dejarme allí sola, me preocupé de hacer volar cabezas de zombies e intenté no mirarlo a él. Sobre todo porque pensé que verlo llorar asustado sería muy incómodo. Más incómodo que lo que me había dicho en el super. Y sabía que iba a llorar.

Maté a unos cuantos zombies. Y por "unos cuantos" quiero decir un huevo de zombies. Puede que fuese un capullo, pero era agradable tener a alguien armado cubriéndote las espaldas. Aunque ese alguien pidiese perdón a cada bicho de esos que mataba. Patético.

Sí, patético. Tanto como obsesionarse con los zombies que vienen de frente y olvidarse de los lados, así que creo que debería callarme. Un puto error de principiante... En mi defensa diré que había demasiados zombies y por lo menos maté a unos cuantos. Cuando quise darme cuenta, un brazo a medio descoponer me estaba agarrado la mano y no me dejaba disparar. En momentos así te alegras de que tu madre sea una de ellos y demasiado estúpida como para echarte la bronca por llenar la ropa de sangre... Como sea, al sentir como ese cadáver me mordía el brazo, grité y me lo saqué de encima como pude.

—¿Estás bien?

—Me acaban de morder en el brazo —respondí cabreada—. ¿A ti te parece que estoy bien? ¡Joder!

Otro zombie se me lanzó encima (genial, ahora era la presa fácil), pero mi ami... bueno, el capullo de mi espalda, fue más rápido y le llenó la cabeza de plomo antes de que pudiese acercarse demasiado. Antes de que pudiese darme cuenta, el tío me cogió por debajo del brazo y tiró de mí.

—Hay que buscar un lugar más seguro.

De puta madre, ahora él iba a salvarme. El Puto Peor Día De Mi Vida.

* * *

Y así es como sin darme cuenta, me convertí en algo parecido a un héroe. De verdad, deberíais haberlo visto. Fue espectacular. La cogí por el brazo y tiré de ella mientras disparaba a los no-muertos. Ya sé que estuvo mal, pero no tenía otra posibilidad. Así que después de arrasar entre los no-muertos (¿os he dicho lo guay que fue?), la llevé al primer edificio que me pareció seguro. Allí podríamos descansar y esperar a un momento mejor para salir.

—Mátame —dijo ella de repente—. En serio, mátame. He visto lo que pasa cuando te muerden. Al principio no parece grave, pero pronto me volveré estúpida y estaré intentando morderte. Yo no quiero volverme estúpida y tú no quieres que te muerda.

Todavía estaba intentando asimilar lo que me había pedido cuando murmuró algo más.

—¿Qué has dicho?

—Que tampoco es que yo tenga ganas de morderte...

Los dos nos quedamos en silencio, sin saber que decir. Yo por lo menos no sabía que decir.

—Mira, supongo que no quieres quedarte solo. Los dos sabemos que solo no tendrías ninguna oportunidad, no te ofendas...

—Tranquila, no me ofendo.

—¿Quieres callarte y dejarme acabar? Solo no vas a tener ninguna oportunidad y supongo que tú tampoco quieres volverte estúpido e ir mordiendo gente por ahí, ¿no? ¿Y si los dos nos disparamos a la vez?

¿Qué? Espera un segundo. ¿Dispararnos? ¿Los dos? ¿Y después morirnos? Era un final bonito, ¿pero por qué tenía que morir yo también?

Volvimos a quedarnos callados, aunque esta vez me tocaba a mí hablar.

—Mira, si no quieres da igual. Tú sólo dispárame. En la cabeza.

—No —dije apretando mi pistola con fuerza—. Está bien. Hagámoslo.

Los dos levantamos nuestras armas y nos apuntamos a las cabezas. Cada uno a la del otro, claro. Fue un momento bastante tenso. Casi tan tenso como espectacular mi rescate de entre los zombies. Pero no hay nada tan espectacular. Menos las naves espaciales. Siempre me han gustado las naves espaciales...

Pero eso da igual. Lo importante fue lo que le dije justo antes de disparar:

—Antes... Antes me gustaría decirte algo.

—A mí también.

—Entonces dilo tú primero.

—No, tú antes.

—Vale, yo antes —¿debería haber insistido más? Nunca se me ha dado bien el protocolo y esas cosas—. Quería decirte que... bueno... es difícil, pero... a ver, lo que yo quería decir es que... bueno, que creo que me gustas.

* * *

Por el amor de Dios, cállate y dispárame ya.

* * *

—Ya sé que sólo hace dos horas que nos conocemos —continué, mirando al suelo—, pero... no sé, de verdad me gustas. Y tienes unos ojos preciosos.

—Vale —me contestó, y se quedó callada apuntándome con su rifle. En esa posición, daba mucho miedo.

—Venga, ahora tú —le dije intentando poner mi mejor sonrisa.

—Ya da igual —se calló, pero hice un gesto, insistiendo en que siguiese hablado —. Que cojones, vale. Eres un capullo. Ya está, era eso. Sólo quería decirte que eres un capullo. Hubiese preferido que cuando te encontré, fueses un zombie. Por lo menos así no habría tenido reparos en pegarte un puto tiro y seguramente ahora no estaría a punto de morir.

Y disparó.


One Shots.

Llave.
Spoiler: Ver
¿Qué? ¿Dónde estoy? ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Y esto en mi cuello? Está frío. Ya está, mis ojos ya se están acostumbrando a la luz... ¿Una cadena? ¿Qué hace una cadena en mi cuello? Parece que sigue hasta la pared. Una pared lisa, mugrienta. Parece que algún día fue blanca, pero no estoy seguro. La luz amarillenta de esa maldita bombilla hace que todo parezca todavía más sucio. ¿Dónde estoy?

¿Estoy soñando? Eso es, tranquilo, es sólo un sueño. Cierra los ojos, relájate, y te levantarás en tu cama odiando una mañana más a ese maldito despertador. Como un día cualquiera. Con los odiosos pitidos del desper... ¿¡Dónde cojones está ese despertador!? ¡Suena! ¡Vamos, suena!

No. No, relájate. No debes ponerte nervioso. Recuerda lo que siempre te dice el psicólogo: "Los gritos y la agresividad no sirven de nada. Las cosas se consiguen con calma y paciencia". Además, no hay ningún problema. ¿Estar encadenado a una pared sucia? Por favor, soy un experto en sueños traumáticos, no me voy a morir por estar encadenado a una maldita pared sucia...

¡Por el amor de Dios! ¿Dónde está ese despertador?

Si por lo menos esa puta bombilla dejase de balancearse como una idiota... ¿Te lo estás pasando bien? ¿Disfrutas columpiándote en un cable mientras yo sueño atado a una pared sucia? ¿Eso te divierte? Mierda, ¿qué estoy haciendo? ¿De verdad estoy discutiendo con una bombilla? Este sueño me empieza a dar miedo. Y encima tengo los pies conge...

¿Agua? No me jodas, ahora esto se está empezando a llenar de agua. Míralo por el lado bueno, por lo menos eso va a quitar toda esta mierda de las paredes. ¿Pero qué digo? Me voy a ahogar. Y sigo encadenado a la maldita pared. Tengo que salir de aquí. Tiene que haber alguna manera de soltarse de esta cadena. Algo como...

¡Esa llave! ¿Pero cómo he podido ser tan estúpido? Esa llave lleva colgando debajo de la bombilla desde el principio y hasta ahora no la había visto. Seguro que esa llave abre el grillete. Si pudiera cogerla... Sí, está cerca. sólo tengo que estirar un poco el brazo y... ¡Mierda! ¡No llego! Vamos, tú puedes. sólo un poco más... Venga, ya la estás rozando. La tengo tan cerca.... ¡Joder! ¡No puedo!

A lo mejor con los pies... O si estuviera en el agua... ¡Eso es! Dejaré que el agua llegue a la llave. Así podré agitar el agua y hacer que la llave llegue hasta aquí. Mientras tanto, debería pensar como salir de aquí cuando me suelte y...

¡Ya está! Ahora mueve el agua un poco, espera que se aleje y vuelva... ¡No! ¡He dicho que vuelvas! No, no te quedes allí. Agitaré más el agua. En algún momento tiene que volver... Un poco más... Un poco más... ¡No! No, no, no, no, no y no. Por favor, tengo que cogerla... Tengo que llegar... Mierda, aunque me disloque el brazo, tengo que llegar a la puta llave.

¿Para qué? Esto ya está lleno de agua. No voy a conseguir alcanzarla nunca, y aunque lo hiciese no podría salir de aquí. No vale la pena. Está bien, respira profundamente, con cuidado de que no te entre agua en la boca. Cierra los ojos. Es sólo un sueño. Respira. Tranquilo. Lo pasarás mal un rato y luego te despertarás sudado. Sólo una pesadilla más. Sólo eso...

Maldita llave. Está tan cerca...


El último tren.
Spoiler: Ver
Por fin, consiguió llegar a la estación. Temblando, en parte por el miedo y en parte por el frío, se dirigió a comprar un billete.

-¿Un billete? -preguntó el vendedor sorprendido- ¿Un billete a dónde?

Se quedó helado, sin saber qué responder. Hasta ese momento, no había caido en la cuenta de que no sabía a donde se dirigía, por que de hecho, tampoco sabía donde estaba.

-Un billete a Casa -respondió dubitativo.

Se sorprendió todavía más cuando vió que el vendedor le tendía el billete bajo el cristal, pero prefirió no preguntar y se limitó a pagar. Al fin y al cabo, así eran los sueños. ¿No?

Cuando hubo recuperado el calor y se tranquilizó, buscó su tren entre los horarios de salidas y llegadas. No le costó mucho. Todos y cada uno de los trenes que salían o pasaban por aquellas estación compartían destino. Todos iban a Casa. Pero de entre todos, se fijó en el último de todos, el único que iba a Casa desde Ninguna Parte, sin ninguna otra parada que la estación en la que él se encontraba.

-Perfecto, así podré ir directamente -dijo en alto-. Valdrá la pena esperar.

Se guardó el billete en el bolsillo del pantalón y entró en la cafetería. Con el poco dinero que le quedaba, pidió un café y una palmera. Mientras los saboreaba, vió como una pantalla anunciaba la llegada del primer tren a Casa. Estuvo tentado a dejar la comida a medias y subir al tren, pero se recordó a si mismo que llegaría incluso antes con el último tren, y así podría comer tranquilamente.

Para cuando hubo terminado la palmera, ya habían pasado dos trenes a Casa por la estación. Había vuelto a estar a punto de subirse a ambos, pero de nuevo se convenció de que el último tren era el mejor. Se acabó en café de un sorbo y se entretuvo leyendo el periódico, mientras pasaban más y más trenes. Con todos tuvo la tentación de marcharse, pero seguía convencido de que era preferible esperar al último.

-¿Por qué la gente se marcha ya y no espera al último tren? -preguntó al camarero.
-Supongo -contestó él-, que tienen miedo de perderlo y quedarse para siempre en la estación...
-Querrá decir hasta mañana.
-Si, eso -se corrigió el camarero.

De pronto, se sintió incómodo junto al camarero. Era difícil de describir, pero después de hablar con él, su presencia le provocaba escalofríos. Decidió marcharse de la cafetería, así que dejó el periódico sobre la barra y se sentó en un banco frente al andén. Desde su nueva posición vió como dos trenes más se paraban, recogían un par de pasajeros y se marchaban hacia Casa. Por supuesto, no se subió a ninguno, pero le extrañó darse cuenta de que tras su charla con el inquietante camarero, cada vez dudaba más si subir o no a los trenes. Pero no tenía importancia. Ya solo quedaba un tren, directo a Casa. Se incorporó y comenzó a caminar por el andén, estirando las piernas, consciente de que el trayecto hasta Casa sería largo.

Aún sabiendo que era una tontería, no pudo contener una enorme sonrisa al ver las luces del tren acercarse a lo lejos. Pudo leer a lo lejos el letrero que rezaba NINGUNA PARTE - ESTACIÓN - CASA. Quiso abrazarse a alguien, celebrar su vuelta a Casa, pero ya no quedaba nadie más en el andén. Corrió a la línea amarilla, deseoso de subir por fin al tren. Pero el tren no paró. El tren siguió su trayecto sin parar en el andén.

Mientras veía las luces del tren alejarse en la oscuridad de la noche, se dió cuenta de que el camarero de la cafetería lo esperaba al principio del andén.

-Supongo -dijo-, que tienen miedo de perderlo y quedarse para siempre en la estación...


Tío, eres gilipollas.
Spoiler: Ver
—Y le dije que no, que pasaba de...

—¿Qué? ¿Estás de coña, no?

—No, claro que no. En serio, tío, nunca me había sentido tan bien...

—Eres gilipollas.

Encantado, me llamo Miguel. Ellos dos, los que hablan, son mis colegas y mis compañeros de piso. Este último ha sido Pablo. Suele comportarse como un capullo y le encanta poner a parir a la gente, incluso cuando está delante. Sobre todo cuando está delante. Odio cuando lo hace, pero ahora tiene razón. El otro, el gilipollas, es Javi. Y Pablo tiene razón, es gilipollas.

—Espera, tío, deja que nos lo explique —les corto. Sé por experiencia que estas conversaciones puede convertirse en algo así como un bucle infinito de insultos de Pablo y justificaciones de Javi. Y creedme, no os gustaría ver un bucle infinito así. O por lo menos, no protagonizado por Pablo y Javi, eso seguro. Quizá por Carmen Electra...

—Gracias, Miguel.

Por favor, gracias a ti por cortarme cuando pienso en Carmen Electra. Capullo.

—Pues eso, ya sabeis que ella...

Ella, por cierto, es Marta. En Agosto, después de un verano de mierda, Pablo empezó a trabajar de camarero en un restaurante del centro. Poco antes, su novia se había marchado con un profesor (¡un profesor! Por el amor de Dios...) y sus padres habían dejado de pasarle dinero, así que después de un verano de mierda, no le quedó más remedio que ponerse a currar, combinándolo como podía con las clases. Javi y yo podríamos haberlo ayudado, pero... bueno, seré sincero, no quisimos prestarle un duro a Pablo. No es mal tío, pero no es de esa case de personas que te devuelven el dinero cuando se lo prestas.

Pero a lo que iba. Marta era una de las compañeras de Pablo en el restaurante. Para que lo entendais, todos quieren follarse a Marta. No todos los clientes, ni todos sus compañeros. Todos y cada uno de los hombres en la Tierra quiere follarse a Marta. De hecho, tú mismo quieres follarte a Marta, aunque posiblemente todavía no lo sepas.

Un día, creo que en Octubre, Marta se vino de juerga con nosotros. No solemos llevar a las chicas puestas (ni traerlas, a decir verdad), pero pensamos que Pablo quería llevársela a la cama, así que no dijimos nada. No hace falta decir que eso no pasó. Pero sin que nos diesemos cuenta, Marta era una más entre los tres cuando salíamos por la noche. Y sin que Javi se diese cuenta, se quedó colado por ella.

—...y entonces el otro día me dijo que quería hablar. Ya sabeis, en plan... no sé, hablar.

—¿Y de qué hablasteis?

—Yo que sé, hablamos.

—No me jodas, Javier. ¿Pasó algo?

—Pasó que me dijo que quería enrollarse conmigo.

—¿Sólo te lo dijo? O sea, tuvo que pasar algo más. Joder tío, es Marta.

—Ya os dije que no. Le dije que pasaba de eso.

—Miguel, por favor, ¿puedes pegarle al capullo con el que estoy hablando y decirle que es gilipollas?

—No voy a hacerlo. Venga, Javi, sigue contándonos que pasó.

Si me preguntais mi opinión, lo que más le jode a Pablo es que el quiso follársela y no pudo. De hecho, que sepamos nadie lo ha conseguido. Y ahora Javi no sólo la tiene en bandeja, sino que además la manda a la mierda. Tiene que joder cuando te estás muriendo de hambre y alguien tira las sobras a la basura. Seguro que un "No, yo paso, pero Pablo te serviría para un apaño hasta que encuentres a alguien como yo." habría hecho que las cosas fuesen mejor ahora mismo.

—No pasó nada más. Le dije que pasaba de esos rollos y ya está. A ver, ya sé que es Marta, pero...

—¿Pero qué? Joder, macho, llevas dos meses colgado por ella y de repente viene y te dice que quiere irse a la cama contigo. ¿Y le dices que no? Eres gilipollas.

—Precisamente por eso. Después de dos meses comiéndome la cabeza, llega ella y me dice que quiere enrollarse conmigo. No sé, tío, pero yo controlaba la situación... Y quise darme el gustazo de rechazar a una tía como Marta, sólo eso. En serio, tíos, si hay algo mejor que follarse a una tía buena, eso debe ser rechazarla con cara de sobrado. Es genial.

—...

—...

—¿Soy gilipollas, no?

—Tío, eres gilipollas.

Sí, es gilipollas.


Elena. Terciopelo rojo.
Spoiler: Ver
Elena sólo tiene trece años, pero adora el arte. Adora el arte. Ve más, quiere más. Devora arte. Está hambrienta. [HAMBRIENTA] [MÁS] [MÁS]

Los elefantes blancos corretean entre el pasillo haciendo ruido. [SILENCIO] No dejan escuchar. En el escenario, hay gente que canta y grita [GRITA MÁS] mientras se doblan y los trenes chocan [CHOCA MÁS] haciendo saltar tinta. La tinta moja. Es tinta seca que se enfría cuando llega a la piel de Elena, manchando sus guantes de terciopelo rojo.

Las manos de Elena están negras. [SUCIO] Elena necesita limpiarse, pero no puedo. Cuando quiero levantarme, me siento. Cuando quiero correr, me siento. [Y MIRO] [MÁS] En el escenario los elefantes observan en silencio. [MÁS RUIDO] Uno salta, dos saltaron, tres estaban saltando. Si cuatro hubiesen saltado...

El baile sigue hasta que la cinta se corta. La cinta se quema. Todo arde. [FUEGO] Los ojos arden y estarán tristes. Tristes porque la música es triste. Elena llora por la música. [LÁGRIMAS] Es triste, pero es hermosa.

Elena [ELENA] [ELLA] [ELENA] sentada hasta que baja el telón. Telón de terciopelo rojo, [ROJO] con manchas negras. [NEGRO]

[NADA QUE VER]


1820.
Spoiler: Ver
Luis se apartó justo a tiempo para esquivar el golpe de la caja en su cabeza, pero no pudo evitar que le cayese en el pie, ni que los papeles de su interior se desparramasen por el suelo lleno de polvo. Esta era una de las muchas cosas por las que odiaba subir al desván de la casa de sus abuelos. En medio de la oscuridad y del ambiente cargado, cada paso era un pequeño salto de fe, con el riesgo de que cualquiera de los objetos amontonados contra las paredes cayesen al estrecho pasillo que formaban. Y eso por no hablar de la peste a humedad, o de los crujidos de la madera bajo sus pies...

—Luis, ¿estás bien? — escuchó a su madre en el piso de abajo.

—Sí, tranquila. Se me acaba de caer una caja.

Luis se agachó con cuidado para recoger el estropicio a sus pies, intentando no tirar nada más mientras colocaba los viejos papeles entre sus manos para dejarlos de nuevo en la caja, sorprendido de que esta no hubiese estallado en pedazos. Pero en lugar de guardar los papeles, Luis se sentó en el suelo, sin importarle la capa de polvo que lo cubría, y colocó los papeles sobre la caja, desdoblando con cuidado el primero de ellos, casi hipnotizado por la fecha que se leía en una de sus esquinas.

***

1 de Enero, 1820
Querida María:

Tranquila, estoy bien.

Hace ya ocho años del día en que me marché de Cádiz para ir a la guerra contra los franceses. Aquel día tú llorabas y me hiciste prometer que volvería sano. Entonces todavía eramos dos niños. Volviste a hacer lo mismo cuando marché, ya parte del ejército, en dirección a las colonias americanas. Y hace unos meses también, cuando se suponía que iba a volver a América. Tranquila. Cumplí mi palabra las dos últimas veces y volveré a hacerlo en esta ocasión.

Te escribo esta carta porque sé que cuando la recibas ya estarás preocupada, asustada por los rumores que hayas podido escuchar. Mientras te escribo, otros soldados me piden que escriba también cartas para sus familias, pero esta vez es diferente al resto. No es como aquella vez en México. ¿Te acuerdas? Creo habértelo contado ya. Entonces solo podías escuchar el sonido de los fusiles, solo sentías el olor a pólvora y sangre bajo el sol. En aquella ocasión, los soldados asustados me pedían llorando que escribiese cartas de despedida para sus familias. Ya te he dicho alguna vez que solo los que nunca han estado en la guerra hablan de ella con orgullo y sin miedo. Las almas condenadas de las primeras líneas vuelven a casa con pesadillas terribles, si es que vuelven.

Pero esta vez es diferente. No hay miedo en las voces de los soldados, sino orgullo. Orgullo por las palabras de su comandante. Parece que todavía escucho su voz...

"Es de precisión para que España se salve que el rey Nuestro Señor jure la Ley constitucional de 1812, afirmación legítima y civil de los derechos y deberes de los españoles. ¡Viva la Constitución!"

Dime, ¿cómo podría alguno de los soldados haber negado su apoyo al comandante? Toda la guarnición repitió con él el "¡Viva la Constitución!". Cuando marché contra los franceses, lo hice porque creía en la libertad. Mientras mi padre, un humilde mercader gallego, era convocado a las Cortes y redactaba la Pepa, yo no podía quedarme quieto cómodamente en casa. Yo nunca he sido un hombre de letras, al menos no tanto como lo fue mi padre y lo es mi hermano, ya lo sabes. Pero creo en las mismas cosas que ellos creen, y peleo por ellas allí donde ellos no llegan. Creo en lo que mi padre hizo hace ocho años, por eso pelearé al lado del comandante Riego hasta que nuestro rey jure la Constitución y salve a España de las manos que la asfixian desde hace décadas.

Te escribo también porque planeamos dirigirnos hacia Cádiz en busca del apoyo del pueblo. Saldremos en unos días, para cuando tú ya hayas leído estas letras. Avisa a mi hermano de que me dirijo hacia allí. Prometo visitarte a ti también, para que puedas hacerme jurar de nuevo que volveré sano y salvo.

Tuyo,
FERMÍN DIÉGUEZ


13 de Febrero, 1820
Querido hermano,

Como prometí, te escribo esta carta. Todos los soldados seguimos bien, pero el espíritu de la tropa ya no es el que era a nuestro paso por Cádiz. El espíritu decae cada vez más, a medida que pasamos por los pueblos y la gente nos mira desde las puertas de sus casas. ¿Qué les pasa? ¿Por qué no nos apoyan?

Empiezo a tener miedo. Por mí, por el resto de soldados, por el comandante. Si la situación continúa así, nunca podremos avanzar hacia Madrid. Sin el apoyo del pueblo, no somos más que un puñado de soldados. Traidores, como nos llamaran dentro de poco tiempo si nada cambia.

Hace un mes, pensaba que podríamos cambiar España, que podríamos acabar lo que padre empezó hace ocho años. Ahora, en cambio...

Ayer llegamos a un pequeño pueblo entre Málaga y Morón, buscando sitio donde pasar la noche. Ya habíamos perdido toda la esperanza de que los habitantes se uniesen a nuestro movimiento, después de tanta indiferencia como hemos sufrido desde que dejamos Cádiz. Pero allí nos esperaba algo peor. Ni siquiera puedo recordar el nombre del lugar, pero intentaré preguntarle después a alguno de los otros soldados. Cuando llegamos, nos dirigimos a algunas de las casas, para explicarles nuestras intenciones y pedir cobijo, puede que incluso comida.

Nadie nos abrió sus puertas. Nadie.

Lo máximo que pudimos saber, gracias a unos niños a los que preguntamos mientras pastoreaban el ganado, fue que un párroco les había hablado de nosotros, de cómo pretendíamos derrocar a nuestro rey Fernando para instaurar un gobierno de "pecadores y viciosos que les robarían las tierras".

La noche fue terrible. El desánimo se extendió por toda la tropa y hubo algunas peleas entre los que pedían al comandante que se rindiese y los que apoyábamos la continuación de la empresa. Todavía hoy los soldados siguen sin ánimos para continuar la marcha. No sé que pasará mañana.

¿Qué vamos a hacer si el pueblo continúa dejándose engañar por aquellos que le chupan la sangre y miran desde sus sillones acolchados como la gente se muere de hambre en el campo? ¿Qué podemos hacer nosotros, un puñado de soldados soñadores? ¿Qué podeis hacer vosotros, los pensadores? ¿Estamos condenados a vivir así por siempre?

Si María te pregunta por mí, que lo hará, no le hables de estos problemas. Tampoco es necesario que le mientas, no quiero engañarla. Simplemente dile que sigo bien, sano, y evita cualquier otro detalle. De igual forma, confío en ti para que si nuestro pronunciamiento termina igual que lo han hecho otros antes, si yo termino como lo hizo el mariscal Porlier, evites que las noticias lleguen a María. Entonces sí, invéntate cualquier mentira. Dile que he huido hacia América, pero que jamás se entere de que me ha pasado nada malo.

¿Qué hago pidiéndote esto? ¿No es ridículo que hace un mes soñase con el cambio en España y ahora tema por mi vida?

FERMÍN DIÉGUEZ


7 de Marzo, 1820
Querido hermano,

¿No es maravilloso? Hace unos días el comandante Riego meditaba la decisión de licenciar a lo que quedaba de la columna, después de caminar sin rumbo por Andalucía sin haber conseguido los apoyos que buscábamos. Ahora, nos comunican que tras los levantamientos en Galicia, en nuestra tierra natal, el pueblo se agolpa a las puertas del Palacio Real en Madrid, exigiendo que el rey jure la Constitución que nuestro padre ayudó a redactar. ¿Puedes creerlo?

Aunque quiera decirlo, todavía no hemos conseguido lo que queríamos. Estamos cerca, pero si el rey jura la Constitución, todavía quedará mucho trabajo por delante.

Dile a María que en cuanto pueda iré a Cádiz a verla. También a ti, por supuesto. ¿Querrás que tu hermano pase algunos días en tu casa y celebremos juntos el cambio con el que padre soñaba?

Lo siento, la emoción apenas me deja escribir. Prometo enviarte otra carta en cuanto tenga más información, aunque seguro que para cuando esta te llegue, en Cádiz ya sabreis más de lo que sabemos nosotros ahora.

FERMÍN DIÉGUEZ


Emperatriz III.
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La emperatriz se pinta los ojos de color sol. Esto es, por supuesto, párpados como estrellas, deslumbrantes, iluminados. Como los ojos de Apolo. . Claro que Apolo no existe. Al menos no en su hoy. ¿Cuándo estaba hoy? ¿Cuándo he sido ella? Porque yo no soy ella. ¿O ella es yo?

Gigantescas, sensuales, bailarinas eróticas de color de fresa y uva. Ojos tapados. Cuerpos tapados. Destapados. Y cuerpos garabateados. Bailarinas gigantes, enormes, temibles. Intentan devorar a Emperatriz. Da igual, porque Emperatriz no es Apolo. Yo soy Apolo y ella soy él y yo fue ella. Da igual, porque este no es su hoy. Ni su ayer. Ni su mañana.

Emperatriz teme, pero el mozo de cuadras aparece y la rescata. Es Ultrahéroe armado con cepillos y herraduras. No limpia a las bailarinas, las mata. Sus ojos tapados. Su cuerpo tapado. Pero destapado. En algún momento, ayer, hoy, mañana, destapado. Baila con ellas. Mal.

El tiempo no pasa. El reloj está parado. "En un par de horas el reloj volverá a funcionar." Pero el reloj está parado. Las horas no pasan. No pasa el tiempo si el reloj se para. ¿Cuándo es el tiempo? ¿Dónde? No es su hoy ni su ayer ni su mañana ni su nunca ni el de Robocop ni el de ella ni el de él ni el de yo. Porque yo no soy. Ellos. Diferentes ellos no soy yo. Yo reloj no pasa a mí. Ni ella.

Y las bailarinas se los comen. Ñam! Entre uvas y fresas y ojos tapados y cuerpos pintados. ¿Aguantan?


En gallego.

A derradeira loita.
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Ergueu unha última vez a mirada mentres camiñaba entre a xente escoltado por dous soldados. Mirábano cunha expresión entre noxo e compaixón. Por que?

Recordou o día no que os soldados foron buscalo á súa casa. Daquela tampoco entendeu o porqué. Un luns, pensou, pero non puido dicir en que día estaba. Perdera a noción do tempo atado a aquela cadeira, entre esas catro frías paredes de pedra. O retorcer das súas tripas lembroulle tamén que non comera nada dende que os soldados chegaran á súa casa. Nun principio intentou resistirse, pero pronto se decatou de que sería mellor para a súa familia marchar tranquilamente. Sabía que el xa estaba condenado e non quería condenar tamén aos seus.

Sentíu un calafrío ao lembrar todo o que pasara no calabozo. Os golpes, os insultos... A súa man esquerda... Xa non podía movela, de feito nin a sentía. Pero sentiuse orgulloso de si mesmo. Nunca chorara, nunca baixara a cabeza, nunca suplicara.

-Veña, bule, que non temos todo o día para ti -dixo un dos soldados mentres o empurraba, sacándoo dos seus pensamentos.

Mirou cara ao seu destino: unha maceira baixo a que esperaban varios soldados armados. Recoñeceu a algúns deles, mozos cos que xogara de neno que agora non tiñan valor para mirar a cara ensanguentada daquel rapaz co que compartiran as tardes da súa infancia. Daquela, decatouse de que as deles non eran as únicas caras coñecidas. Entre os asistentes ao macabro espectáculo, atopou as caras dos que só había uns días falara con eles do tempo mentres compartía unha cunca de viño. Outros, mesmo, opúñanse igual que el á xente que o tiña preso nese momento, pero preferiran baixar a cabeza para poder seguir mirando entre o público.

Sabía que serviría como exemplo, para que ninguén máis, en moitos anos, se atrevese a levantar a voz e dicir o que pensaba en alto, pero el xa non podía facer nada. Era o que máis lle doía. Quixo pensar que a xente seguiría sendo ella mesma, que loitaría polo que cría sen importar cantos golpes levase no camiño. Xa só lle quedaba iso.

Mirou cara aos soldados, que xa levantaban a súas armas. Sentíu o son dos disparos, as balas penetrar na súa carne e o seu corpo caer ao chan. Sentíu o cheiro a pólvora e despois, nada...
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Re: Poneglyph a Go-Go

Notapor poneglyph el Sab Dic 17, 2011 6:26 pm

Resucito esto con un par de cosas más que se estaban muriendo de asco en el ordenador. Un congreso sobre la obra de Lois Pereiro para cerrar el año que le dedica la RAG me ha inspirado un poco, así que con un poco de suerte tendré algo de poesía (mala, por desgracia xD) que subir pronto.

Emperatriz III
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La emperatriz se pinta los ojos de color sol. Esto es, por supuesto, párpados como estrellas, deslumbrantes, iluminados. Como los ojos de Apolo. . Claro que Apolo no existe. Al menos no en su hoy. ¿Cuándo estaba hoy? ¿Cuándo he sido ella? Porque yo no soy ella. ¿O ella es yo?

Gigantescas, sensuales, bailarinas eróticas de color de fresa y uva. Ojos tapados. Cuerpos tapados. Destapados. Y cuerpos garabateados. Bailarinas gigantes, enormes, temibles. Intentan devorar a Emperatriz. Da igual, porque Emperatriz no es Apolo. Yo soy Apolo y ella soy él y yo fue ella. Da igual, porque este no es su hoy. Ni su ayer. Ni su mañana.

Emperatriz teme, pero el mozo de cuadras aparece y la rescata. Es Ultrahéroe armado con cepillos y herraduras. No limpia a las bailarinas, las mata. Sus ojos tapados. Su cuerpo tapado. Pero destapado. En algún momento, ayer, hoy, mañana, destapado. Baila con ellas. Mal.

El tiempo no pasa. El reloj está parado. "En un par de horas el reloj volverá a funcionar." Pero el reloj está parado. Las horas no pasan. No pasa el tiempo si el reloj se para. ¿Cuándo es el tiempo? ¿Dónde? No es su hoy ni su ayer ni su mañana ni su nunca ni el de Robocop ni el de ella ni el de él ni el de yo. Porque yo no soy. Ellos. Diferentes ellos no soy yo. Yo reloj no pasa a mí. Ni ella.

Y las bailarinas se los comen. Ñam! Entre uvas y fresas y ojos tapados y cuerpos pintados. ¿Aguantan?


Hefesto y Afrodita
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Hefesto camina renqueante, cojeando sobre la fina capa de rocío que cubre los adoquines. Apenas tiene ya aliento cuando llega por fin al portal al que Helios le ha enviado. Se apoya contra el muro de ladrillo visto, casi asfixiado, y sus ojos buscan la ventana correcta mientras una única farola parpadea sobre su cabeza. En todo el tiempo desde que dejó La Fragua, no ha dejado de apretar en su puño la nota firmada por la tinta dorada de Helios.

Al otro lado de la calle, un viejo lo observa curioso, casi divertido. Hesfesto sabe que no puede evitar mirar su pierna deforme, su rostro desfigurado, y sabe que el viejo se burla de él con esa sonrisa de falsa amabilidad. Y por un instante lo odia, desea haber traído su martillo para aplastar la cabeza del viejo contra los adoquines.

He venido a por mi mujer, le dice.

Si está aquí, contesta el viejo, es que ya no es "tuya".

El viejo tiene razón, pero eso Hefesto ya lo sabe. Lo sabe desde la primera vez que miró a Afrodita, lo sabe desde que ella la devolvió la mirada con asco, y lo ha sabido cada uno de los días en los que escondía su terrible cuerpo del mundo y de ella, sobre todo de ella, en La Fragua.

Piensa en simplemente caminar, o cojear, o arrastrarse hasta la puerta y abrirla de golpe para encontrarlos. Solo para que no tengan tiempo a esconderse. Pero al mismo tiempo espera que se escondan, no encontrarlos, que todo haya sido una mentira cruel, o una broma, o un sueño, o una sorpresa de Afrodita, que en realidad lo quiere, aunque antes no lo hiciese, ahora lo quiere, y Hefesto ha conseguido que ella lo quiera a él tanto como él a ella, o por lo menos la mitad, aunque nadie lo querría a él. Pero quiere verla. Verlos. Verlo, a él, a Ares, a él de quien todos se imaginaban que no sabía más que provocar guerras, más que causar dolor, que hacer daño, pero que ahora se ha convertido en el amante perfecto, porque Ares si entiende a Afrodita, si sabe lo que ella necesita y no duda en dárselo, y además tiene el cuerpo de un guerrero, no es cojo, ni tiene joroba, ni granos, ni cicatrices. Cicatrices sí, pero las cicatrices que tiene son de guerra, no por haber sido demasiado repugnante hasta para su madre, no porque su madre se asqueó tanto al verlo que lo dejó caer al suelo, así que él puede presumir de sus cicatrices, son un atractivo más que lo convierten en el amante perfecto que Hefesto no es, en la media naranja que complementa a Afrodita igual que Afrodita complementa a Hefesto, igual que Hefesto sueña con complementar a Afrodita, solo porque siente que ella merece tanto, o por lo menos la mitad, de lo que disfruta Hefesto a su lado, cuando la toca, cuando la mira, cuando ella lo mira a él aunque sea con asco, o con desprecio, o con rencor por haberla atado a un pobre lisiado incapaz de hacerla sentir plena, porque a pesar del asco, del desprecio, del rencor, ella lo mira, sabe que existe, y por segundos, ellos comparten algo. Aunque sea la existencia.

Desde que empezó a sospechar, y esperando frente a la puerta a que algo pase, a que algo lo saque de este trance en el que él mismo se ha atrapado, Hefesto se los imagina juntos, de mil formas, en mil posturas diferentes: a cuatro patas, él encima de ella, ella encima de él, que tiene el cuerpo de un guerrero, no el de un herrero, ni es cojo, ni tiene joroba, así que él si puede hacer disfrutar a Afrodita como ella necesita, como a Hefesto le gustaría poder hacer pero no puede porque no es más que un pobre herrero lisiado, del que todos se compadecen, menos Afrodita, y que a todos repugna, especialmente a Afrodita, no solo porque tiene el cuerpo deformado, también porque la obligó acasarse con él, la engañó con mentiras, las mismas mentiras con las que se engañó a si mismo, de felicidad, de que la mirada de Afrodita curaría su cojera y sus cicatrices, y si no, incluso con todas las deformaciones de su cuerpo, la amaría tanto que haría cada día de su vida eterna inolvidable, la haría sentir única a acada segundo, amada como ni Eros podía hacer que alguien la amase. Pero tampoco eso ha sabido, podido, porque tanto como lo intenta, Hefesto sigue sintiendo que el Aqueronte se interpone entre él y Afrodita, entre lo poco que ella necesita y lo mucho que él quiere darle pero no sabe, o no puede darle, y ahora Ares pasea cogido del brazo de Afrodita por la otra orilla, pometiéndole, y dándole, todo lo que a Hefesto le gustaría poder prometer, y dar.

Hefesto duda si abrir la puerta. Quiere dejar de esperar, echar la puerta abajo de una patada. Él, el pobre herrero cojo, quiere echar la puerta abajo, coger a Afrodita por su cinturón, o agarrarla de la cara, preguntarle por qué, aunque ya sabe por qué, y luego hacer que Bía y Cratos lo encadenen a una montaña, donde un águila le devorará el hígado. Pero sabe que no sería así, que Afrodita lo miraría con desprecio, y no con culpa, que el cuerpo de guerrero sería demasiado para que un pobre herrero cojo lo encadenase, que todos mirarían al pobre Hefesto con pena, pero también con desprecio, y que se burlarían de él, porque al fin y al cabo la culpa es suya y de nadie más, por engañar a todos, a Afrodita y a sí mismo, porque no ha podido ser más que el pobre herrero que adora a Afrodita en un pedestal, ofreciéndole sacrificios de grasa y tendones, engañándola como Prometeo, porque Afrodita no puede esperar más de un pobre herrero tullido.

Tiene razón, que sigue mirando con la sonrisa burlona su cuerpo desfigurado, no es mía. Pero tampoco lo ha sido nunca.

Y siente lástima de sí mismo, pero también se odia porque ha tenido a Afrodita en sus manos sucias de arsénico, deformadas por las cicatrices, y solo ha sabido dejarse deslumbrar por su melena de rayos de sol, sus ojos arcoiris, y también por los jadeos que cree escuchar salir por una de las ventanas.

Por primera vez desde que ha salido de La Fragua, afloja ligeramente su puño y deja que el papel con la tinta dorada de Helios caiga lentamente, mecido por el viento, sobre los adoquines húmenos. Desea no haberla leído nunca, para poder seguir levantándose todas las mañanas, en La Fragua, adorando a Afrodita en su pedestal, pero también desea disculparse, porque la culpa de ser él mismo es solo suya. También por primera vez desde que ha salido de La Fragua, la ira se convierte en vergüenza, quiere volver a su yunque y esconder su cuerpo deforme del mundo.


Mañana
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Abres los ojos con el despertador susurrándote dulcemente al oído que es hora de levantarse. "¡Por fin!", piensas. Tu propio pensamiento te estremece e intentas huir de él escondiéndote entre las sábanas, abrazado a ellas, esperando a que los rayos de sol se filtren a través de la ventana y te mezcan suavemente fuera de la cama, o quizás que alguien venga a recordarte que el despertador suena, como si fueses inmune a su estridente súplica de atención, para poder contestar con un gruñido que te levantarás en un minuto.

No va a pasar.

El enorme edificio gris que se eleva frente a la ventana, ya lo suficientemente minúscula, encierra la mañana, tu mañana, en una eterna noche de cemento. Y no hay nadie más en casa. Ayer si estaban todos, lo sabes porque vinieron a besarte y acunarte antes de que te durmieses mirando las estrellas pegadas al techo. Las estrellas tampoco están ya.

Tiras el despertador de un puñetazo. A pesar de que te incorporas y sacas los pies de la cama con cuidado, no puedes evitar tropezar en tu primer paso. Puede haber sido el despertador, quizás una zapatilla. En realidad, cualquier cosa, y desde luego no vas a saber que ha sido si toda la iluminación de la habitación es un triste rayo de sol que se refleja tímidamente en el edificio de enfrente, lo suficiente para apreciar todos los matices del gris del cemento.

Sin haber recuperado del todo el equilibrio, avanzas a trompicones hasta el baño, donde apenas consigues orinar. Intentas lavarte la cara, pero eres incapaz de regular la temperatura del agua: primero demasiado fría, después demasiado calienta. Al menos, piensas, el contraste ha servido para despertarte por fin.

En la cocina, haces un esfuerzo sobrehumano para luchar contra las arcadas que sufres a cada sorbo de ese café con sabor a óxido y barro que tragas. Al mismo tiempo, sin embargo, no puedes evitar que te guste más que la deliciosa leche con magdalenas de ayer.

Vestirte te es casi imposible. Toda la ropa del armario es demasiado pequeña o demasiado grande para ti. Finalmente te decides por un traje que te viene dos tallas grande.

Ya en la puerta, revisas los bolsillos y el maletín para asegurarte de que no te dejas nada mientras sigues pensando en aquello con lo que te tropezaste al levantarte. Lo más probable es que nunca lo sepas. Seguramente, cuando vuelvas tu casa ni siquiera será la misma, o estarás demasiado ocupado pegando estrellas en el techo de la habitación de tu hijo como para preocuparte por una tontería así.


As fillas de Mnemósine choran
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As fillas de Mnemósine choran
Nun xardín de rosas
Murchas
Aplastadas
Por un Ferrari tirado por bois
Contaminadas por unha torre telefónica que envía sinais de fume.

Pisadas pola absurdidez baleirofalante
Do peregrino que grava a súa mensaxe nunha lousa de granito usando unha impresora
(HP Deskjet F4180)
Como cincel
E cultiva patacas na terra morta

As fillas de Mnemósine choran
Nun xardín de magnolias, esmagadas
E pólvora, mollada

Nun xardín soñado por Bembo e Petrarca
As fillas de Mnemósine poden ler un cartel:

[S.O.S.]
[stock de formas preciosas, douradas is empty]
[please call:]
[nove oito un sete oito]
[unsetecerocinco]
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Re: Poneglyph a Go-Go

Notapor Sacha el Sab Dic 17, 2011 8:06 pm

Una pena que no tengas más comentarios; bueno a lo que iba tus relatos son entretenidos y, porque no decirlo, buenos. Eso sí tienes un par de fallos ortograficos así que cuando tengas tiempo revisalos.
En cuanto a "De zombies y amor a primera vista", es la que más me ha gustado; será que el tio se parece un poco a mi (¬¬ No te rias, en serio joder no te rias de mi.), los dos causamos mala impresión a las mujeres :lol: .(Chiste sobre un asunto privado, que jamas saldrá a la luz... excepto si me pagan :D .)

PD: Bonito poema meu. Tes repetido Emperatriz III
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